Hablaba el otro día con un directivo de una empresa olivarera de Córdoba y se lamentaba de que las buenas perspectivas de la campaña del olivar se pueden ir al traste, entre otras cuestiones, por el enorme problema de mano de obra que sufre el campo. Si habla usted con un promotor, constructor o dueño de una pequeña empresa de reformas le dirá que no tiene albañiles. Y si se pasa por el taller donde arregla el coche es muy posible que le diga el dueño que cuando se jubile cerrará porque no hay mecánicos. Tenemos un problema de mano de obra tremendo.

Esa carencia de trabajadores sólo se está solucionando actualmente gracias al importante contingente de inmigrantes que vive en el país. Mire usted a su alrededor, vaya al bar, pida comida a domicilio o acuda a los tajos ahora que se están vareando los olivos y recogiendo las naranjas.

Si es usted ingenuo o malpensado puede pensar que los españoles no trabajan porque les quitan el empleo los inmigrantes. Si opina así dirá que soy un rojo irredento colaboracionista. Si rasca usted un poquito esa realidad verá que la carencia de mano de obra tiene razones bastante más profundas. Se basa en los bajos sueldos y el alto coste de la vida; en que los trabajos son duros y nuestra sociedad se ha acomodado o en que nuestros hijos no quieren vivir para trabajar y sí trabajar para vivir. Todo ello es cierto.

Hay también otra razón importante, que radica en que estamos generando una sociedad en la que la subvención y la ayuda están comiéndole el terreno al esfuerzo y el trabajo. Si es usted un idealista o un utópico dirá que soy un facha insolidario carente de corazón. Pero si, como antes, se para usted a pensarlo igual convenimos en que escuchar a un Gobierno, sea nacional o autonómico, felicitarse porque el ingreso mínimo vital llega a más personas es constatar el fracaso de unas políticas que lo que deben desarrollar es el empleo, la formación y la mejora personal y no el asistencialismo.

Mirar al Estado como un ente que siempre va a estar ahí poniendo la paga hagamos lo que hagamos no sirve más que para empobrecer a un país. El asistencialismo nunca podrá ser la salida hacia el crecimiento porque llegará un momento en el que o se acaba la hucha o se acaba el Estado. No son pocos los ejemplos de estados fallidos por culpa de una mal entendida política social.

El objetivo debe estar en ofrecer oportunidades, mantener el camino iniciado con una formación profesional adecuada a la demanda, reformar un sistema universitario que aún vive bajo códigos del pasado y recuperar la cultura del esfuerzo. Junto a ello hay que exigir remuneraciones dignas, horarios adecuados, posibilidad de acceder al ascensor social. Promover la búsqueda de empleo y dejar de hacer trampas al solitario.

Llámeme usted utópico, llámeme usted fascista. Llámeme lo que quiera, pero lo que está claro es que en el camino por el que vamos nos daremos de bruces contra el muro. Lo demás es demagogia y campaña barata.