La Universidad nació, entre otras cosas, para hacer posible una experiencia intelectual extraordinariamente exigente: someter nuestras convicciones a la prueba de la razón. En sus aulas no debería importar tanto qué pensamos como si somos capaces de explicar por qué lo pensamos, escuchar las razones contrarias y aceptar incluso la incómoda posibilidad de estar equivocados. Por eso, pocas cosas resultan más contrarias al espíritu universitario que convertir determinadas ideas en dogmas sustraídos a la discusión, la razón o la argumentación.

Jean-François Braunstein plantea en La religión woke una tesis deliberadamente provocadora: el wokismo sería la primera «religión» nacida propiamente en las universidades contemporáneas. No emplea el término religión en su sentido teológico tradicional, sino para describir un sistema dotado, según él, de dogmas, textos canónicos, ritos, categorías de puros e impuros y mecanismos de excomunión. Su paradoja resulta sugerente: una institución que durante siglos fue adquiriendo autonomía frente al dogma habría terminado produciendo sus propios dogmas.

El problema no está, naturalmente, en que la Universidad estudie el género, la raza, el colonialismo, la discriminación o las identidades. Debe hacerlo. Son realidades humanas y sociales que merecen investigación rigurosa. Tampoco puede negarse que la incorporación de nuevas perspectivas ha permitido descubrir injusticias, prejuicios y silencios que durante demasiado tiempo permanecieron inadvertidos. Una Universidad que excluyera estas cuestiones traicionaría igualmente su misión.

La cuestión aparece cuando el objeto de estudio deja de ser susceptible de discusión y una determinada interpretación adquiere la condición de presupuesto moral obligatorio. Braunstein denuncia precisamente la proliferación de unos «estudios» —de género, raza, interseccionalidad, poscolonialismo, etc.— en los que, a su juicio, determinadas conclusiones estarían incorporadas de antemano a la propia disciplina. La investigación dejaría entonces de comenzar con una pregunta para comenzar con una respuesta.

Y aquí está la frontera que la Universidad nunca debería atravesar. Una cosa es estudiar críticamente el racismo y otra establecer qué debe pensar el alumno acerca de sus causas. Una cosa es investigar las teorías contemporáneas sobre sexo y género y otra considerar ilegítima cualquier discrepancia respecto de una determinada concepción. Una cosa es explicar la historia colonial europea y otra convertir su interpretación en un juicio moral del que solamente cabe disentir pagando un precio académico o social.

La Universidad vive de una palabra hoy peligrosamente depreciada: discusión. Discutir no significa ofender. Tampoco discriminar. Significa presentar argumentos, aportar pruebas, descubrir contradicciones y permitir que otro haga exactamente lo mismo con nosotros. Una comunidad académica comienza a enfermar cuando algunos argumentos no se responden, sino que se descalifican mediante etiquetas. Si ante una objeción la respuesta deja de ser «eso es falso por estas razones» y pasa a ser «usted no puede decir eso», hemos abandonado parcialmente el terreno universitario.

Braunstein habla, en este sentido, del «blanqueamiento de las ideas»: determinadas posiciones militantes adquirirían prestigio científico al pasar por la Universidad y regresar después a la sociedad revestidas de autoridad académica. Es una advertencia que merece atención, aunque no sea necesario aceptar todas las conclusiones del autor. Un título universitario no convierte una opinión en verdadera, como tampoco la publicación de un artículo académico hace infalible una teoría. La ciencia progresa precisamente porque ninguna autoridad posee la última palabra.

Hay además un fenómeno particularmente preocupante: la progresiva confusión entre protección y sobreprotección. La Universidad tiene la obligación de garantizar que nadie sea humillado, acosado o discriminado. Pero de ahí no se sigue que deba garantizar que nadie se sienta intelectualmente incómodo. La incomodidad forma parte de la experiencia universitaria. Leer a quien contradice nuestras convicciones, escuchar argumentos que nos irritan y descubrir hechos que desordenan nuestra visión del mundo no son agresiones: son algunas de las formas mediante las cuales aprendemos.

El gran peligro del wokismo universitario no reside, por tanto, en defender unas causas determinadas. Muchas de ellas pueden responder a legítimas aspiraciones de justicia. El problema comienza cuando la causa sustituye al método; cuando la sensibilidad reemplaza al argumento; cuando determinadas palabras se prohíben antes de preguntarnos si las afirmaciones son verdaderas; cuando el profesor teme formular una pregunta y el alumno aprende que existen respuestas moralmente obligatorias.

Sería, además, un error combatir un dogmatismo mediante otro. La crítica al wokismo tampoco puede convertirse en excusa para despreciar cualquier reivindicación feminista, antirracista o de las minorías, ni para impedir que estas perspectivas tengan presencia universitaria. Eso reproduciría exactamente el defecto que se pretende combatir. La respuesta universitaria al dogma no es otro dogma, sino más Universidad.

Porque la misión del profesor no consiste en fabricar discípulos ideológicos. Consiste en formar personas capaces de pensar sin tutela. Y la grandeza de una Facultad no debería medirse por la unanimidad de quienes la integran, sino por su capacidad para albergar desacuerdos profundos sin expulsar intelectual o moralmente al discrepante.