El medio rural se extingue
«Se suceden fuegos fortuitos frente a otros en los que la acción intencionada de seres perversos, que solamente buscan el mal, es la que actúa»
El fuego no da tregua. España se calcina lentamente mientras que se va apocando el ánimo en las personas. No es difícil sentir empatía por aquellos que lo sufren en carne propia pese a estar lejos de percibir un sentimiento que debe ser desgarrador. Se destruye el medio de vida de muchos ciudadanos, se destruye la naturaleza que es un oasis anhelado para los que buscan aislarse del mundanal ruido. Ese 'locus amoenus' que cantaran poetas de la talla y antigüedad de Virgilio u Horacio y, cómo no, Garcilaso de la Vega, ese entorno a menudo idealizado, en el que abundan árboles con sombra, prados verdes y en el que se advierten espacios de paz, está expirando.
Hubo otra época en que la vida residía en los pueblos. Eran sus propios habitantes los que se encargaban de sembrar los bosques y los que entregaban su vida por ellos. Corrían los años 80 cuando recuerdo bien a los hombres en la sierra trabajando en «los pinos». Toda la semana la pasaban haciendo labores en el campo, limpiando, podando o talando, encargándose de la repoblación forestal, en definitiva, haciendo un mantenimiento que hoy no existe. Era un tiempo en el que existía el Instituto para la Conservación de la Naturaleza (ICONA) y que, en la situación difícil por la que atraviesa nuestro país, estos días estoy escuchando muchas voces que lo evocan.
Se suceden fuegos fortuitos frente a otros en los que la acción intencionada de seres perversos, que solamente buscan el mal, es la que actúa. A estos últimos les viene bien el evangelio de ayer en que Jesús explica la parábola de la cizaña en el campo y que, al menos a mí, me permite hacer una buena comparación con la realidad: «El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del reino; la cizaña son los partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha es el final de los tiempos y los segadores los ángeles. Lo mismo que se arranca la cizaña y se echa al fuego, así será el final de los tiempos: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles y arrancarán de su reino todos los escándalos y a todos los que obran con iniquidad, y los arrojarán al horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre. El que tenga oídos, que oiga».
Entretanto avanza este verano desolador, me quedo entonando la música y repasando mentalmente en la voz de Miguel Poveda los versos de Quevedo: «Es hielo abrasador, es fuego helado, / es herida que duele y no se siente, / es un soñado bien, un mal presente, / es un breve descanso muy cansado. / Es un descuido que nos da cuidado, / un cobarde con nombre de valiente, / un andar solitario entre la gente, / un amar solamente ser amado…»