Hay una nueva forma de valentía que consiste en decir en voz alta que no te gusta la tortilla de patatas.

Las 'unpopular opinions' se han convertido en el deporte intelectual de nuestra época. Ya no basta con tener criterio: hay que tenerlo en contra de alguien. Y, a ser posible, anunciarlo con cierta solemnidad: «Voy a decir algo que quizá no guste…»

Tranquilo. No vas a declarar la independencia de Texas. Vas a decir que 'Friends' está sobrevalorada.

Lo interesante es que, en realidad, casi ninguna opinión es tan impopular. Decir que no te gusta el reguetón no te convierte en disidente. Decir que prefieres la Navidad a Halloween tampoco te coloca en la clandestinidad. Y pensar que una tostada con aguacate a 14 euros es un atraco quizá sea, de hecho, una opinión bastante mayoritaria.

Mi primera opinión impopular, por tanto, es que hemos exagerado muchísimo nuestra necesidad de ser originales.

Todo el mundo quiere ser diferente, pero nadie quiere parecer raro. Queremos tener personalidad, pero dentro de los límites de lo socialmente aceptable. Queremos vestir distinto, pensar distinto y vivir distinto, siempre que alguien pueda validarlo primero en Instagram.

Hay algo profundamente moderno en querer ser único exactamente igual que los demás.

Otra opinión: no todas las personas tienen que «trabajar en sí mismas» constantemente.

A veces no tienes que sanar nada. A veces estás cansado.

A veces no necesitas cerrar ciclos, establecer límites, revisar tu apego, conectar con tu niña interior ni escribir tres páginas sobre lo que has sentido después de una conversación de siete minutos.

A veces te has levantado de mal humor y punto.

Hemos convertido la existencia en una auditoría permanente. Hay que optimizar el sueño, la alimentación, las relaciones, la carrera profesional, la productividad, el descanso y hasta el descanso del descanso. Si un día te tumbas en el sofá durante dos horas sin convertirlo en «tiempo de autocuidado», parece que estás desperdiciando la vida.

Y quizá la vida tenga bastante más que ver con desperdiciar un poco el tiempo de vez en cuando.

También tengo una opinión peligrosa: no todo el mundo tiene que perseguir sus sueños.

Algunos sueños están estupendamente guardados en un cajón.

Nos han vendido la idea de que, si no amas tu trabajo, estás fracasando. Que hay que levantarse cada mañana con propósito, pasión y ganas de conquistar el mundo.

Personalmente, me conformaría con que el mundo no me pidiera nada antes de las nueve.

Hay gente feliz con un trabajo que simplemente paga las facturas. Hay personas que no quieren emprender. Que no quieren «su propio proyecto». Que no quieren ser su mejor versión.

Quieren vivir.

Y quizá eso ya sea bastante ambicioso.

Otra 'unpopular opinion': hay conversaciones que deberían quedarse en una conversación.

No hace falta convertir cada cena en un debate sobre política, cada viaje en una reflexión existencial y cada discusión de pareja en un comunicado oficial.

Nos estamos quedando sin sobremesas porque hemos decidido que todo tiene que significar algo.

A veces una conversación puede consistir en criticar a un tercero, recordar una anécdota de hace diez años y discutir durante veinte minutos sobre dónde hacen las mejores croquetas.

No todo intercambio humano tiene que aportar valor.

De hecho, sospecho que la mayoría de las mejores cosas de la vida no aportan absolutamente ninguno.

Y ya que estamos: la gente que dice «yo no juzgo a nadie» suele estar juzgando a alguien mientras lo dice.

Juzgar es humano. Lo que quizá deberíamos aprender es a hacerlo con menos solemnidad.

Porque también hemos desarrollado una curiosa obsesión por parecer moralmente impecables. Ya no basta con comportarse bien: hay que demostrarlo. Hay que tener la opinión correcta, las palabras correctas, los hábitos correctos y hasta el algoritmo correcto.

Hemos conseguido convertir la personalidad en un currículum. Por eso quizá mi opinión más impopular sea precisamente esta:

me fío más de la gente que admite sus contradicciones.

De quien dice «esto está fatal, pero yo también lo hago».

De quien reconoce que a veces tiene prejuicios, que alguna vez se equivoca, que hay personas que le caen mal sin una explicación especialmente sofisticada y que, aunque defienda la importancia de desconectar del móvil, lleva tres horas mirando vídeos absurdos.

La perfección moral me parece bastante sospechosa.

Prefiero a quien intenta ser buena persona sin convertirlo en una marca personal.

Al final, quizá las verdaderas 'unpopular opinions' ya no sean decir que no te gusta una película, un restaurante o una canción.

Lo verdaderamente revolucionario sería admitir, sin convertirlo en contenido, que no tienes una opinión formada sobre todo.

Y eso sí que sería impopular.

Sobre todo en internet, donde hasta para no saber hay que tener argumentos.