La simpleza del cromosoma Y
«No todo hombre es un enemigo. No toda diferencia es una opresión»
Trabajo rodeada de hombres y, después de unos cuantos años observándolos, tengo una teoría: el cromosoma Y debe venir con menos memoria RAM.
No lo digo como insulto. Lo digo con cierta envidia.
Los hombres tienen una capacidad admirable para no complicarse la existencia. Tú puedes contarle a un amigo durante veinte minutos una historia en la que has analizado cada gesto, cada palabra y cada silencio y, cuando terminas, él te mira y dice:
—Pues pregúntaselo.
Y tú piensas: claro. Preguntárselo. Qué concepto tan revolucionario.
Nosotras, antes de preguntar, hemos consultado a tres amigas, hemos reconstruido la conversación del martes y hemos decidido que aquel «vale» llevaba un punto final demasiado contundente.
Ellos reciben un «luego hablamos» y siguen con su vida.
Nosotras recibimos un «luego hablamos» y abrimos una investigación.
Quizá por eso tener amigos hombres sea una experiencia tan saludable. Yo tengo la suerte de trabajar y compartir vida con unos cuantos a los que quiero muchísimo, y quizá precisamente por eso los observo tanto. Me hacen gracia. Me desesperan. A veces no los entiendo en absoluto. Y, otras veces, pienso que ojalá tuviera su capacidad para no darle una segunda vuelta a las cosas.
Porque ellos tampoco son como nosotras.
Y qué maravilla que no lo sean.
El feminismo y el maravilloso arte de complicarlo todo.
Y aquí viene mi pequeña herejía.
Después de tantos años hablando de igualdad —y bien que hemos hecho— quizá las mujeres también deberíamos reivindicar el derecho a ser un poco más simples.
Porque el feminismo que necesitábamos era el que nos decía que podíamos estudiar, trabajar, decidir, ganar nuestro dinero, decir que no y vivir como nos diera la gana.
El feminismo nouveau, en cambio, a veces parece haberse especializado en conseguir que una necesite un manual de instrucciones para pedir un café sin caer en algún micromachismo.
Hemos pasado de luchar para que no nos trataran como seres inferiores a analizar si una mirada, un comentario o un «chicas» constituye una agresión estructural.
Y quizá, entre tanta teoría, hemos olvidado algo bastante importante: vivir también es una actividad feminista.
No todo hombre es un enemigo. No toda diferencia es una opresión.
No toda discusión necesita una denuncia en Twitter.
Y, sobre todo, no necesitamos convertir cada interacción humana en una batalla ideológica.
Quizá deberíamos aprender algo de ellos.
Mis amigos hombres me han enseñado algo que no aparece en ningún manifiesto: a veces puedes estar enfadado con alguien y seguir queriéndolo. Puedes discutir y mañana tomarte una cerveza. Puedes no estar de acuerdo sin convertir al otro en tu adversario.
Ellos también tienen mucho que aprender de nosotras, por supuesto.
Pero nosotras podríamos aprender algo de ellos. A cerrar pestañas.
A no preguntar qué significa cada silencio. A no necesitar ganar todas las discusiones.
A decir «me da igual» cuando realmente nos da igual.
Y a entender que la igualdad no consiste en que hombres y mujeres tengamos que pensar exactamente igual.
Consiste en que podamos ser libres para pensar distinto.
Porque quizá hombres y mujeres seamos diferentes en muchas cosas. Y no pasa absolutamente nada. De hecho, qué aburrimiento si no lo fuéramos.
La igualdad no debería obligarnos a borrar las diferencias, sino a conseguir que ninguna de ellas determine cuánto valemos, qué podemos hacer o cómo tenemos que vivir.
Así que, después de años trabajando rodeada de hombres, he llegado a una conclusión que probablemente no será bien recibida por la industria de la sobreinterpretación: quizá el cromosoma 'Y' no sea simple.
Quizá simplemente haya entendido antes que nosotros que no todo merece una segunda vuelta.
Y, francamente, qué descanso.