«Lo que ha sucedido es una violación de la integridad territorial de España, de las fronteras de una ciudad española como es la ciudad de Ceuta«. »El Gobierno de España va a utilizar todos los resortes del Estado para garantizar la seguridad de los ciudadanos ceutíes». Esto es lo que dijo Pedro Sánchez el 31 de julio en su visita a Ceuta horas después de que entre 70 y 80.000 personas cruzaran la frontera marroquí en la mayor invasión que sufre una ciudad española desde la Marcha Verde.

Ha pasado un mes y en este tiempo el sainete protagonizado por el Gobierno en la gestión de una, indudablemente, extremadamente complicada situación no hace más que empeorar. Durante estas semanas hemos asistido a una gestión nefasta de la crisis, se mire por donde se mire. Superado el primer arreón, en los primeros días los ministros insistieron en que se iba a devolver a todos los asaltantes a Marruecos -que de esto se enteró por los telediarios- ante el miedo de que el 15 de agosto se produjese otro asalto.

Como eso no ocurrió, a partir de ese momento el discurso cambió al ritmo que aparecían los ministros por ahí para comenzar a lanzar mensajes menos tajantes y nada resolutivos. Fue entonces cuando se habló abiertamente de que habían retornado unos 70.000 migrantes, pero también cuando se comenzó a dejar en el aire la cifra de los que siguen acampados en Ceuta. Ahí fue cuando los ministros comenzaron a desfilar por la ciudad para decir que todo estaba controlado, que no había colapso sanitario ni problema alguno de seguridad. Vuelo de ida y vuelta, visita de varias horas y otra vez a tomar el sol.

Ha pasado un mes y asistimos incrédulos a comparecencias de ministros que se contradicen y afirman sin ambages, todos menos una, que nadie sabía nada al tiempo que dejan a nuestros servicios secretos y de información a la altura de la TIA de Mortadelo y Filemón. La culpa fue del Supremo por sentenciar lo que sentenció y de las mafias que son muy malas, porque es normal que Marruecos no viera una concentración de decenas de miles de personas en sus fronteras. Debían estar de vacaciones.

Ha pasado un mes y en la ciudad autónoma están que trinan. No los políticos, los ciudadanos. Aquellos que han visto alterada su vida, aquellos que han visto ocupados sus playas, parques y plazas, aquellos que temen por la seguridad de sus menores. Póngase en su lugar. Está usted en casa tranquilamente y ve semejante avalancha. Acojona, dicho en latín.

El ambiente está que arde, pasan los días y no se ven soluciones. El Gobierno sigue en estado de shock. Hay quien dice que esto no es torpeza sino cálculo electoral. Si fuera así, me ahorro el calificativo. Lo cierto es que los ceutíes andan desesperados, con miedo, con sensación de soledad y abandono. Y creo que nadie puede dudar que es un sentimiento entendible.

Se avecinan días duros. Hemos sido asaltados y la respuesta ha sido, a todas luces, torpe, escasa y desafortunada. Lo que está en juego no es la respuesta a un hecho puntual, es un posicionamiento geoestratégico del que depende en buena medida nuestra estabilidad como nación. Y ante esto no caben medias tintas ni complejos.

Y por supuesto que hablamos de seres humanos. Los migrantes y también, por si alguien lo duda, los habitantes de Ceuta.