No era Lunes Santo pero, como ocurre en esa cita anual, el gentío se congregaba en las inmediaciones de San Antonio de Padua. De forma similar, por la mañana y siguiendo la costumbre del día de la estación de penitencia, no faltó el rezo del ángelus.

Antes de las cuatro de la tarde, devotos, cofrades, medios de comunicación, autoridades…, se daban cita con el fin de no perderse una efeméride tan especial. Todos los días no se cumplen cincuenta años y era la oportunidad perfecta para felicitar a una Madre, para darle las gracias por tantos favores recibidos, para rezarle y para verla pasear por su entorno más inmediato, las calles de su barrio; mejor dicho, de sus barrios, porque la Merced puede presumir de tener dos barrios, el Zumbacón y Edisol, que la abrazan conjuntamente.

Con enorme interés aguardaba el público congregado, con el mismo que se aguarda un día irrepetible, con la inquietud de quien se llena de curiosidad y ansía el momento de descubrir un detalle ornamental, de cruzar una mirada con la Virgen y de encontrar una belleza que trasciende al plano espiritual. Y así apareció Ella. Resplandeciente. Con mirada compasiva, mostrándose al pueblo cordobés como una Madre cercana y protectora.

No se cumplió lo previsto. El agua se recibe siempre como un regalo pero pesó como una losa en un día que aparentaba ser radiante. Pese a todo, Nuestra Madre y Señora Santa María de la Merced recibió el broche con la réplica del escudo de la ciudad. No pudo ser en el ayuntamiento pero sí con el pueblo de Córdoba como testigo en el cancel de su sede.

Habiendo recibido tan insigne distinción, con su broche prendido y arropada por una multitud de personas, fue visitando las vías más próximas. Único fue el encuentro con sus vecinos más queridos que esperaban en su casa de la Cruz Blanca. Y junto a este momento, de gran emotividad se podría hablar al entrar a la calle San Acisclo desde Sagunto. Las características del lugar, que proyecta la fuerza del recogimiento, engalanado con enorme cariño por los jóvenes mercedarios y donde hubo instantes para la música o para recibir una ofrenda en forma de pétalos de flor, reunía todos los ingredientes para emocionarse.

La Hermandad se puede sentir orgullosa por lo vivido durante la tarde y no por lo que se pudo vivir pero no pudo ser. Lo bueno, si breve, dos veces bueno.

Quién sabe si habrá una nueva salida extraordinaria de la Virgen Mercedaria. Quién sabe si se emprenderá un camino aún más ilusionante que el recorrido hasta ahora. Ya se vislumbran los senderos por los que transitar para que la Iglesia premie la historia de su devoción, los frutos espirituales y, sobre todo, el amor que el pueblo cordobés le profesa. Esa salida sería el sueño de una coronación que todo apunta a que pueda verse cumplido en un futuro no muy lejano.