Amor a la rata
«Una rata es un soplón; hacer la rata no ir a clase; un tacaño también es un rata; como es una rata alguien vil. Incluso un niño rata es un joven de entre 8 y 18 años que ejerce de troll en determinados juegos en línea. Pues ya no: la rata es una víctima».
Una rata sale corriendo, atravesando la verja de una tienda, directamente hacia un policía. El agente, quizá versado en su infancia en el fútbol de patio de colegio, le propina con enorme serenidad una patada con la zurda, precisa pero, eso sí, poco contundente. El roedor miomorfo de la familia muridae aprovecha para huir a toda la velocidad que le permiten sus cortas patas. Y que no es poca. Entonces, un joven con vaqueros cortos y camisa blanca sale tras ella e intenta infructuosamente darle puntapiés. El animal consigue zafarse por una mezcla de méritos propios y deméritos, por cierta descoordinación, de su perseguidor. Le releva de nuevo el policía, que intenta un nuevo chute. No se ve bien si acierta. Su compañera policía saca la porra extensible. A ver si así. En ese momento se corta el vídeo publicado en las redes sociales de Pacma. Los hechos sucedieron durante la feria de La Rambla. El partido cree que los actos pueden ser constitutivos de delito, incluso con penas de cárcel. «Exigimos que se investiguen los hechos y se depuren responsabilidades. Ningún animal merece ser tratado así», concluye el texto.
Tanto en la cuenta de Twitter de Pacma como en la de Instagram, se han producido verdaderas avalanchas de comentarios. La mayoría de parte de la rata. Algunos incluso llamaban a hacer lo mismo con el policía y el chaval. También les llaman asesinos y claman venganza. La rata de alcantarilla despertaba, hasta hace poco, un enorme asco instintivo. También era portadora de enfermedades. Una rata es un soplón; hacer la rata no ir a clase; un tacaño también es un rata; como es una rata alguien vil. Incluso un niño rata es un joven de entre 8 y 18 años que ejerce de troll en determinados juegos en línea. Pues ya no: la rata es una víctima.
El giro de guión hasta llegar a este desenlace se ha venido produciendo durante décadas. Dentro de nada, en nuestro país, se debatirá sobre si se puede matar a un bebé el mismo día del parto. O poco después, tanto da. Cualquier tipo de víctima inocente queda desprotegida, abandonada a su suerte. Puede ser ese bebé. Puede ser un ciudadano de Ceuta. O de la Palma. O de Paiporta. O un parado de larga duración sin acceso a vivienda. O un anciano enfermo. Cualquier ejemplo es válido. Pero a la rata hay que protegerla. Incluso ponerle escolta o una jaula de acogida. Y dedicar un observatorio al análisis de sus necesidades, con una indispensable comisión interdepartamental.
Detrás de ese animalismo que pasa por el perrijo y el gatijo, se esconde el más monstruoso nihilismo, el vacío absoluto del ser humano moderno, capaz de contagiarse y concluir en un absurdo linchamiento cibernético. Que se abogue por proteger a una rata no es baladí, por sus connotaciones, sino el grado extremo de una bancarrota espiritual gestada hace décadas. La misma persona que defiende al roedor sería capaz de abortar varias veces sin ver contradicción alguna en su comportamiento.
En este particular Hamelín invertido se contrataría al flautista para lanzar a los niños al río, y se le pagaría generosamente por mantener a la plaga en casa. Se daría cobijo a las ratas y al flautista un puesto de auxiliar administrativo en el Ayuntamiento.
Por nuestra parte, justo es reconocer la capacidad de esa rata para escabullirse. Quedamos a la espera de saber el final. Si hubo que recurrir a la porra o incluso a la pistola. Porque ese roedor se las sabía todas.