Literatura sobre torpes
«Han asumido que su dignidad salió por la ventana hace años y ya viven mucho más tranquilos»
Seguro que conoces a alguien que es capaz de darse la Gran Leche solo con sus propios pies. No hacen falta resaltos, zancadas, ni despistes; el mero hecho de caminar ya aumenta considerablemente la probabilidad de besar el asfalto. Si ahora mismo no te viene nadie a la cabeza, enhorabuena: eres tú.
Los torpes no nacen, debutan. Hay un momento de la infancia en el que sus padres entienden que aquello no es una fase. Que ese niño que se ha abierto la barbilla con una mesa redonda, que se ha torcido un tobillo bajando un bordillo de tres centímetros o que ha conseguido pillarse un dedo cerrando una puerta que estaba abierta tiene un don. Un don poco útil, eso sí.
Existe una especie humana que lleva lo de echar a volar de serie. No es que vuelen de manera literal —aunque, visto desde fuera, a veces cuesta distinguirlo—, es que desafían las leyes de la física con una frecuencia admirable. Los aterrizajes pueden producirse en horizontal, de rodillas, de espaldas o con esa postura tan artística que solo se consigue cuando intentas no caerte y acabas inventando un paso de baile contemporáneo.
Identificarlos es muy sencillo. Nunca enseñan una pierna sin un moratón de origen desconocido. Sus espinillas parecen un mapa topográfico y las cicatrices vienen con historia incorporada. Si les preguntas por cualquiera de ellas, jamás responderán «no me acuerdo». Al contrario. Tienen un relato perfectamente documentado.
—¿Esta de la ceja?
—Me la hice sacando la basura.
Y todos asienten porque, tratándose de ellos, es perfectamente creíble.
Los torpes son, además, un regalo para las reuniones familiares. No hay Navidad, boda o cumpleaños en el que alguien no rescate aquel día en que se cayeron delante de toda la clase, atravesaron una puerta de cristal perfectamente limpia o se resbalaron en una piscina... vacía. Lo peor es que ellos mismos terminan contando la historia. Han asumido que su dignidad salió por la ventana hace años y ya viven mucho más tranquilos.
Si hiciéramos un cómputo global de su existencia, probablemente habrían pasado más tiempo en el suelo que de pie. Hay personas que acumulan kilómetros caminando; ellos los acumulan levantándose.
Eso sí, hay que reconocerles un mérito indiscutible. Son excelentes enfermeros de sí mismos. Manejan el Betadine con la soltura de un farmacéutico, distinguen un esguince de una simple torcedura con solo escuchar el «crack» y saben abrir un apósito sin romper el papel por la mitad. Mientras tú buscas en Google «¿es normal que esto tenga este color?», ellos ya se han desinfectado, se han puesto un punto de aproximación y están valorando si merece la pena ir a Urgencias o si con un ibuprofeno y una bolsa de guisantes congelados es suficiente.
Han desarrollado incluso un sexto sentido. Cuando entran en una habitación detectan automáticamente todas las esquinas peligrosas. No para evitarlas, claro. Para saber exactamente contra cuál se van a golpear.
Y lo más curioso es que la torpeza no entiende de edades. Hay niños torpes, adolescentes torpes y adultos que llevan cuarenta años chocándose con la misma puerta del salón. La experiencia no les hace más hábiles; simplemente les convierte en expertos anticipando la pregunta de siempre.
—¿Otra vez?
Sí. Otra vez.
Porque el torpe no tropieza dos veces con la misma piedra. Tropieza con la piedra, con el bordillo que había al lado, con la papelera que intentó esquivar y, ya de paso, con el orgullo. Y, aun así, se levanta, mira alrededor para comprobar cuántos testigos ha dejado el accidente y pronuncia la frase oficial del gremio:
—No ha sido nada.
Aunque cinco minutos después descubra un moratón nuevo en un sitio anatómicamente imposible.