Sábado 26 de septiembre, 12 de la mañana, sesión de cine matinal. Me gusta mucho ir al cine y consumir cine, de todas clases. Desde el más tonto y absurdo, ese que te hace desconectar durante dos horas, hasta el que te toca por dentro y te deja pensando durante días.

Esta ocasión fue más bien de las segundas. Llevaba semanas esperando con ahínco el estreno de La Bola Negra. Los Javis y sus excéntricas obras prometían no dejar indiferente a nadie. Después de más de 120 minutos puedo afirmar que consiguieron mucho más.

La Bola Negra no es un largometraje que hable sobre la Guerra Civil de nuestro país. Frente a lo que muchos puedan imaginar, poco tiene de bélica. Tampoco es una oda a Lorca ni una lección de historia sobre la época más oscura de nuestro siglo XX.

Son tres historias perfectamente tejidas entre sí. Un gran ovillo de lana al que, poco a poco, se le va dando forma: uniendo cada trazo, conectando cada punto que al principio parece inconexo y dando sentido a lo que vemos de principio a fin. Una película que exige cierta atención, pero que recompensa al espectador precisamente por eso: porque no te lo da todo hecho. Te obliga a mirar, a relacionar, a completar los silencios.

Y ahí está, para mí, una de sus grandes virtudes. La Bola Negra no necesita convertir cada escena en un discurso para hablar de asuntos profundamente humanos. Hay dolor, deseo, miedo, culpa, violencia, amor, pérdida y también una enorme necesidad de ser comprendido. La historia se cuenta tanto con las palabras como con las miradas, los silencios, los cuerpos y aquello que los personajes no se atreven a decir. Hay una crudeza que no busca el golpe fácil y una sensibilidad que tampoco cae en la lágrima fácil. Y conseguir ese equilibrio no es sencillo.

Y antes de seguir, quiero hacer una aclaración. Esto no es una crítica cinematográfica, porque ni de lejos tengo los conocimientos para hacerla. Tampoco es un manifiesto político ni pretende sentar una verdad absoluta sobre lo que ocurrió, sobre quién llevaba razón o sobre qué bando fue mejor o peor.

Las dos únicas personas que conozco que vivieron la guerra en primera persona fueron mis abuelos. Ellos ya no están y, por tanto, yo no tengo ni idea de qué fue realmente lo que ocurrió. Ni yo, ni probablemente la inmensa mayoría de quienes leéis estas palabras.

Y a esto es precisamente a donde quiero llegar: por favor, no caigamos otra vez en el «estos fueron los buenos y aquellos fueron los malos». Hablamos de un periodo horrible, negro, oscuro, atroz. De un conflicto entre hermanos que, sencillamente, nunca debió ocurrir.

Lo que nos queda hoy son testimonios, documentos, heridas y una memoria que sigue formando parte de nuestro país. Todo lo demás está inevitablemente atravesado por las interpretaciones de cada cual, por su contexto, por su familia, por sus circunstancias y, también, por aquello que le han contado.

Por una vez, no politicemos todo. No hablemos de bandos antes incluso de haber hablado de personas. No convirtamos cada historia en una trinchera ni intentemos encajar el pasado en las categorías políticas del presente.

Los Javis han hecho una auténtica obra maestra del cine. Y probablemente La Bola Negra llevará el nombre de España muy lejos con una película que permanecerá durante años en la memoria de muchos espectadores. Las escenas cuidadas hasta el último detalle, la sensibilidad de los gestos, la crudeza, la frialdad, la humanidad en ambientes hostiles y hasta el humor construyen una historia que va mucho más allá de una época concreta.

Ya no nos atrevemos a decir aquello de «es que las películas españolas no merecen la pena». Tenemos talento. Muchísimo. Y también tenemos motivos para estar orgullosos de él.

Pero, sobre todo, somos unos auténticos privilegiados. Privilegiados por poder expresarnos, por poder compartir lo que pensamos, por poder poner la mano sobre la mesa y decir: «Yo opino esto». Y hasta aquí.

Ahí está, precisamente, la belleza de eso que nos hace tan nuestros: que podemos convivir con quienes piensan diferente. Que podemos ser amigos de personas que nos ofrecen una visión del mundo con la que no estamos de acuerdo y que, sin embargo, consiguen enriquecer nuestra propia forma de mirar la vida.

Por eso hoy vengo a dar bola negra a todo aquello que nos separa, que nos enfrenta y que convierte nuestra historia en una nueva excusa para levantar trincheras.

Y a sacar una gran bola blanca a favor de todo aquello que nos une, además del fútbol: el respeto, la libertad de pensar distinto y la capacidad de sentarnos en la misma mesa sin tener que convencernos unos a otros de que tenemos razón.

Quizá esa sea una de las cosas más valiosas que hemos aprendido desde entonces: que hay historias que merecen ser recordadas sin necesidad de volver a convertirlas en una guerra.