En estos días de septiembre y en paralelo con el desasosiego y la incertidumbre por lo que se está viviendo en Ceuta he leído unos de los clásicos contemporáneos de la filosofía española reciente - ¿si existe tal ente? – como es España inteligible de Julián Marías (1914-2005). El libro es un ejercicio de aquella «razón histórica» que a través de la narración «no se reduce a hechos», que «no rebaja lo humano a cosas físicas o psíquicas o sociales, sino que conserva su carácter intrínsecamente proyectivo y dramático».

Lo curioso es que lo filosófico, aun en su aridez, puede levantar de algún modo la moral de una tropa si no confundida si perpleja y falta de «generales» que guíen en la batalla. El cierto revulsivo lo ofrece un libro como este al mostrar, por ejemplo, como para Marías «lo más positivo, lo más valioso» de España, aunque «rara vez se ha percibido y estimado adecuadamente», es «la existencia de un pueblo en el sentido más hondo de esta palabra». Un pueblo con una marcada «vocación», con una determinada «misión» puesto que como mostró Ortega y Gasset, en su momento, «¿No consiste la vida humana en ponerse a una carta, no es misión?». Insiste Marías en que no es que tenga España una misión, sino que es misión. De ahí la pregunta: «¿No resultará que es ese carácter transitivo de España, desde el comienzo de la Edad Media, ese ir más allá de sí misma, saltando por encima de sus propios intereses inmediatos, era su verdadera superioridad, aquello en que propiamente consistía?». No hay nada más que ir a la gran aventura que supuso la evangelización de América para percibir lo que tuvo de decisivo «el espíritu de aventura, el deseo de realizar hazañas extraordinarias y dignas de ser recordadas, el orgullo de pertenecer a una minoría capaz de grande cosas».

Marías tenía muy claro que «la España históricamente real es la cristiana». De hecho todo seria resumible en magnitudes inversamente proporcionales: «Cuanto más se insista en la presencia, la influencia, la huella perdurable de lo árabe o, más ampliamente, islámico, o en el ingrediente judío, más claro parece que el proyecto histórico de España fue durante toda la Edad Media su condición cristiana».

Sí que es cierto que uno de los problemas, según el criterio de Julián Marías, es que desde finales de siglo XVI «el pensamiento específicamente católico estará penetrado por la desconfianza y la tendencia a la repetición inerte de fórmulas pensadas con autenticidad en otras épocas»; de ahí que el hombre de Iglesia se quedase «sin defensas», sin «anticuerpos» frente a cualquier otra doctrina. El drama pudo provenir por la reducción del «volumen y la calidad del pensamiento secular, y el descenso del eclesiástico». De ahí entre otras cosas el batiburrillo de prejuicios y complejos, tantos endógenos como exógenos, con el que parecemos estar en un permanente nublado.

Pero también el ir más allá de los prejuicios supone su evidente desenmascaramiento y esta es otra de las bondades que brinda la lectura de España inteligible. Valgan como ejemplo: 1) «Se ha hablado de España como ‘el país sin Renacimiento» lo cual ha ido unido a una tendencia a considerar que nunca España fue «moderna», que «no acabó de aceptar la modernidad, que perpetuamente se ha quedado atrás»; 2) La tan traída y tan llevada publicación de la Brevíssima relación de la destruyción de las Indias de fray Bartolomé de las Casas por la que se consolida y fundamenta toda una leyenda negra con respecto a lo que supuso el descubrimiento de América; 3) La misma Inquisición de la que estudios recientes han demostrado que «la imagen dominante en los siglos XVIII y XIX es insostenible, que su violencia fue muy reducida, incomparablemente menor que la desatada por pretextos o motivos religiosos, en casi todos los países de Europa».

Entiendo que como españolitos de a pie ya contamos con las recomendaciones tiktokeras – tanto las literarias como las musicales - de nuestro amado presidente el Dr. Sánchez cada fin de semana. Pero es «una verdadera cura de aires», frente a la realidad política tanto nacional como internacional que nos circunda, frente a la evidente desmembración social en la que nos hallamos, poder leer que «para España, el hombre ha sido siempre persona; su relación con el Otro (moro o judío en la Edad Media, indio americano después) ha sido personal; ha entendido que la vida es misión, y por eso la ha puesto al servicio de una empresa transpersonal; ha evitado, quizá hasta el exceso, el utilitarismo que suele llevar a una visión del hombre como cosa; ha tenido un sentido de la convivencia interpersonal y no gregaria, se ha resistido a subordinar el hombre a la maquinaria del Estado; ha sentido la vida como inseguridad, no ha creído que su justificación sea el éxito: por eso la ha vivido como aventura y ha sentido simpatía por los vencidos».