Caen las hojas de los árboles como caen las lágrimas de los ojos en un mundo que clama, atrofiado, cansado, ante tantos signos de malignidad. Este entretiempo que climatológicamente no existe, debería ser tiempo de gratitud. Sin embargo, parece como si la humanidad estuviera dando muestras de involución en todos los niveles: político, cultural, económico… La caída de las hojas invita a la renovación interior y exterior, a olvidar lo caduco e inservible y a meditar sobre la vida y nuestro entorno.

Es otoño. Tiempo de castañas, nueces y avellanas. Los tonos ocres, amarillos, marrones y anaranjados tiñen el paisaje. Se ha cumplido lo que dice el refranero en referencia a las lluvias que empiezan a aparecer: «otoñada segura, San Francisco la procura». Es tiempo de recoger el fruto de las cosechas aunque ya se sabe que las labores agrícolas no cesan: «cuando en septiembre acabes de vendimiar, ponte enseguida en octubre a sembrar».

Al final del verano la Iglesia sitúa las témporas, un día de acción de gracias en el que se agradecen los frutos de las cosechas y se bendice el inicio de las actividades habituales. Las témporas ayudan a encontrar en Dios la fuente de todo don. La lectura del Deuteronomio que se proclama en este día sitúa a Moisés recordando que Dios introduce al pueblo en tierra buena y generosa. Y el evangelio nos recuerda: “¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra?, ¿o si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan? (Lc 11, 11-13).

Caen las hojas de los árboles y, lejos de ser agradecidos, inmersos en una sociedad ingrata, que se desplaza de forma convulsa y no alcanza a sentir la gratitud ante tantos dones concedidos, nos mostramos como la mujer encorvada del evangelio. Sin dejar caer el peso acumulado, el peso que oprime, no somos capaces de caminar dignamente y mirar al cielo. Y, sin darnos cuenta, sin pedir nada, Jesús nos va a levantar una y otra vez liberándonos de toda carga.

No olvidemos que pese a que las hojas caigan, los árboles se yerguen, firmes, esperando florecer de nuevo. Y, como ellos, pese a las dificultades encontradas en nuestro camino, hay una fuerza interior que nos permite permanecer en pie.