Ministerio del eclipse
«Hemos vivido el primer eclipse con club de fans, siendo las instituciones sus promotores»
Para los antiguos, un eclipse podía representar el ataque de un demonio que podía adoptar múltiples formas, desde un dragón a un jaguar, un lobo o una hormiga gigante. También reflejaba la ira de los dioses o una pelea entre el sol y la luna. Muchas veces servía para predecir malos augurios y, en suma, siempre mostraba una alteración de orden cósmico, una ruptura o grieta insondable en la realidad cotidiana. En estos tiempos, el Gobierno pone en marcha una comisión interministerial con dos planes específicos y cada comunidad autónoma un protocolo especial con su respectiva comisión interdepartamental. Le siguen los ayuntamientos con sus programas de seguridad y sus dispositivos preventivos. Antaño, si la luna tapaba al sol, podría ser debido a la llegada de un puma colosal. Hoy día surge algo más terrorífico: una cohorte de funcionarios que reparten gafas homologadas.
En algunos lugares se desplegó el ejército, en la provincia de Córdoba medio millar de Guardias Civiles. Jamás la fiebre por un eclipse llegó tan lejos, ni siquiera se acercó cuando pasó cerca el cometa Halley. Hemos vivido el primer eclipse con club de fans, siendo las instituciones sus promotores, sólo que en lugar de adolescentes gritonas cuentan con las fuerzas de seguridad del Estado, miles de oficinistas con sus respectivos cargos intermedios, altos cargos y cargos de confianza, y un conjunto de nuevas áreas con sus respectivos presupuestos. Hasta se ha oído hablar de eclipse inclusivo, ya que determinadas apps permitían disfrutarlo a los ciegos, mediante una especie de vibración, o quizá calambrazo. La ideología se desliza también por estos terrenos imprevistos.
Se habla en numerosas ocasiones de la omnipresencia de Estado o de los organismos públicos en la vida de las personas. Y es frecuente que el sector liberal clame por su reducción. Pero, en realidad, lo que tenemos son instituciones invasivas hasta límites surreales en aspectos superficiales. Y ausentes en lo importante. Los poderes públicos pueden llegar al tapón de la botella o al envase que abre en su casa. Mas desaparecerán en todo asunto que implique al bien común. Esos asuntos son siempre demasiado complejos, no se puede hacer nada, dirán.
De esta manera, desde lo insustancial se ejerce el control de la población que, sin embargo, quedará huérfana en lo esencial. Desde el gobierno de la nación hasta una mancomunidad se promocionará la puesta en marcha de cuatro organismos con sus respectivos suborganismos y 16 comisiones delegadas para contemplar la redacción de cinco reglamentos distintos... siempre que se trate de una nimiedad. ¿Y lo importante? Nada. Sencillamente se observa el paso de un matojo rodante por el desierto mientras el viento silba.
Algunos maestros de la propaganda, pues hay que ser cinturón negro del ramo, han visto en el eclipse, y nunca mejor dicho, el cielo abierto. Se van a producir tres de estos fenómenos en tres años seguidos, por lo que por esta vía, al ser algo tan espectacular, se pueden canalizar todo tipo de mensajes en un sin fin de temas distintos. Ya lo han hecho con la mencionada inclusión, la supuesta ecología, la seguridad o la salud. Es cuestión de tiempo que lo relacionen con el franquismo.
De momento surgen preguntas incómodas: ¿qué pasa con las gafas homologadas? ¿Se mantiene su homologación hasta el eclipse del verano que viene? Y, en caso negativo, ¿se reciclan? ¿Dónde? ¿Habrá un contenedor especial de gafas de eclipse?