Cuando esta semana las aulas se llenaban de vida, pensaba en todos los alumnos que conforman una comunidad educativa y que son el corazón de cada centro de enseñanza. De manera especial, ayer imaginaba qué pasaría por la cabeza de cada uno de los que por primera vez pisaban la universidad y que veía ahí sentados, expectantes, recibiendo la pertinente información de bienvenida. Quizá algunas palabras de este primer día calen en alguno, llamen la atención a otros y, muy probablemente, se olviden en la mente de la mayoría; algo normal en una toma de contacto que apenas es una ínfima parte de la punta de un iceberg que oculta cuatro años de su vida dedicados a formarse como profesionales de la carrera elegida.

Y ello me llevaba, como en tantas ocasiones, a hilvanar unas cosas con otras, a proyectar en mi mente que su paso dejará, inevitablemente, huellas a su alrededor. Penetrarán con profundidad en compañeros a los que se unirán con lazos permanentes y también guardarán en su equipaje las aportaciones de los profesores: conocimientos, recursos, enseñanzas…; porque la grandeza de un docente radica en transmitir aquello que es y aquello que conoce. En definitiva, modelos a seguir o a olvidar, pero sobre todo experiencias que serán repetidas como las expresiones y gestos de una madre que todos en algún momento pronunciamos con orgullo como si fueran producto de nuestro propio intelecto.

Las personas auténticas dejan huella en sus semejantes. Un detalle, una palabra de aliento, un minuto de atención o un acompañamiento en silencio. Probablemente sin buscar el aplauso o el reconocimiento, simplemente dejando la estela de lo genuino marcado en el corazón de los otros.

Y, todo esto, es extrapolable a otros momentos y ámbitos de la vida. Hay personas que se ganan el respeto de los demás, que valen su peso en oro y se hacen insustituibles aún cuando ya no están entre nosotros. Llegar, hacerse un sitio y merecer el respeto en cualquier círculo social. La persona que deja huella en ti ha influido de manera positiva en tu vida. ¡Qué diferencia tan grande hay entre dejar huellas y dejar cicatrices! La realidad es que nos rodeamos de muchos conocidos. También de amigos, pero esos se cuentan con los dedos de una mano. En ocasiones estamos de paso y hay veces que perpetuamos en el tiempo una amistad verdadera. La grandeza de esta palabra va ligada a la confianza y la lealtad que no siempre son recíprocas.

Utilizando la letra de la canción de Antoñito Molina, «ya que estamos de paso, dejemos huellas bonitas».