En España en el año 415 de la era cristiana, después del saqueo de Roma en el 410, continuó la conquista de los bárbaros godos en la península hispanorromana con el rey Ataúlfo y de modo completo con la caída final del Imperio Romano de Occidente en el 476, pasando el rey Eurico a ser el soberano de facto de casi toda la Hispania. Se calcula que los visigodos eran entre 150.000 - 200.000 frente a varios millones de hispanorromanos. Los godos, además de ser portadores de una religión diferente, el arrianismo, mantuvieron la prohibición de los matrimonios mixtos (connubium) entre ciudadanos romanos y pueblos germánicos.

Con la conversión al cristianismo del rey Recadero se convocó el Tercer Concilio de Toledo. Corría el año 589. La Iglesia entonces impuso la derogación de la prohibición de ambas poblaciones de mezclarse rompiendo con el modelo de castas separadas, sentando las bases de la asimilación cultural que, siglos más tarde, España replicaría en América a través del mestizaje, a diferencia de otros modelos coloniales de estricta separación. Así por ejemplo se recoge en las Instrucciones de los Reyes Católicos a Nicolás de Ovando (1501 y 1503) mandatos de la reina como este: «algunos cristianos se casen con algunas mujeres indias, y las mujeres cristianas con algunos indios, porque los unos y los otros se comuniquen y enseñen (...) y sean tratados como vasallos libres de la Corona». Y en la Real Cédula de Fernando el Católico de 14 de enero de 1514: «Es nuestra voluntad que los indios e indias tengan, como deben, entera libertad para casarse con quien quisieren, así con indios como con naturales de estos nuestros reinos o españoles nacidos en las Indias, y que en esto no se les ponga impedimento».

La forja de la identidad española, el Imperio español vigente durante 400 años, se constituyó así como elemento esencial, no solo con la religión cristiana, sino por el mestizaje, la asimilación en una sola identidad nacional de pueblos de diversas procedencias y épocas que se iban incorporando y enriqueciendo la identidad.

Obviamente, esto sólo pudo suceder en ausencia de un elemento que parece regir hoy día nuestras sociedades en relación con otros pueblos: el miedo. Hasta que no hay mezcla nosotros podemos incluso ayudar al otro, pero no hay una sola identidad. Yo no soy tú, sino dos cosas separadas que no se mezclan, como el aceite y el agua. Mezclarse es la única manera de no tener miedo al futuro, a lo que pasa. Lo peor que le puede pasar a una persona es que deje de asombrarse por la existencia de otra. Y si su dolor llega a serte indiferente tu humanidad se destruye: estás muerto en vida.

En un artículo reciente Shakira ha explicado por qué, de sus doce conciertos, el primero es en Madrid: «Esto empezó con dolor. Empezó cuando vi a nuestra gente perseguida por el solo hecho de ser latina, familias obligadas a vivir con miedo. Frente a eso, la rabia es legítima. Pero yo elegí responder con una celebración: la más grande que fuéramos capaces de imaginar. Porque la respuesta más poderosa al miedo es existir con toda la fuerza, toda la alegría y toda la dignidad del mundo. Y para esa celebración elegí Madrid. Porque aquí ocurre algo que el mundo merece ver: la inmigración latina no es tolerada, es celebrada. España la ha abrazado, y ese abrazo la ha hecho más joven, más pujante, más creativa. La integración conmueve por su naturalidad, quizás porque hace cinco siglos fueron los españoles quienes cruzaron el océano. Compartimos lengua, memoria, gestos, sobremesas. El Atlántico, entre nosotros, dejó de ser un océano hace mucho tiempo. Es un lazo. De Madrid se dice que quien no es de ningún lado es de aquí.»

Qué bonito también recordar, en este sentido, el reciente discurso de 8 de junio de 2026 del Papa en el Congreso de los Diputados recordando la idea que dio a luz a la famosa escuela de Salamanca: «En aquella sede universitaria, hace quinientos años, cuando se abrían mundos nuevos y posibilidades inmensas en las relaciones entre los pueblos (...) introdujeron así en el discernimiento histórico la pregunta por el valor irreductible de todo ser humano y los límites morales del poder. Desde España, la reflexión de la Escuela de Salamanca —y de manera particular fray Francisco de Vitoria, junto con otros dominicos y jesuitas— contribuyó a formar una conciencia jurídica y moral capaz de recordar que la autoridad lleva siempre consigo una responsabilidad y que todo ser humano debe ser reconocido como sujeto de derechos y deberes».

