El desbarajuste
«Con todo lo acaecido en España tenemos la necesidad de no seguir dejándonos manipular por los falsos profetas de la protección a los inmigrantes»
Un desorden, un lío, un barullo, una confusión, una falta de organización y una ausencia de ideas son conceptos que definen cualquier desbarajuste. Lo acaecido recientemente en Ceuta es un desbarajuste al que la prensa internacional dedicó especial atención y preocupación. «España se hunde en el caos, Sánchez está de vacaciones», tituló el diario de mayor tirada en Europa, el alemán Bild-Zeitung. Con esa frase se sintetizó la triste realidad de un país degradado en su dignidad nacional a unos niveles inaceptables y vergonzantes.
«De mal gusto» decía The Times respecto al presidente español. Y añadía: «Sánchez sin sensibilidad; España se hunde y él lanza una banda sonora vacacional». Desde 2024 se sabía la vulnerabilidad marítima respecto a invasiónes migratorias, la Unión Europea había visto rechazado su ofrecimiento a España del apoyo de FRONTEX, la oposición había planteado la reforma de la Ley de Extranjeria, el Gobierno de Ceuta era desatendido en sus advertencias a la Moncloa, el CNI avisó sobre los movimientos detectados ocho días antes de la invasión. Nadie hizo caso, y cuando hoy se analiza lo ocurrido el ministro Marlaska dice que «son cosas que pasan», mientras Sánchez se relaja y monta un cinturón de seguridad marítimo escandaloso para que nadie perturbe sus vacaciones en La Mareta.
Con todo lo acaecido en España tenemos la necesidad de no seguir dejándonos manipular por los falsos profetas de la protección a los inmigrantes. España es un país serio, tiene un sistema honesto donde la recogida de inmigrantes está fundamentada en los principios del humanismo cristiano y los derechos humanos. Aquí hay conciencia cívica y no se utilizan a los seres humanos como carne de cañón, tal como ocurre en los regímenes autocráticos. Por ello hay que dejar meridianamente claro que una cosa es el derecho de asilo y otra la inmigración irregular. La humanidad es compatible con la firmeza; por ello la solidaridad debe ser responsable y la acogida debe estar amparada por la ley. Pero esta invasión atentatoria a nuestra soberanía nada tiene que ver, ni antes ni en sus consecuencias, con la política migratoria sino con la defensa de nuestra integridad territorial. Días antes de la invasión, en Marruecos se vendían a mansalva trajes de neopreno y flotadores para la travesía.
Cuando el desmadre y el desbarajuste se apoderan de la gobernanza de un país, sobran ya argumentos y palabras para no entender la hartura que va invadiendo las mentes honestas de sus ciudadanos. Es que llevamos soportando desgracias imputables a un liderazgo funesto. Desde la mayor tasa de fallecimientos por la negligencia para enfrentarse a la pandemia del COVID 19, pasando por el apagón eléctrico, las inundaciones, los accidentes ferroviarios y los incendios hasta los escándalos de corrupción sistémica. Los privilegios a los delincuentes, los incumplimientos constitucionales y los indultos a los amigos, todo es consecuencia de tener un gobernante que perdió las elecciones y compró la poltrona desde la indecencia.
La lógica más elemental hace comprensible la indignación de la ciudadanía honesta y responsable. Una ciudadanía harta de prohíbiciones a su estilo de vida mientras se tolera la desvergüenza de los indolentes, incluso dándoles alas y protegiendo sus fechorías. Con el tema de Ceuta, la Casa Real expresó su indignación ante el atentado a la integridad territorial española, exigiendo que no se dejara desamparada a la población ceutí. Porque esta es, con carácter general, la triste realidad de la España sanchista: se persigue y martiriza a las personas responsables que cumplen sus obligaciones y se premia a los fuleros, a los tramposos y a los indolentes.
Los titulares de prensa recientes son bastante expresivos sobre la realidad de un país a la deriva. Un país en el que los ciudadanos responsables se ven agobiados por la presión fiscal asfixiante; los autónomos, ayunos de derechos y agobiados de intervencionismo, sobreviven a base de sobreesfuerzo y dedicación; los propietarios están indefensos ante la invasión de su propiedad; los agricultores y ganaderos no pueden soportar mayores trabas y prohibiciones mientras se merman sus ingresos; empresarios y trabajadores responsables soportan ausencias injustificadas por absentismo laboral; el enchufismo y el descaro se apodera de toda clase de organismos; los golfos son premiados y amnistiados, los honestos perseguidos y los decentes acusados por los inmorales.
Como diría el clásico, da la impresión de que se premia a los malos y se castiga a los buenos. La España de a pie empieza a hartarse de tanta impostura, con la sensación de que son los infractores los que imparten justicia. El pueblo español aguanta, hasta que se harta. Ese hartazgo revienta cuando se observa que, en este desbarajuste, solo obtienen ventajas los oportunistas, los sectarios y los indecentes.
Cuando un país no se respeta a sí mismo, no puede exigir respeto a los demás. Un país que premia y amnistía a los que, desde dentro, atentaron a su integridad territorial, difícilmente puede hacerse respetar cuando, desde fuera, se atenta contra su soberanía. La consecuencia de ello es el caos, la inseguridad, la pérdida del respeto y el desprestigio internacional. El desbarajuste.