firma invitadaJosé J. Albert

Las virtudes del uniforme

«El soldado aprende muy pronto algo que nuestra cultura individualista corre el riesgo de olvidar: no todo gira alrededor de uno mismo»

Hay palabras que nuestra época pronuncia con cierta incomodidad: disciplina, autoridad, obediencia, sacrificio, honor, deber. No porque hayan perdido su valor, sino quizá porque hemos dejado de comprenderlas. En una sociedad que habla constantemente de derechos —con razón—, resulta menos frecuente escuchar hablar de deberes. Y, sin embargo, ninguna comunidad política puede sostenerse únicamente sobre la reivindicación de aquello que se nos debe. También necesita personas dispuestas a preguntarse qué deben ellas a los demás. Pocas instituciones recuerdan esto de manera tan visible como el Ejército.

En una democracia, las Fuerzas Armadas no constituyen un poder situado al margen de la sociedad civil. Precisamente ocurre lo contrario: están sometidas al orden constitucional y reciben de él su legitimidad y su misión. El uniforme no coloca a quien lo viste por encima del ciudadano; le impone deberes adicionales. Ahí reside una de las paradojas más interesantes de la vida militar: quien recibe autoridad aprende, al mismo tiempo, que esa autoridad sólo encuentra justificación en el servicio.

Alexandre Havard ha construido buena parte de su reflexión sobre el liderazgo alrededor de una idea particularmente fecunda: el liderazgo auténtico nace de la unión entre magnanimidad y humildad. La primera impulsa a aspirar a cosas grandes; la segunda orienta esa grandeza hacia el servicio. Para Havard, el liderazgo no consiste fundamentalmente en ocupar una posición, sino en desarrollar el propio carácter y contribuir a desarrollar la grandeza de los demás. Junto a esas dos virtudes sitúa la prudencia, la justicia, la fortaleza y el dominio de uno mismo. Resulta difícil encontrar una descripción más apropiada del ideal que debería inspirar la profesión militar.

El soldado aprende muy pronto algo que nuestra cultura individualista corre el riesgo de olvidar: no todo gira alrededor de uno mismo. Existe una misión, existen unos compañeros y existe una comunidad a la que servir. Cumplir con el deber cuando apetece hacerlo tiene poco mérito. La virtud comienza precisamente cuando el deber permanece y las ganas desaparecen.

Por eso la disciplina militar posee un significado que trasciende la simple obediencia. Es también una pedagogía del carácter. Enseña puntualidad, constancia, resistencia ante la dificultad y dominio de las propias inclinaciones. Enseña a cumplir la palabra dada. Enseña que formar parte de una comunidad significa aceptar responsabilidades que no desaparecen cuando resultan incómodas.

También enseña compañerismo. Pocas imágenes expresan mejor la solidaridad que aquella en la que nadie abandona a quien marcha a su lado. En la vida militar, el compañero deja de ser una abstracción. Tiene nombre y rostro. Su seguridad puede depender de nuestra competencia, nuestra serenidad o nuestro valor. De ahí nace una fraternidad que no se construye mediante discursos, sino compartiendo esfuerzo, cansancio, incertidumbre y responsabilidad.

Pero quizá la virtud militar más incomprendida sea la fortaleza. Ser fuerte no significa carecer de miedo. Significa ser capaz de actuar correctamente a pesar de él. Havard incluye precisamente el coraje entre las virtudes fundamentales del liderazgo: es lo que permite mantenerse firme ante las dificultades y las presiones.

Y junto al valor aparece necesariamente la prudencia. El buen militar no es quien actúa temerariamente, sino quien sabe discernir. Cuanto mayor es la responsabilidad y más graves pueden ser las consecuencias de una decisión, mayor necesidad existe de juicio, templanza y dominio de sí. La fuerza sin prudencia degenera en brutalidad; la autoridad sin justicia, en arbitrariedad; el valor sin una causa justa, en simple temeridad.

Esta concepción resulta especialmente importante en una democracia. Las virtudes militares no deben confundirse con el militarismo. Admirar el valor, la disciplina o el espíritu de sacrificio de quienes sirven en las Fuerzas Armadas no supone desear una sociedad militarizada. Del mismo modo que reconocer la vocación del médico no significa querer convertir la sociedad en un hospital, reconocer las virtudes propias de la profesión militar significa comprender qué puede aprender de ellas la comunidad política.

Porque una democracia necesita ciudadanos libres, pero la libertad requiere carácter. Necesita personas capaces de gobernarse a sí mismas para no tener que ser permanentemente gobernadas desde fuera. Necesita ciudadanos que sepan deliberar, pero también comprometerse; reclamar derechos, pero también asumir deberes; buscar su realización personal, pero sin olvidar que pertenecen a una comunidad.

Aquí adquiere todo su sentido la fórmula de Havard: grandeza y servicio. La magnanimidad eleva la mirada hacia aquello que merece la pena; la humildad recuerda que esa grandeza no existe para engrandecer el propio ego, sino para ponerse al servicio de otros. Havard resume precisamente la humildad como el hábito de servir y entiende que el liderazgo consiste menos en exhibir poder que en ayudar a los demás a desarrollar sus propias capacidades. Hay algo profundamente democrático en esa idea de autoridad.

Quien manda no recibe un privilegio, sino una responsabilidad mayor. Quien tiene más capacidad debe prestar más servicio. Quien ocupa el primer puesto acepta también ser el primero en responder cuando algo sale mal. Ésa es una concepción de la autoridad que nuestras instituciones civiles harían bien en no olvidar.

Naturalmente, las Fuerzas Armadas están compuestas por seres humanos y, como cualquier institución humana, pueden equivocarse y deben estar sometidas a la ley, al control democrático y a la exigencia de responsabilidad. Precisamente por eso importa distinguir entre las imperfecciones de las instituciones y los ideales que justifican su existencia.

Tal vez necesitemos volver a pronunciar sin complejos algunas palabras antiguas. Honor. Lealtad. Disciplina. Fortaleza. Prudencia. Servicio. No pertenecen exclusivamente a los cuarteles ni son reliquias de otro tiempo. Son virtudes humanas y, por ello mismo, virtudes cívicas. Una democracia no se fortalece cuando prescinde de ellas, sino cuando consigue incorporarlas a una cultura de libertad y responsabilidad.

En tiempos acostumbrados a preguntar qué puede ofrecernos la sociedad, el militar conserva una pregunta mucho más antigua: ¿qué puedo hacer yo por aquellos a quienes debo servir?

Quizá sea ésa una de las mayores virtudes del uniforme: recordarnos que hay ocasiones en las que servir no disminuye al hombre, sino que lo engrandece.

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