El cambio climático
«Los de la generación X nos hemos adaptado al cambio de siglo, de paradigma y a las plagas socialistas»
Antes de su definitiva desaparición, los antiguos cines céntricos cordobeses aumentaron el número de salas adaptándose a una demanda que ya competía directamente con el vídeo doméstico y los incipientes DVD, y así ampliaron la oferta para dar cabida a más estrenos. De los grandes patios de butacas se pasaron a minisalas un tanto incómodas porque el espacio era el que había –hay que imaginarse la habilidad de los arquitectos encargados de la reforma–, y se bautizó al invento con la generosa denominación de 'multicines', cuando a lo sumo se ganaban tres nuevos recintos.
Pero al igual que los cines de barrio, estas salas no pudieron sostener el pulso de los cambiantes modos de consumo del ocio ni hacer frente a la competencia de las nuevas salas ubicadas en centros comerciales, donde además se podía aparcar cómodamente el coche, y también acabaron feneciendo. No hubo entonces plataformas que lamentaran su desaparición, seguramente porque estos cines estuvieron gestionados por familias de empresarios como los Cabrera o los Sánchez Ramade. Nuestros progres domésticos entonarían sottovoce un «que les den a esos ricos» ante el cierre de lo que, por otra parte, era un sano ejercicio de entretenimiento para familias y gente sencilla a los que los seres de luz de la ciudadanía y la movilización kurturar no suelen tener en cuenta salvo para hablar en su nombre cuando peligra la subvención de turno y buscan sus quince minutos de fama.
También las salas de los centros comerciales fueron afectadas por lo cambiante del mercado y sobre todo por una cuestión demográfica: había más salas que cordobeses de reposición. Este no es un problema menor que en breve padecerán las universidades, por ejemplo. Si no nacen más niños, menos alumnos llegan al Grado de Igualdad de Género Y Ciencias del Mar Menor. Y muchos se quedarán en la FP porque alguien, de momento, debe arreglar grifos, poner enchufes –aquellos que no sean enchufados como asesores municipales– y hacer los trabajos que los inmigrantes no quieren. Solo los más espabilados, claro. El resto estarán cobrando la ayuda pública del mínimo cerebro lobotomizado en una habitación compartida, haciendo coliving y venezolaning.
Y así también desaparecieron multicines enteros casi de golpe. El del Zoco, por ejemplo. O el de La Sierra.
Pues bien. A punto de encarar la recta final de 2026 –cuando llegue septiembre todo es un sin parar– asistimos a la desaparición del multicines a cachos. El pasado viernes me encontré con que tres muchachas taquilleras ya no estaban en uno de los centros más veteranos. Ni las muchachas ni las taquillas. En su lugar había una lona grande de vinilo que anunciaba algo feliz que consumir en el centro comercial. Pero no había taquillas. Ni colas. Mi yo analógico apareció para producirme una breve parálisis. Los de la generación X nos hemos adaptado al cambio de siglo, de paradigma y a las plagas socialistas, pero a veces cortocircuitamos con el niño de La Casa del Reloj que llevamos dentro. Temí por nuestra noche de cine familiar. No había adquirido las entradas on line (mi yo digital) y no sabía cómo acceder a la sala. Un pequeño cartel escrito a mano indicaba los nuevos puntos de adquisición, unos tótems interactivos de pantalla táctil que dan la razón a Freud: el tótem es el emblema de un clan. Ahora lo es de los pocos espectadores que van al cine.
Si por edad, generación o propia torpeza no atinas con la entrada interactiva, te dan la opción de acudir al ambigú. Las dos humanas jóvenes que quedan de este tecnoERE encubierto adoptan la ubicua polivalencia, capacidad laboral paranormal que conocemos bien en algunos gremios.
Y así nos han privado del placer transgresor de saltarse la cola, de esperar impaciente a que la fila avance porque la película empieza, de escuchar a las taquilleras preguntarte mecánicamente «más o menos cerca de la pantalla» o si tienes el bono familiar, y de comprobar que ir al cine era algo más que pagar una entrada para la Sala 7.
Al menos, y es aquí donde quería llegar, las pajitas de los refrescos son de cartón. Hemos perdido humanos en la experiencia, pero ayudamos a combatir el cambio climático para alivio y felicidad de los cajeros automáticos y los perrijos que han de heredar la Tierra.