El caballero de Bamberg
«La distorsión puede que no solo haya desaparecido sino que incluso se haya acrecentado en la forma de sentimientos superficiales o de un emocionalismo espiritualista incapaz de ordenar sentimientos, afectos y pasiones al servicio de la verdad y la justicia»
No hace mucho – en los últimos meses – se ha publicado un texto inédito de Benedicto XVI. Realmente el texto fue entregado por Benedicto XVI al teólogo italiano Livio Melina en enero de 2020 y ha visto la luz en octubre de 2025. Como no podría haber sido de otra manera, la reflexión de Benedicto XVI conserva la lucidez de siempre así como la valentía y la pertinencia de afrontar una de las sempiternas dudas con las que la Teología ha tenido que enfrentarse permanentemente: «El cristianismo no habría sido capaz de conducir al hombre hacia lo alto, sino que con sus pretensiones irrealistas en el fondo lo habría destruido».
Constatado el reto, Benedicto XVI propone como punto de partida la formulación de todo un interrogante: ¿Cuál es concretamente para el cristiano la imagen del hombre? Lo curioso es que en su respuesta no parte de una mera elucubración sino que nos remite a un recuerdo que ha tenido junto a él toda su vida. En concreto se trata de una estampa de recordatorio de un compañero suyo de estudios que murió a causa de un ataque al corazón un año antes de la ordenación sacerdotal y que Joseph Ratzinger-Benedicto XVI siempre guardó en su «viejo misal». En el dorso están escritas unas palabras tomadas de una de las cartas de este compañero: «en el atril que tengo delante está la imagen del caballero de Bamberg». El condiscípulo y el mismo joven seminarista Ratzinger siempre vieron en esta figura del alto Medioevo de clásica belleza y dignidad que se encuentra en la catedral de Bamberg la expresión de la imagen cristiana del hombre. No hay una plena seguridad pero lo más probable es que la imagen del caballero de Bamberg sea una representación de Cristo mismo a quien el Apocalipsis retrata sobre un caballo blanco siendo el jinete aquel que es «Fiel y Veraz porque juzga y combate con justicia» y cuyo nombre es «Palabra de Dios» (Ap 19, 11-13).
Por lo que se supone de su confesión se ve que tanto para el joven seminarista, ya cercano a la Ordenación, como para el Sumo Pontífice «[…] en el caballero se trasluce una imagen de dignidad y pureza humana que no puede no impresionar». El caballero de Bamberg es para la «imaginación moral» del anciano teólogo «la imagen de un hombre que ha vencido en sí mismo las fuerzas del mal y que sin afectación está preparado para batirse por el bien»; una imagen en la que «se ve qué significa ser hecho a imagen de Dios». Además de que la imagen, como él mismo deja ver en el texto, recoge el ideal sacerdotal del joven Ratzinger.
Tal y como reconoce en el texto «el entusiasmo por este caballero desconocido se basaba también en el contraste que reconocíamos entre esa imagen y el ‘san Luis de yeso’ u otras figuras kitsch que nos presentaban por oficio como ejemplares». La valoración por parte de Benedicto XVI no puede ser más clara: «Las figuras de yeso, muy difundidas entre los siglos XIX y XX, representaban para nosotros una forma repugnante de piedad y del hombre en general». La cuestión es que la distorsión puede que no solo haya desaparecido sino que incluso se haya acrecentado en la forma de sentimientos superficiales o de un emocionalismo espiritualista incapaz de ordenar sentimientos, afectos y pasiones al servicio de la verdad y la justicia.
A la luz de este contraste entendió nítidamente que el cristiano de antaño y de hogaño «no debía vivir una existencia mezquina, timorata, que se cerrara al mundo, sino estar abiertamente en medio del drama del propio tiempo para reconducir de este modo el mundo a Cristo». Lo cual, tal y como continúa su reflexión, no conduce a una estandarización sino que como enseñaba San Francisco de Sales «no existe la imagen cristiana del hombre, sino muchas posibilidades y caminos en los que se presenta la imagen del hombre: desde Pedro a Pablo, desde Francisco a Tomás de Aquino, desde el hermano Corrado al cardenal Newman, y así con otros».
¡Brindemos, pues, porque todavía apareciesen otros inéditos!