Irresponsables, mequetrefes y fanáticos
«Por mucho que enreden, las cosas están meridianamente claras: ante una invasión, lo procedente es el retorno y no el reparto»
La crisis sanitaria, de seguridad y de convivencia que padecen ochenta mil españoles de Ceuta tiene su origen y razón de ser en la invasión que padecieron nuestros compatriotas de la ciudad autónoma los últimos días del pasado mes de julio. Una invasión que nada tiene que ver con un movimiento migratorio sino con un auténtico desafío de la llamada guerra hibrida. En el tratamiento gubernamental dado a esa invasión, que duplicó prácticamente la población ceutí, y de la forma de reaccionar un Gobierno claramente sobrepasado por los acontecimientos, se deriva la alarmante situación actual donde, un mes después, los riesgos de una explosión social incontrolada son cada vez más evidentes.
En un primer momento, Pedro Sánchez se desplazó a Ceuta reprochando y condenando lo que literalmente definió como «un ataque y una violacion de la integridad territorial de España» por lo que el Gobierno pondría «todos los medios e instrumentos del Estado para que Ceuta recupere la normalidad cuanto antes». Ante la rotundidad de tales palabras, la lógica más elemental concluiría en que Sánchez pondría en marcha todos los mecanismos adecuados para alcanzar satisfactoriamente el fin aludido de normalizar la vida de nuestros compatriotas, máxime contando además con un reglamento de la Unión Europea que facilitaría el apoyo de nuestros socios en tan urgente tarea, tras haber dejado claro la Comisión Europea que había que expulsar a todos los invasores con arreglo al Derecho de la Unión.
La realidad nos sacaría muy pronto de aquel señuelo porque Sánchez volvía a burlarse de los españoles. Se fue de vacaciones dos días después de la invasión mientras un bocazas metido a ministro alardeaba de que había resuelto otra crisis en cuarenta y ocho horas. No exigió a Marruecos que se hiciese cargo de los invasores en cumplimiento del convenio que tienen suscrito ambas Estados, ni inició un cambio legislativo para facilitar el retorno de menores que Marruecos obstaculiza, ni convocó al Consejo de Seguridad Nacional, ni convocó al lider de la Oposición para compartir la política adecuada y reformar la Ley de Extranjería para modificar las limitaciones al retorno derivadas de la normativa actual, ni alentó la convocatoria de la Diputación Permanente del Congreso, ni ejerció ninguno de los muchos instrumentos económicos y diplomáticos de los que dispone España como miembro de la Unión Europea y de la OTAN, ni facilitó, sino todo lo contrario, que el Rey pueda visitar Ceuta, tal como desea y demandan los ceutíes. No puso en marcha, en fin, ninguna medida excepcional ante una situación excepcional, quedándonos, por su desidia, sin la ayuda de FRONTEX y de las medidas para situaciones de crisis que forman parte del Pacto Europeo que entró en vigor el 12 de junio último.
Rutinarias visitas de ministros, sin más cometido que hacer ver como que se hace con unas declaraciones bobaliconas para tontos de solemnidad, no tapaban la indignacion ciudadana con un presidente del Gobierno que se solazaba en exclusiva familiar, a costa del erario público, cuál un nuevo Nerón redivivo contemplando como el país ardía por los cuatro costados, protegido por una guardia petroriana propia de caciques medievales y pretendiendo dar el pego, como si fuéramos serviles indocumentados, con imágenes, cocinadas telematicamente, que aparentaban interesarse por la situación.
Sánchez se incorporaba la última semana de agosto programando actos y comparecencias con un mes de retraso y anunciando una serie de medidas, insuficientes aún, al pretender solventar una invasión tratándola como una crisis migratoria y para mayor estulticia, se daban las gracias y se exigía respetar al régimen marroquí que, por acción u omisión, la había facilitado. Y para ofender aún más a un pueblo harto de tanta desvergüenza, pretendía irse una semana más de vacaciones a Andorra que hubo de cancelar ante la indignación de la opinión pública.
Ahora intentarán enredarnos, poco menos que culpando a los demás de su incompetencia. Tacharán de fachas a quienes los critiquen. Culparán a las víctimas de la invasión de cualquier incidente grave que se produzca. Aparentarán divisiones internas en un Gobierno de borregos, para desviar la atención, pero ninguno tendrá la dignidad de dimitir en un país sin norte, desprestigiado a nivel internacional, poco fiable para nuestros socios y con unos pretenciosos al frente, ayunos de principios y sin escrúpulos morales, descoordinados, divididos e incapaces de asumir sus responsabilidades políticas ante los desastres que nos afligen. Y al frente de todo ello, por la desidia de un pueblo, estamos en manos de un mequetrefe obsesionado por sobrevivir a cualquier precio en el poder.
Por mucho que enreden, las cosas están meridianamente claras: ante una invasión, lo procedente es el retorno y no el reparto. Si estaban avisados de lo que se preparaba deben dimitir por responsabilidad; si no estaban advertidos, por incompetencia. Un país amigo no abre sus fronteras para que nos invadan, por lo que Bolaños pretende tomarnos el pelo atribuyéndo la invasión a injerencias externa abstractas para dividir a la Unión Europea, mientras se condecoran a jefes de espías marroquíes, se alaba la colaboración de Marruecos y se muestra una incompetencia absoluta a la hora de filiar a los invasores. A estas alturas lo único cierto es que el sanchismo no tiene plan de retorno, ni agenda creíble ni medios para restaurar el orden alterado.
Dicen que cada pueblo tiene lo que se merece. Cuando un petulante accede al poder sin méritos para ello, antes o después caerá en la extravagancia y la estulticia. Un narcisista como Nerón terminó huyendo cuando el Senado lo declaró enemigo público. Tenía la mala costumbre de culpar a otros de las desgracias que su egolatría provocaba. Igual le sucede a Sánchez, ausente en las desgracias de su pueblo, de las que huye como en Paiporta y en todos los lugares que padecen los accidentes de su mala gestión. Su compromiso con las desgracias no llega más allá de aquellas indignantes palabras de «si quieren ayuda, que la pidan».
Por desgracia, tenemos al frente del Gobierno a un ambicioso sin escrúpulos que, tras perder las elecciones, compró el poder a costa del interés general y del que se duda sobre su posible connivencia con quienes quieren alterar nuestras fronteras africanas. Su permanencia en el poder solo está siendo posible por la panda de indocumentados que, bien pagados, ha puesto a su exclusivo servicio. Y los progres de diseño tan contentos con los comederos de que disfrutan. Cuando no hay otro sitio donde pastar, el servilismo adula sin sonrojo a quien le da de comer y presume de ser importante aunque carezca de valores sólidos y principios respetables. Son los servidores del mayor mequetrefe del Reino que anteponen el pesebre a los valores. Sánchez ha convertido el Gobierno y el partido en un mercadillo donde todo se compra y se vende.
Como ya ocurrió en desgracias como la dana valenciana, los múltiples incendios y el descarrilamiento de Adamuz, en Ceuta Sánchez ha dejado abandonados a su suerte a ochenta mil españoles, y eso no hay ciudadano honesto que pueda olvidarlo salvo esa legión de fanáticos que viven de la confrontación excluyente. Como siempre, el sanchismo llega tarde, mal y de manera insuficiente. Cuanto antes termine menos desgracias soportaremos, porque, entre mequetrefes y truhanes, nadie respeta a un país a la deriva.