Con el anuncio de nuevas elecciones, se abre un ilusionante proceso de fiesta de la democracia en el que tendremos la oportunidad de cambiar nuevamente un gobierno europeísta, otanista, globalista, en pro de las autonomías, constitucionalista, abortista, homosexualista, en pro del divorcio, en pro de la pornografía, en pro de la eutanasia, en pro de la memoria histórica medioambientalista, feminista, favorable a la inmigración masiva, al turismo masivo, a los pisos turísticos y anticatólico... por otro gobierno europeísta, otanista, globalista, en pro de las autonomías, constitucionalista, abortista, homosexualista, en pro del divorcio, en pro de la pornografía, en pro de la eutanasia, en pro de la memoria histórica, medioambientalista , feminista, favorable a la inmigración masiva, al turismo masivo, a los pisos turísticos y anticatólico. Si el gatopardismo consistía en que todo cambiase para que siguiera igual, la democracia liberal ha dado una vuelta de tuerca josemillaniana (de Josema y Millán), tendiendo directamente a que todo sea lo mismo aunque no nos parezca igual.

Así, en los últimos días, aquellos que no se han preocupado por la vivienda en los ocho años anteriores han puesto en marcha la pantomima de una pantomima, el 15-M, para protestar contra sí mismos y organizar una huelga contra la oposición; mientras que la oposición seguía diluyéndose en acciones que no parecen contraponerse seriamente a nada ni nadie. Se añade al panorama la reciente muerte de Mari Carmen, la mujer desahuciada que avivó las protestas. Se oye hablar constantemente de Sánchez y el sanchismo, como si sus acciones no fueran sencillamente la lógica y anunciada consecuencia de más de medio siglo de democracia liberal, basada en la sucesión de partidos aparentemente distintos que, sin embargo, comparten el 95% de sus cosmovisiones del mundo y programas esenciales.

No es, por tanto, Sánchez ni el sanchismo, a pesar de que la degeneración sea ya extrema, sino el denominado régimen del 78, aquel que empezó mediante el consenso, aunque el consenso fuera volar por los aires al mismísimo presidente del Gobierno de España en un ambiente plagado de altercados y terrorismo. Desde entonces, la decadencia en múltiples ámbitos, manifiesta para cualquiera que no se esté mintiendo a sí mismo, ha provocado una paulatina cuesta abajo que parece llegar ahora a situaciones insostenibles, mas ya anunciadas 50 años antes. No sólo no se quisieron ver, sino que una amplia clase política, o mejor dicho, partidista, se refociló en ellas. Mientras unos iban ejerciendo de ariete con todo tipo de injusticias, aberraciones o medidas perjudiciales para el bien común, los otros, cuando les sucedían, iban asentando y solidificando con su aparente moderación la mayor parte de ellas.

¿Solucionaría por tanto un cambio de partidos la podredumbre interna del régimen? La respuesta a esta pregunta la tiene cualquiera. Sin profundas reformas, muchas de ellas capaces de generar notables conflictos tras décadas de extensión de la gangrena, continuará la cuesta abajo constante e imparable hasta la misma disolución de la patria. Eso sí, con las alternancias de turno que simulan una contienda inexistente. Sin un verdadero cambio, el sanchismo mutará en otra metástasis del mismo cáncer, mientras que pasar del rojo al azul o al verde será una mera distracción de colorines en esta lenta e inexorable caída ausente, por lo que parece, de cualquier tipo de contrapoder.