Hay algo que está cambiando en Córdoba y que resulta difícil explicar con una sola cifra. Se nota cuando uno camina por determinadas calles y empieza a encontrar puertas que antes no estaban, pequeños apartamentos donde antes había locales, cajetines para llaves junto a los portales y anuncios de alojamientos que prometen una experiencia única a precios que poco tienen que ver con lo que puede pagar un cordobés.

No es solo el casco histórico. Es una tendencia que empieza a extenderse por distintos barrios y que merece que nos paremos a pensar qué ciudad estamos construyendo.

Córdoba empieza a parecer una colmena.

En una colmena no hay un solo espacio desperdiciado. Cada hueco tiene una función, cada metro produce y todo está organizado alrededor de una finalidad. El problema es que una ciudad no es una colmena. Una ciudad está hecha de personas, familias, vecinos y vidas que necesitan algo tan sencillo como un lugar donde vivir.

Mientras hablamos de jóvenes que no pueden emanciparse, de alquileres cada vez más caros y de la necesidad de aumentar el parque de vivienda, vemos cómo proliferan los apartamentos turísticos y cómo los bajos se convierten en pequeños estudios y «lofts» que después salen al mercado con precios que poco tienen de asequibles.

Y la palabra «loft» tiene algo maravilloso: consigue que casi cualquier cosa parezca sofisticada. Un espacio reducido, una cama, una cocina y una pared de ladrillo visto pasan a convertirse, gracias a unas buenas fotografías, en una experiencia inmobiliaria. Si además está bien situado y puede alquilarse por días o temporadas, el negocio está servido.

No se trata de demonizar al propietario. Tampoco al empresario turístico. Quien tiene una propiedad tiene derecho a rentabilizarla dentro de la ley y Córdoba necesita turismo. El turismo genera empleo, actividad y riqueza, y sería absurdo negarlo.

Pero que algo sea legítimo individualmente no significa que sea inocuo cuando se multiplica hasta transformar una ciudad.

Porque una cosa es recibir turistas y otra muy distinta que el mercado vaya desplazando poco a poco el uso residencial porque existe alguien dispuesto a pagar más por el mismo espacio.

Y aquí la política tiene algo que decir.

El Ayuntamiento ha empezado a poner límites a la proliferación de viviendas turísticas en determinadas zonas y a revisar el planeamiento. Es una dirección que merece ser acompañada, pero este no es un problema que pueda resolver una sola Administración. Hace falta una política de vivienda que facilite construir y rehabilitar, menos burocracia, seguridad jurídica y reglas claras. Sobre todo, hace falta que las administraciones dejen de llegar siempre detrás de la realidad.

Porque si un local puede convertirse legalmente en vivienda, estupendo. Córdoba necesita aprovechar cada oportunidad para aumentar su parque residencial. Pero deberíamos preguntarnos para qué queremos esas viviendas.

No todo lo que aumenta el número de puertas aumenta el número de hogares.

Y ahí está el verdadero problema.

Una ciudad no se transforma de golpe. Una familia se marcha. Después otra. El piso de arriba deja de tener niños. El de enfrente se convierte en alojamiento. Cierra una tienda de toda la vida y aparece otro negocio orientado al visitante. Un bajo se convierte en apartamento. Después otro.

Las fachadas siguen siendo las mismas, pero la calle ya no tiene la misma vida. Y eso es lo que debería preocuparnos.

No que venga gente de fuera, sino que llegue un momento en que la gente de dentro ya no pueda quedarse.

Porque detrás de los precios de los alquileres hay personas. Está el joven que sigue viviendo con sus padres porque no encuentra una vivienda que pueda pagar. Está la pareja que quiere formar una familia y descubre que su barrio se ha vuelto inaccesible. Está el trabajador que tiene empleo en Córdoba pero no puede permitirse vivir cerca de él.

Y también está el propietario que necesita complementar sus ingresos y que no tiene por qué convertirse en el enemigo de nadie.

Por eso no necesitamos una guerra entre propietarios y vecinos, ni entre turismo y vivienda. Necesitamos equilibrio. Una ciudad abierta al que viene, pero que no expulse al que se queda.

Porque aquí hay una palabra que últimamente parece haberse quedado olvidada entre estadísticas, licencias y metros cuadrados:

Vecino.

Un turista llega, disfruta de Córdoba y se marcha. El vecino se queda. Lleva a sus hijos al colegio, compra el pan, va al médico, saluda al de la tienda, cuida a sus mayores y conoce a quien vive en el tercero.

El vecino convierte un conjunto de edificios en un barrio.

Y hay algo más: una ciudad que quiera tener futuro tiene que ponérselo fácil a quienes quieren formar una familia. No podemos decir que necesitamos niños, que necesitamos relevo generacional y que las familias son fundamentales para nuestra sociedad mientras hacemos cada vez más difícil que una pareja joven pueda encontrar una casa donde empezar su vida.

Tener hijos ya implica suficientes responsabilidades como para que encontrar una vivienda digna parezca una prueba de supervivencia. Si queremos familias, tendremos que construir las condiciones para que puedan existir: vivienda accesible, barrios habitables, servicios y estabilidad. No se trata de regalar nada a nadie. Se trata de que quien quiera trabajar, formar una familia y echar raíces tenga una oportunidad real de hacerlo.

Porque una ciudad sin familias puede seguir siendo una ciudad turística, pero difícilmente será una ciudad con futuro.

Y quizá por eso deberíamos pensar dos veces antes de convertir cada espacio disponible en una oportunidad de negocio. No porque ganar dinero esté mal, sino porque hay cosas que, cuando se pierden, no se recuperan con dinero.

Un barrio sin niños no se arregla con una campaña turística. Una calle sin vecinos no recupera su vida porque aumente la ocupación hotelera. Una familia que ha tenido que marcharse no vuelve simplemente porque dentro de diez años construyamos más apartamentos.

Córdoba tiene derecho a prosperar. Tiene derecho a recibir turistas, a atraer inversiones y a generar riqueza. Pero también tiene derecho a conservar algo mucho más difícil de construir: su vida cotidiana.

Porque gobernar una ciudad no consiste únicamente en hacerla atractiva para quien viene. También consiste en hacerla posible para quien se queda.

Y quizá por eso me preocupa esa Córdoba convertida poco a poco en una enorme colmena inmobiliaria, donde cada bajo puede ser un estudio, cada vivienda una inversión y cada metro cuadrado una cifra.

Podemos llegar a tener una ciudad perfectamente rentable y, al mismo tiempo, una ciudad imposible para vivir.

Y entonces habremos conseguido algo bastante extraño: una Córdoba llena de casas en la que cada vez sea más difícil encontrar un hogar.

Yo no quiero esa Córdoba.

Quiero una ciudad que reciba al que llega con los brazos abiertos, pero que no obligue al que nació aquí a marcharse. Una ciudad en la que sigamos rehabilitando edificios, creando viviendas, atrayendo inversiones y generando empleo, sin olvidar que detrás de cada ventana debería haber una vida.

Porque una ciudad no está viva porque tenga muchas puertas.

Está viva cuando detrás de esas puertas hay vecinos que pueden decir: esta es mi casa.