Llegamos a este Día Mundial del Turismo con el dato feliz que arrojaba el Instituto Nacional de Estadística esta semana: los hoteles de Córdoba capital han cerrado el mejor agosto desde que arranca la serie actual, en 2005. Fueron 147.634 pernoctaciones, más de 4.000 por encima del anterior récord, que databa de 2016, y el número de viajeros se quedó a las puertas del máximo histórico.

Pernoctaciones: el concepto central, el objetivo de siempre, la palabra de toda declaración sectorial, el punto de mira de las estrategias públicas y privadas. Un hito así, y en agosto, con un calor que ahuyenta al visitante, es doblemente meritorio.

Las cifras son, mal que les pese a los agoreros habituales, el resultado de un trabajo enorme y mucho más coordinado que en otras ocasiones. Todo es mejorable, por supuesto, pero los números no han aparecido por una serie de extrañas casualidades, sino por la labor que hay detrás, tanto de las administraciones públicas como del sector privado. Dentro de este merece una mención especial la hostelería, esa infantería callada que no conoce horarios ni festivos y que es uno de los grandes valores de una ciudad y una provincia patrimoniales.

Pero, siendo un éxito que hay que mantener y mejorar, no conviene que los vapores de la satisfacción nos nublen la vista. Hay que mirar lo que ya ocurre en ciudades como Madrid o Barcelona, donde hacer turismo consiste cada vez más en ver a otros turistas visitar la ciudad. El patrimonio artístico y cultural, el ocio y el negocio son poderosos reclamos, pero detrás de todo eso está la gente, que es la que hace la ciudad. Cuando se ponen todos los huevos en la misma cesta, en los pisos turísticos, en las experiencias de parque temático, en una globalización que uniformiza el ocio y en los números que todo ello produce, acabamos olvidando a la gente. A los vecinos. A los que dan vida a las calles, a los barrios, a las tiendas y al día a día. El paisaje sin paisanaje se queda huérfano.

Esa debería ser una de las prioridades en la agenda común de quienes trabajan en el turismo. Que no se expulse a la gente. Que la ciudad no se convierta en un decorado. Que se busque el equilibrio y se incentive el regreso a los barrios que ya se están quedando vacíos o envejecidos. Porque, si no, ese afán de acumular experiencias que define el turismo de hoy acabará siendo un sucedáneo que puede encontrarse en cualquier parte del mundo, y seguramente a mejor precio.

Cuando se señala la Mezquita-Catedral como principal atractivo de Córdoba, y sin duda lo es, siempre se destaca su riqueza artística y el lugar que ocupa en la historia. Pocas veces reparamos en algo esencial: en ella sigue vivo el culto. Su verdadera razón de ser. El latido que la ha mantenido viva durante siglos. Después vendrán el cuidado permanente del templo, las enormes cifras de visitas y la labor social que se sostiene gracias a todo ello, pero sin culto quedaría reducida a un monumento sin más alma que la historia del propio edificio.

Con las ciudades pasa lo mismo. Por eso es recomendable que, sin dejar de celebrar el éxito de las pernoctaciones y las buenas perspectivas que ya apuntan a una mayor presencia en Fitur, se mire más allá de las cifras y se empiece a trabajar para que Córdoba no acabe siendo solo un récord en las estadísticas del INE.