El perol sideralAlfredo Martín-Górriz

España tatuada

«Observamos hoy al tatuaje como marca inexcusable de obediencia al sistema, de prolongación de la infancia hasta la ancianidad, de acción desesperada de llamar la atención a costa de ocultarse incluso a uno mismo, de aceptar mansamente una marca de ganado»

De la misma forma que antaño alguien se cambiaba de acera al observar de lejos a una persona tatuada con aspecto sombrío, pronto gran parte de la población cruzará al otro lado si quien viene es alguien con la piel limpia. Hasta ese punto se han extendido ese tipo de grabados antiguamente circunscritos a gremios muy concretos, alguna tribu urbana y ambientes marginales, incluido presidiarios.

De ahí se pasó al simpático tatoo o tatú, un dibujillo en la espalda, hombro o pierna, pero en un lugar no visible con ropa, salvo que se estuviera en la playa o piscina. Aquello empezó a multiplicarse. Poco a poco, piernas y brazos a la vista fueron normalizándose. Más tarde cuello y hasta cara o cabeza. Últimamente se ha llegado a más, y hay personas multi-tatuadas que, a falta de ideas, deciden taparse con tinta el resto de la piel, pero ya sin dibujo alguno. Por ejemplo, tienen grandes tatuajes en pecho, espalda y cuello... y los brazos sencillamente cubiertos de tinta verde, sin más. O las piernas.

Así, aquella marca vistosa y concreta que señalaba identidad y pertenencia, incluso advertencia, hoy parece convertida en una especie de intento narcisista y exacerbado de manifestar la mera presencia del individuo... por la vía de desaparecer bajo los colorantes. El tatuado quiere que lo mires por todos los medios posibles, pero sepultando su identidad al adoptar la de otro. ¿De qué será el disfraz? ¿Por qué este singular burka hecho con una aguja?

Observamos hoy al tatuaje como marca inexcusable de obediencia al sistema, de prolongación de la infancia hasta la ancianidad, de acción desesperada de llamar la atención a costa de ocultarse incluso a uno mismo, de aceptar mansamente una marca de ganado. A fuerza de perder su particular idiosincrasia, estos dibujos han invertido su uso, identificándose directamente con la postración, con seguir a la masa sin otro objeto que imitar un balido.

España está tatuada. Pronto no será descartable la creación de un ministerio, departamento u oficina especial dedicado al marcaje directo de la población con un hierro candente. El español, española o españole aguantará estoicamente, incluso con gusto, su bovina, ovina o caprina conversión, según toque. ¿Vieja escuela?, ¿polinesios?, ¿japoneses? ¿mitológicos?, ¿de animales o plantas?, ¿marítimos?, ¿astronómicos?, ¿abstractos?, ¿macabros?, ¿frases en idiomas extraños?, ¿pop?, ¿retratos?, ¿religiosos? Para qué. Son innecesarios. Ese fierro, en lugar de «amor de madre», pondrá un «amor al Gobierno». Y tan contentos. El bicho raro no tatuado, perteneciente de manera involuntaria a una nueva tribu, quedará listo para algún campo de reeducación o de trabajo. O ingresado directamente en un circo.

Aquel marinero hermoso y rubio como la cerveza que vino en un barco de nombre extranjero para embelesar al personaje interpretado por Concha Piquer tendría hoy:

- Un tiburón en el antebrazo izquierdo.

-Un delfín en en el antebrazo derecho.

- Un tuareg con su propia cara en el brazo izquierdo.

-Un arponero con su propia cara en el brazo derecho.

- Un cachalote en el pecho.

- Un lecho de amor en el que yace él mismo con una hermosa sirena en la espalda.

- Dibujos a modo de anémonas que suben por el cuello.

- Pececillos desperdigados por la cara.

- Un pulpo subiéndole por el muslo izquierdo.

- Una sepia subiéndole por el muslo derecho.

- Un espeto de sardinas en una pantorrilla.

- Una barca con el espetero en la otra.

Aquella mujer que le pidió un beso de amante -y errante lo buscaba por todos los puertos- lo recordaría al final por la única parte de piel libre que le quedaba.