En economía, el acto, el hábito, la institución o la ley no producen solamente un efecto, sino una serie de efectos
Frédéric Bastiat

El caso de Mari Carmen, desahuciada de su vivienda, nos enfrenta a una verdad que nuestra sociedad lleva demasiado tiempo intentando negar: la economía no tiene sentimientos. No siente compasión. No siente indignación. No entiende de buenos y malos. No se conmueve ante una historia personal ni modifica sus principios porque el resultado nos parezca injusto. La economía es lo que es. Y pretender que funcione de otra manera mediante emociones, deseos o buenas intenciones es confundir nuestros principios morales con los principios que gobiernan la realidad.

Podemos decidir que una persona no debería perder su vivienda. Podemos decidir que un alquiler debería ser más barato. Podemos decidir que nadie debería sufrir determinadas consecuencias. Todo eso pertenece al terreno de nuestras preferencias. Pero ninguna declaración política, por noble que sea, modifica la escasez, los incentivos, la propiedad, el riesgo o la relación entre oferta y demanda. El deseo no deroga las leyes económicas.

Cuando una vivienda es escasa y mucha gente quiere ocuparla, existe un mecanismo de asignación. Cuando impedimos que el precio desempeñe esa función, no hacemos desaparecer la escasez. Simplemente trasladamos el conflicto a otro lugar. Y ahí aparece lo que no se ve. No vemos al propietario que decide no alquilar. No vemos al inversor que dirige su dinero hacia otro activo. No vemos la vivienda que deja de construirse porque los costes y riesgos hacen menos atractivo hacerlo. No vemos al joven que permanece años en casa de sus padres. No vemos al trabajador que rechaza una oportunidad laboral porque no puede pagar una vivienda cerca de ella.

Vemos a Mari Carmen. Pero no vemos a todas las personas cuyas decisiones económicas se modifican como consecuencia de las reglas que establecemos.

Ese es precisamente el problema de gobernar la economía desde el sentimentalismo: concentramos nuestra mirada en la consecuencia inmediata y dejamos fuera de la fotografía todas las consecuencias posteriores. La economía funciona mediante millones de decisiones descentralizadas. Cada precio transmite información. Cada contrato incorpora riesgos. Cada propiedad genera incentivos. Cada intervención modifica el comportamiento de alguien. Podemos ignorarlo. Lo que no podemos hacer es evitar que esas relaciones sigan existiendo.

La economía no necesita que la hagamos «más humana», necesita que comprendamos cómo funciona. Porque existe una arrogancia peligrosa detrás de la pretensión de diseñar una economía perfectamente bondadosa: Creer que podemos conocer, controlar y anticipar las consecuencias de millones de decisiones humanas mejor que el propio mecanismo descentralizado que las coordina. Es, en cierto sentido, querer jugar a ser Dios sin serlo. No porque la economía sea moralmente perfecta. No lo es. Ni porque todo resultado económico sea necesariamente deseable. Tampoco. Sino porque la realidad no negocia con nuestros sentimientos. Podemos cambiar las reglas. Podemos redistribuir recursos. Podemos proteger a determinadas personas. Podemos prohibir determinadas actuaciones. Pero cada decisión tendrá consecuencias, visibles e invisibles, inmediatas y futuras.

La cuestión verdaderamente adulta no es preguntarnos qué resultado nos gustaría obtener. Es preguntarnos qué precio económico estamos dispuestos a pagar para conseguirlo y quién terminará pagándolo. Porque la economía no tiene corazón. Y precisamente por eso, cuando intentamos obligarla a tenerlo, la factura no desaparece. Simplemente cambia de manos.