Cada vez que sucede el enésimo desmán en España, numerosas voces preguntan indignadas: «¿Cómo es que no estamos en las calles». Y así, la calle se torna un arma contra los excesos del Gobierno de turno, que puede ser el nacional, regional o local. Eso mismo pretendieron ser ayer las manifestaciones en pro de Ceuta que se dieron en numerosas ciudades: una barricada contra un sistema dirigido por malos capitanes. ¿Podrá la fuerza del pueblo cambiar las cosas?

Entre las manifestaciones más multitudinarias del país se encuentran, por ejemplo, la manifestación en favor del mundo rural, que reunió a 400.000 personas según los organizadores y 100.000 según las autoridades. El resultado es que el mundo rural está acorralado y en decadencia. Tras el 11 M, once millones de españoles salieron a las calles. El resultado es el aumento de la inmigración musulmana y, entre ella, de los elementos yihadistas. Millones de personas salieron igualmente a las calles tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco, también tras otros muchos asesinatos de ETA. El resultado es que tenemos a los terroristas en las instituciones. Tras el golpe de estado de 1981, millones de personas salieron a las calles. Los verdaderos instigadores del golpe se afianzaron en el poder y se enriquecieron posteriormente.

Las manifestaciones contra la guerra de Irak, derivaron en la participación del ejército español en otras muchas guerras lejanas y ajenas a nuestros intereses. Las manifestaciones por el asunto del agua, desembocan en políticas hidrológicas caóticas. Las que movió el naufragio del Prestige no generaron medida alguna. Las protestas del 15 de mayo de 2011 se diluyeron completamente. Tras las manifestaciones de hace décadas contra el divorcio o el aborto, se institucionalizó uno y se convirtió en asesinato industrial el segundo.

Madrid ha contado con más de 4.000 manifestaciones algunos años. Cualquier ciudad de provincias tiene varias al mes. Yendo una por una, de las más grandes a las más pequeñas, parece que la manifestación es tan efectiva como defenderte de un alien o un predator farmeando aura. Es más, incluso parecen acarrear el efecto contrario en muchas ocasiones y favorecer a aquello contra lo que en teoría se protesta. Si nos ponemos a rememorar...¿alguien recuerda alguna manifestación que haya cambiado objetivamente algo?

De la misma forma que la democracia liberal del régimen del 78 es el espejismo de la soberanía del pueblo, las manifestaciones son su teatrillo popular, su particular función de fin de curso aunque el curso parezca no terminar nunca, un patio de comedias sin gracia donde en lugar de libreto hay eslóganes, y sus protagonistas de ahora son los mismos contra los que se exhibirán idénticas quejas en el futuro. Ante el «todos a una» de Fuenteovejuna, la manifestación alza un «todos a ninguna», pues jamás muere, real o simbólicamente, comendador alguno.

Las manifestaciones por Ceuta se dieron el mismo día en el que la ciudad de Ceuta concedía su medalla autonómica al imán de la M-30, poniéndole la guinda a toda esta farsa en la que los españoles hacen de bienintencionados figurantes en sus ciudades y pueblos, enarbolando banderas rojigualdas compradas en los chinos. Si la manifestación es por la mañana, tenemos manifa y vermú; si es por la tarde manifa y cañita.

En el Gatopardo, todo debía cambiar para seguir como estaba. La manifestación española sigue, sin embargo, máximas de Martes y Trece:

- ¡Pero si es lo mismo!

- Pero no es igual

Para romper un poco esta monotonía, quizá debiera instaurarse en nuestra ciudad un manifa y perol con su colorcillo y saborcillo local. Al fin y al cabo, una manifestación ¿no es en el fondo una cuchará con su paso atrás? El paso atrás, el paso siempre, siempre atrás...