Cuántas veces te pedí por entonces, nena, que te vinieses conmigo aquella noche a la verbena del barrio mientras tú te acababas una caña y me decías que pasabas, que allí solo se bailaba «Suspiros de España», y que yo era un hortera desfasado y que estábamos en una nueva era. Yo era de letras puras y tú estudiabas Económicas en una universidad privada cara en una ciudad del Norte. Yo rondaba los ventitantos y estaba enamorado de ti hasta las cachas. Éramos de provincias y casi rozábamos el delito y el cielo, sin darnos cuenta. Íbamos por entonces de malotes contraculturales en crisis de finales de los 90, y con eso nos bastaba. De modernos mal aplicados. Pero de eso seguro que ya no te acuerdas.

Militábamos en parapetos distintos, aparentemente enemigos: tú en la zurda más radical, yo en el azul mahón más contestatario. A veces, cruzábamos esa trinchera de un lado al otro sin pedir permiso, entre risas y enfados, levantando el puño o alzando el brazo, solo por molestar. En los bares nos llamaban fascistas y comunistas al unísono y casi al mismo tiempo; y a nosotros nos encantaba. Acuérdate de aquellas madrugadas en las que terminábamos en tu casa y poníamos una y otra vez el video de «La Vaquilla», de Berlanga, con Alfredo Landa, o escuchábamos un viejo vinilo de «La Mode» o cualquier otro grupo de Fernando Márquez «El Zurdo», recién desempolvados de casa de tus padres, y reíamos hasta el infinito y amanecía. Porque diablos, desgraciadamente, siempre amanecía.

Nos repartíamos los labios y el hipo, la juventud y una inocencia que se agotaba a toda trapo, demasiado rápido. Tú siempre me dejabas, cabreada, todos los lunes, envuelta en la revolución cultural de Mao, y yo te llevaba a cambio cada viernes un ramo de cinco rosas junto a un libro de Ramiro, para así conseguir volver. Así estuvimos un tiempo. Nadie nunca dio un duro por nosotros pero aguantamos; a veces con momentos francamente inolvidables. Recorrimos en un Nissan Patrol las calas más recónditas de Cádiz, durmiendo bajo las estrellas y en una tienda de campaña en Barbate junto a una botella ya vacía de Oporto. O como cuando compartimos un paquete de Fortuna o un Marlboro americano de contrabando, fumando como dioses en pijama y camisón, junto a una docena de cócteles vacíos de «margaritas», apurados siempre con prisa.

Al tiempo me dejaste. Fuimos fascinantes como una estrella fugaz sobre la estepa rusa. Duramos solo unos meses; no llegó al año. No me quejo. Posiblemente me equivoqué. Te conté sobre esto y lo de aquello. Y no debería haberlo hecho. Porque recuerdo cuando te hablé de aquellos tipos de la División Azul en Krasni Bor, y también sobre los otros anarquistas y comunistas españoles enrolados en la Legión extranjera francesa en la batalla de Dien Bien Phu, en la guerra de Indochina. Y que para mí todos ellos, los unos y los otros, fueron héroes. Ahí tuve que haber hilado más fino, lo reconozco. Empezaste a gritar. Porque gritaste. Me llamaste de todo, mientras te encendías un Fortuna. De fascista para arriba: «pero, nena, yo te quiero, qué más da si…» fue lo último que me dejaste mascullar mientras me lanzaste enfadada a la frente un CD de un grupo de música indie nacional, y me echaste por la puerta. Y te volviste a encender un cigarro.

Ha pasado mucho tiempo desde aquello.

La actual ministra del Sanidad ha impulsado un nuevo anteproyecto de ley antitabaco, que conllevará la prohibición de echarse un piti en las terrazas de los bares, al aire libre, justificada la medida por razón de salud pública. El sistema quiere prohibir el tabaco mientras el Estado recibe jugosos ingresos por los impuestos adheridos a su precio. Lo va a prohibir por decreto. Que nadie viva, ni respire. Quieren que olvidemos lo que somos; incluso lo que podríamos llegar a ser. Vivimos tiempos apasionantes por lo inaudito. Aquelarres públicos porque un tipo se encienda un Ducados en la terraza de un bar -lo veremos- mientras toda nuestra realidad se diluye a ciertos intereses, y aquella ex seguro que compartió por Instagram el último eclipse. Lo curioso es que se llevará a cabo con la peregrina idea de la mejora de la salud de los españoles. Porque permitir y alentar la amputación de pechos y genitales a menores de edad con y sin permiso de sus padres en hospitales públicos se trata de otra cosa. Se la pela. Ha llegado el Nuevo Orden.

Gracias a mi Vespa de gasolina de 1983, mi huella de carbono es infinita. Y cada vez que la arranco, créanme, sonriendo como un niño perverso de párvulos, pienso que soy un criminal, un bandolero 2.0. Y a veces, incluso, con risa maléfica, enciendo un cigarro, sin ganas, en lugares prohibidos. De Winston o Ducados, a poder ser.