Y hoy ¿quiénes tienen capacidad de acogida en los sucesos dramáticos que se producen con las migraciones de los pueblos? Pues hay que reconocerlo: fundamentalmente la Iglesia y las ONGs. Obviamente ni toda la Iglesia ni todas las ONGs, pero sí en su mayoría. E, individualmente, las personas que no han perdido la empatía con el prójimo, especialmente con el que más sufre.

Sería patético observar cómo se criminaliza a ONGs o a ciudadanos por el hecho de ayudar al enemigo o de ser cómplices de poderes foráneos que ejercen esa labor humanitaria forjada durante siglos y reflejada en nuestra legislación.

Admitir el miedo como motor de nuestras acciones y revestirlo de algo razonable e incluso dotarlo de fuerza política es uno de los signos más notorios de haber perdido la batalla colectiva de nuestra civilización como la más humana y moral de la historia, porque implica ya la imposibilidad o increencia de poder convencer al que viene que nuestro modus vivendi es el mejor de los posibles.

Hay un libro interesantísimo de historia titulado precisamente Miedo de Robert Peckam que cuenta la historia de la humanidad desde esta perspectiva del miedo. La tentación de responder con miedo y que parezca que es la más inteligente de las respuestas siempre asola en las situaciones de crisis y parece que tiene que ser la primera y más lógica respuesta hasta que uno se da cuenta del absurdo y violencia que meten en el sistema.

No hay que irse fuera de Europa ni más allá de 100 años para observarlo. Como cuenta el gran Azurmendi en su libro El abrazo, hasta la misma Iglesia alentaba a ir a la guerra contra el prójimo: «Pero ¿dónde estaba la Iglesia? Recordaré dónde estaba el Cardenal Amette en Nôtre-Dame de París, en 1914 «Hermanos, camaradas de los ejércitos franceses y de sus gloriosos aliados, ¡el Dios todopoderoso está de nuestra parte! Dios nos ha ayudado siempre en nuestro glorioso pasado. Él nos ayudará otra vez en la hora de nuestra defensa. Dios está cerca de nuestros valientes soldados en las batallas; él templa su brazo y lo fortifica contra los enemigos. Dios protege a los suyos. Dios nos dará la victoria». Y también dónde estaban los Arzobispos de Köln, München y Essen, en 1914: «Pueblo estimadísimo de nuestra patria. Dios está con nosotros en este combate por la justicia al que hemos sido arrastrados a pesar nuestro. Os ordenamos, pues, en nombre de Dios, luchar hasta la última gota de vuestra sangre por el honor y la gloria de vuestro País. Dios sabe, en su sabiduría y justicia, que el derecho está de nuestro lado, y él nos dará la victoria».

Ya sabemos cómo acabó la primera Guerra Mundial. Y la segunda. Una vez demostrado el fracaso del miedo, aparece la humanidad y la fraternidad, la acogida del otro y del diferente como remedio final. Así por ejemplo lo vemos en las raíces del nacimiento de la UE con Konrad Adenauer fue el primer canciller de la Alemania Occidental desde 1949 y Robert Schuman político francés, ambos católicos por cierto.

Continúa Azurmendi. «A la luz de lo que llevo visto entre estos cristianos y alejado de todo resquemor ideológico, hoy les preguntaría a aquellos prelados qué les hizo olvidar que la caridad sólo es amor. Y no les preguntaría por qué prefirieron desenvainar la espada pues nadie que acostumbra a abrazar la desenvaina».

Como exclama el Brujo últimamente en todas sus actuaciones desde la pandemia de 2020: ¡Vivan sin miedo! La única fuerza que puede trascender y superar el miedo es el amor.

Vivamos sin miedo aun en las situaciones anómalas y más extraordinarias

¿Prioridad nacional? Por supuesto. ¿Miedo? Jamás. La respuesta siempre será lo humano.