Era sábado diez de la mañana en la ciudad. Recogí a Edu en mi vespa en la plaza de Ramón y Cajal, frente al bar Lucas. La mañana era algo fresca así que me puse una chupa vaquera Levi´s color albero. Ya a esa hora, Córdoba relucía de sol y muchedumbre.

El plan era el siguiente: subir hasta un chalet de El Brillante a comprar y recoger una vespa Primavera de 1978 color blanco que Edu había apalabrado. Una pequeña aventura, una pequeña conquista. Recorrimos avenidas, bordeamos parques, nos saltamos un par de semáforos en ámbar, saludamos a las muchachas con vestidos de entretiempo y «zapas» de marca desde lo alto de la scooter italiana, nos reímos y comentamos un par de pelis favoritas de Kung-fu.

Después de recorrer un laberinto de calles -cuesta arriba, cuesta abajo- llegamos al lugar acordado con el tipo vendedor con el que la transacción estaba casi hecha. Un tipo hablador y simpático. Tras las diligencias pertinentes nos montamos ya cada uno en nuestras cabalgaduras metálicas italianas: él en su reluciente y recién adquirida Primavera del 78, yo en mi PK del 83.

Aquella mañana de paseos en vespas, enarbolando algo parecido a una bandera contra la vida moderna, ninguno de los dos llevaba en la carrocería de las vespas una pegatina arco iris LGTBi+no-sé-qué-más, ni tampoco de la Unión Europea. Cuestión de estética, imagino. Más parecíamos dos galanes algo canallas de buen corazón y como de otra época probablemente mucho más divertida. Que todo hay que decirlo.

Aquella mañana no fuimos a clase de bachata -hicimos pellas- en un taller inclusivo porque para qué. Tampoco nos acercamos a ninguna acampada zurda donde congeniar con la epidemia del buenrrollismo posmoderno vacuo. Ni fuimos a un estudio de tatuaje a hacernos un piercing. Por no hablar de a una clínica de estética unisex donde hacernos las cejas y tal vez una rápida liposucción.

Qué va. Tras aparcar las vespas nos fuimos a un bar. El bar Lucas es la metafísica del no-lugar, el espacio donde nada tiene por qué cambiar. Allí no venden noodles al estilo de Taipei, ni hay cerveza sin gluten, ni tazas de café ecológico con dibujo cursi a base de espuma sobre su superficie a cuatro pavos la unidad, ni hamburguesas veganas, ni ramen japonés. La barra sigue siendo de aluminio, sirven perritos con una salsa secreta cuyos ingredientes nadie conoce y la cerveza se sirve en tubos de cristal. Y sentados en los taburetes altos Edu y yo hablamos sobre lo divino y lo humano: de música, de literatura de bolsillo, de nuestras vespas, o de «La emoción del espanto», nuestro programa favorito de Youtube.

El bar Lucas es un lugar tan bueno como cualquier otro para aguardar pacientemente y refugiarse de la próxima guerra termo-nuclear que quizás merezcamos, mientras devoramos perritos con mostaza y trasegamos tubos de cerveza. Y guerra que, por otra parte, está más cerca.