Estación de trenes de Córdoba «Julio Anguita» -venga ya hermano-, jueves de pleno verano, 11:20 de la mañana y cogiendo el tren -tropezando como siempre con el macuto al hombro- en el último suspiro, con la puerta automática del vagón que cierra rozando mis narices y justo antes de que la maldita locomotora arranque. Tronco, no te quejes tanto, que ya estás dentro. Me dije. Ya.

Como nuestros próceres del Régimen del 78 -da igual el lado al que mires- han decidido desmantelar la red ferroviaria española (no viene de ahora: nunca entendí esta política de priorizar la red de alta velocidad desde hace décadas a cambio de dejar en el abandono miserable a decenas de vías y estaciones que comunicaban pueblos y pequeñas ciudades), solo tenía la opción de ir en un maldito Alvia. Vía Málaga, quería llegar cuanto antes a Fuengirola. Cómo no.

Desde hacía unos días antes, mi madre había insistido en prepararme dos docenas de filetes empanados, cuatro litros de gazpacho, un quilo de salmorejo y tres teleras de la panadería El Brillante en media docena de tapers perfectamente ordenados en bolsas del Mercadona para el trayecto, por si las moscas. Conocedor de la situación ferroviaria actual y los sospechosos retrasos y tardanzas, por esta vez acepté. Joder si acepté. Lo mismo el tren no aparece, o se ha volatilizado, o se convierte en un convoy fantasma como en una película de serie B, o no puede circular porque han robado -por décima tercera vez- el cableado de la vía, o se ha roto el aire acondicionado convirtiendo el interior de los vagones en un gulag sahariano, o al maquinista le ha dado un vahído. Yo qué sé, cualquier cosa. En fin, que hay que ir bien pertrechado cuando uno viaja en tren porque la «Ley de Murphy» es el principio empírico del sistema ferroviario español.

A la contra, aún soy de esos que prefiere que un viaje en tren dure mucho y que en el vagón-restaurante se pueda fumar -ahí van media docena de puntos menos en mi carné de cancelado- y tomar un gin tonic a un precio asequible viendo el paisaje a través de la ventanilla, o que una morenaza -apunten otra media docena de puntos menos-, con el traqueteo, caiga accidentalmente en los brazos de uno mientras se le abre de par en par una sonrisa que vale más que cien imperios.

El plan era el siguiente: llegar a la Costa del Sol, quedar con un par de amigas alemanas de cuando estuvieron por aquí de Erasmus hace una pila de años en un reencuentro aparentemente formidable, beber sangría con dos trozos de sandía y uno de melón marroquíes servidos en un barreño de plástico por cuarenta pavos, comer seis espetos por otros veinte, dormir en un hostal -aún los hay- de mala muerte, ponerme el meyba vacilón, reírme con mis amigas teutonas -nunca llegué a saber si en top less- a la orilla del mar, jugar al tiburón en aguas cálidas mediterráneas, no echarme el nivea, quemarme y visitar un par de garitos al anochecer. Ya sabes, nada extraordinario, lo que un tipo de secano de clase media suele hacer cuando va a la costa.

No era mal plan, tío. Nada tenía por qué salir mal. Pero salió.

El tren salió con retraso, el aire acondicionado no funcionaba, el bote de gazpacho se derramó en mitad del vagón formando en el suelo una mancha abstracta que ya quisiera haber pintado un Kandinski, no había vagón-restaurante. Llegué a Fuengirola cuatro horas más tarde de los previsto, mis amigas alemanas habían perdido su vuelo desde Düsseldorf porque habían salido de marcha la noche anterior, la reserva en el hostal de mala muerte no constaba en ninguna parte según me indicó el recepcionista, la playa estaba atestada de señoras con sobrepeso, me picó una avispa, me quemé, tuve que dormir en un sofá y lo que en un principio iba a ser un fin de semana de veraneo idílico se convirtió en una pesadilla de arena y sol.

Y entonces fue cuando que me acordé de los bares de barrio allí en mi ciudad, con su elegancia nada impostada, sus parroquianos de zapatos de rejilla, su tragaperras y su pequeña felicidad sin ostentación, pompa ni boato. La próxima vez se va a ir de veraneo un guardia. O quien yo me sé.

Ya de vuelta en autobús -un respeto- porque no quedaban plazas libres en el tren de regreso me di cuenta que España ya no es un país de veraneo. Porque, como yo, solo lo es de tiesos.