Llegué al mundo por la puerta grande. Mi santa madre llevaba horas con la oxitocina a chorro y, como aquello no avanzaba, yo decidí que no podía esperar más. Literalmente me cagué en mi madre y tuvieron que sacarme de urgencia. Así empezó mi vida y, lejos de parecer una anécdota aislada, quizá sea una buena metáfora de lo que ha venido después.

Desde que aprendí a controlar los esfínteres no he tenido ningún tipo de reparo en ir al baño donde haga falta. He llegado a poner a mis padres en situaciones comprometidas porque siempre que salíamos de casa, fuera donde fuera, acababa teniendo que ir al baño. No lo buscaba. Simplemente la naturaleza me llamaba y yo, como persona civilizada, respondía.

Llegamos incluso a introducir un momento específico para evacuar dentro de mi rutina diaria. Siempre antes de la ducha y, durante una época, con Legos incluidos en aquella idiosincrasia. No fueron pocas las veces que tuvimos que rescatar a alguna víctima caída en combate fecal. Aquellos pequeños muñecos de plástico conocieron de cerca los límites de la dignidad humana.

Y es que me apasiona hablar de esta ciencia. Una disciplina que tiene poco de compleja y muchísimo de absurda, pero que sigue incomodando a más gente de la que debería. Hoy dejo atrás la corrección política y me abro hablando de esas cosas que solo admitimos en suma confianza. Total, tampoco es para tanto: todos cagamos.

De mayor, si preguntas a cualquiera que me conozca, probablemente te dirá lo mismo:

«¿A qué sitio no ha ido?». Y es verdad. Hay historias que me guardaré para mi memoria, pero tengo material suficiente para escribir un libro. Por enumerar algunas, sin entrar demasiado en detalles, podría hablar de un bosque en el Algarve y una rodilla llena de heridas o de un campamento de escalada en mitad de la montaña. El desenlace de ambas historias lo dejo a la imaginación de cada cual, porque tampoco quiero que este periódico pierda lectores por motivos gastrointestinales.

Lo curioso es que, cuando empiezas a hablar de estas cosas, siempre aparece alguien con una historia peor. El que se cagó en una boda. La que tuvo que esconderse detrás de un coche. El que tuvo que improvisar una solución en mitad de un viaje. El que asegura que jamás le ha pasado nada parecido y todos sabemos que está mintiendo.

Porque aquí todos tenemos historias de mierda.

Y quizá por eso me gusta tanto hablar de ellas. Porque hay algo profundamente democrático en el aparato digestivo. Da igual cuánto dinero tengas, qué puesto ocupes, cuántos seguidores acumules o lo impecable que parezca tu vida en Instagram: llega un momento en el que tu cuerpo manda y tú obedeces. No hay traje, cargo ni etiqueta que valga.

Vivimos demasiado pendientes de parecer impecables. De decir lo correcto, vestir lo correcto, subir la foto correcta y construir una versión de nosotros mismos que parezca tenerlo todo bajo control. Y entonces aparece el intestino para recordarnos que, en realidad, seguimos siendo animales bastante sofisticados con necesidades muy básicas.

Quizá por eso estas historias, cuando se cuentan entre amigos, terminan siempre en carcajadas. Porque durante unos minutos desaparece la pose. Nadie es más importante que nadie. Solo somos personas contando alguna de las muchas veces en las que la vida nos puso en nuestro sitio.

Así que sí: he ido al baño en sitios donde probablemente no debería. He vivido situaciones que jamás pensé que acabarían escritas en un artículo y tengo un historial escatológico que prefiero no enseñar en según qué reuniones.

Pero no me avergüenzo.

Al fin y al cabo, todos tenemos una historia de mierda. Algunos todavía no la han contado.