La vida se va construyendo o desmoronando a través de pequeños retazos de infinitas historias personales que, entrelazadas unas con otras, como ramillete de cerezas, nos acompañan en nuestro camino sin retorno, semejante a Ulises con sus compañeros de viaje, en su regreso a Ítaca, en donde todos, tarde o temprano, fueron cayendo o desapareciendo para entrar en el olvido. Únicamente el héroe, por decisión de los dioses, consiguió llegar a su destino, después de múltiples avatares, y también gracias a su astucia, tan necesaria en el navegar de la existencia. Es la enorme enseñanza que nos regala desde hace más de 2.500 años la obra inmortal de Homero. Saber y saber navegar hacia la isla deseada, para conseguir el reencuentro con los seres queridos. Con la familia, que a la postre es el puerto en donde todos deseamos atracar, cobijarnos, y que nos cuiden o mimen.

La familia, en definitiva, es parte indeleble de nuestra intrahistoria, de los primeros recuerdos de la infancia, adolescencia, y de los primeros balbuceos vitales ante los retos permanentes que se nos han ido presentando en los primeros años de asunción de responsabilidades, de compromisos sociales, laborales y económicos con los compañeros y compañeras de viaje. En un Camino de Santiago semejante al descrito en la Odisea. Y sin darte cuenta apenas, con un chaparrón de años a tu espalda, ilusiones rotas, y otras no tanto, traiciones de aquellos en los que más se confiaba, ingratitudes por quienes nos desvelamos en su día, y también, por qué no, la satisfacción de haberte rozado y abrazado a seres entrañables que te enseñaron la dimensión inmensa del amor, sin moneda de cambio, de amistad indestructible, de valores diferenciales, inmanentes al alma humana en su más beatífica extensión. Que nos enseñaron el alcance infinito de la generosidad y de la compasión, y que fue un lujo, y todavía lo es, que sigan siendo parte inherente a nuestra familia, aunque tengan otros apellidos, compartiendo el goce de las pequeñas cosas, esencia de la partícula infinitesimal de la divinidad. De Dios.

Hay un poema escrito por Max Ehrmann, que hizo furor en los años setenta, en el movimiento hippie New Left, que ha marcado mi vida y mis valores, en la medida de mis posibilidades. «Desiderata», que comienza: «Camina pausadamente entre el ruido y la prisa, y piensa en la paz que se puede encontrar en el silencio…», y que al final de este reivindica la existencia de Dios, y aconseja abandonarse en sus dorados brazos, según recoge la Constitución americana, que considera un delito de desacato hacer ostentación pública del ateísmo o agnosticismo. De hecho, un ciudadano fue condenado penalmente por ello por parte de un tribunal.

El estoicismo es, para mí, una de esas muletas imprescindibles para poder afrontar dignamente las curvas, repechos, cuestas, rampas, accidentes que aparecen en el camino más o menos imprevisto, intentando que el pasado y el futuro no nos atenacen con su sentimiento irracional de miedo ancestral y sentimiento de culpa, tan arraigado en nuestra cultura judeocristiana. Aprendamos de los animales, que siempre viven el presente, y que, para ellos, tanto el pasado como el futuro no existen. El pasado porque es pasado, salvo lo que aprendimos con nuestros errores, y el futuro es una ilusión estéril, porque difícilmente se cumplen sus expectativas. En el término medio está la virtud. Al final lo que nos queda es la familia, los amigos y la gente que nos quiere y queremos.

Y respecto a la lamentable situación actual, traigo a referencia la sentencia del filósofo Edmund Burke, en el sentido de que, para que triunfe el mal, basta con que los hombres de buena fe no hagan nada. Paz y bien.