La palabra «moro» proviene del latín maurus y del griego mauros, y significan oscuro o piel morena. Estos términos eran usados para referirse a los habitantes de la próspera y rica en grano Mauritania, antigua provincia del Imperio romano situada en el norte de África: aproximadamente su territorio se correspondía con las actuales Marruecos y Argelia, y surtía de fieras salvajes a los anfiteatros de Roma.

El uso del término puede tener -o no- connotaciones peyorativas (depende del menda que la emplee) y allá cada cual con su gestión personal de lo políticamente incorrecto, de sus fobias, de sus ironías, y de su modo de ver el mundo. Eso sí, que la dictadura biempensante quite sus manos -o su mala baba- de la libertad individual sensata o no de cada uno. Como si lo fuera a hacer, ¿verdad?

Hay muchas expresiones relacionadas con tan entrañable palabra y con la que nos referimos a nuestros díscolos vecinos del sur: véase «no hay moros en la costa», que tiene su origen en la época en que los piratas berberiscos del norte de África asolaban nuestras costas hasta hace tres telediarios, de los siglos XVI al XIX, sembrando el terror y capturando habitantes para pedir rescates o venderlos como esclavos. También, en estas, va uno y se acuerda de aquella otra expresión popular: «bajarse al moro», antaño famosa frase usada en ambientes marginales y contraculturales de la década de los 80 para referirse a viajar al norte de Marruecos, a su famoso valle de Ketama, en cualquier tipo de transporte para comprar «grifa» y venderla posteriormente en España. Para ello, era famoso el uso del tren que iba de Algeciras a Barcelona. Tal fue su éxito que se escribió una obra de teatro y se realizó una posterior película con el mismo título. Obviaremos el pincho moruno.

A todo esto y ya que hablamos de la morería, sería imperdonable no mencionar la etiqueta de cerveza 'La Mezquita'. Esta fue la primera elaborada por una cervecera cordobesa, de manos del avispado Marqués de la Mota de Trejo, allá en un lejano 1920. La botella de cerveza iba etiquetada con la imagen de la figura de un moro ataviado con ropajes del lugar y alabando las exquisiteces del bebercio prohibido y cordobés al que se aferraba con la mano. El eslogan decía lo siguiente: «Cerveza La Mezquita, el Corán lo prohíbe, pero es tan exquisita…». Sin palabras. Hoy en día sería cancelada por las autoridades -¿se puede cancelar una cerveza?- y sin duda alguna es envidiable la bonhomía y la ironía de aquellos tiempos.

El agitprop de estos últimos días en Ceuta con la toma de la ciudad por la morería no deja de ser una muestra más de la debilidad de un Estado español que se acerca -a la carrera, sin freno- a lo fallido en todos los órdenes de la nación, y que no sabe o no quiere hacerse respetar en el tablero geopolítico; traicionado, una vez más, por el Tío Sam y sus secuaces. No es algo nuevo: ahora va cuesta abajo, pero esto viene de largo. Como muestra, las parties y cócteles celebrados por la embajada de Marruecos en Madrid también estos días y a los que asisten expresidentes, ministros y otras diversas faunas de chupatintas del régimen se mire a la derecha o a la izquierda, constatando que el problema está dentro, más que fuera.

He viajado por Marruecos. He bebido té bajo una parra en un bar de pescadores en Arcila, cerveza Casablanca en Larache, he hecho surf en Essaouira, he cogido sus trenes imposibles y he sentido el peligro de sus carreteras: he creído ser un viajero curioso en tierras a veces no tan extrañas. Pero, como cuenta el conocido poema anónimo del Romancero Viejo de tiempos de la Reconquista y que recrea un supuesto diálogo entre Juan II de Castilla y el moro Abenámar:

«¡Abenámar, Abenámar, moro de la morería,

el día que tú naciste grandes señales había!

Estaba la mar en calma, la luna estaba crecida,

moro que en tal signo nace no debe decir mentira»

Pues eso.