Venite ad me es el título del recientísimo documento – tan reciente como que ha salido a la luz este pasado 22 de octubre – del Dicasterio para la Doctrina de la Fe con el que se pretenden ofrecer una serie de «consideraciones» sobre la transmisión de la fe en este «cambio de época» en el que estamos plenamente inmersos. Lo del «cambio de época» – a decir del documento - implica, nada más y menos, toda una «reescritura de la condiciones fundamentales de la existencia humana». Retomando los planteamientos de Evangelii gaudium se nos recuerda que «el proceso de secularización tiende a reducir la fe y la Iglesia al ámbito de lo privado y lo íntimo» además de que «la negación de la trascendencia» ha producido «una creciente deformación ética, un debilitamiento del sentido del pecado personal y social y un progresivo aumento del relativismo».

El documento no es agorero; de ahí que nos invite a tener muy en cuenta «el número creciente de conversiones y retorno a la Iglesia, sobre todo por parte jóvenes y adultos jóvenes» aun en las zonas más secularizadas de Europa y América. Si bien, como acto seguido se propone, «se observa una dificultad paralela en la perseverancia de los neófitos, quienes a menudo, poco tiempo después de recibir el bautismo, vuelven a un estado de indiferencia práctica».

A mi modo de ver son dos las claves que el documento – ciertamente novedoso como él mismo advierte al proponer unas «consideraciones» abiertas – quiere inspirar de un modo especial. La primera es que «la fuerza más auténtica de la misión evangelizadora» es la «atracción». Tal y como se puede leer, «la Iglesia no hace proselitismo» sino que «crece mucho más por ‘atracción’»: «Como Cristo atrae a todos a sí». La segunda de las inspiraciones – retomando la enseñanza del Concilio Vaticano II – es que «la fe no se transmite, en primer lugar, como un conjunto de contenidos doctrinales o de información religiosa, sino como una forma de vida eclesial en la que el creyente se va introduciendo progresivamente».

He dejado para el final la indicación de la que en sí es la principal novedad de este documento del Dicasterio para la Doctrina de la Fe. Se trata del capítulo VIII en el que se recogen una serie de testimonios de «quienes han descubierto o redescubierto – ya sea en su juventud o en la edad adulta – al Señor Jesús y su Evangelio». Aunque el dato biográfico y testimonial que más ha llamado mi atención no se encuentra en ese capítulo. Se trata de la referencia que se hace al controvertido jesuita francés Aimé Duval (Es el compositor de la archiconocida y versionada «De la mano») y al testimonio que ofrece sobre el lugar que su familia ocupó en su despertar a la fe. Duval reconoce que lo que más le emociona es «el recuerdo de la actitud de su padre». El relato es el siguiente: «Él, que siempre estaba cansado por sus labores en el campo o en el transporte de los bueyes, él, que mostraba sin vergüenza que estaba cansado al volver del trabajo, he aquí que, después de cenar, se arrodillaba, con los codos apoyados en el asiento de una silla, la frente entre las manos, sin mirar en absoluto a sus hijos a su alrededor, sin moverse, sin toser, sin perder la paciencia». Duval confiesa sus pensamientos ante esta estampa: -«Mi padre, que es tan fuerte, que manda en la casa y sobre dos grandes bueyes, que se muestra orgulloso ante los reveses de la suerte y tan poco tímido ante el alcalde, los ricos y los malvados, he aquí que se hace tan pequeño ante el buen Dios. De verdad que hablar con Dios lo cambia. De verdad, el buen Dios debe ser alguien muy grande si mi padre se arrodilla ante él, pero también alguien muy cercano si se le puede hablar con la ropa de trabajo».

Leído esto, al final uno no puede sino preguntarse: -¿Quedarán todavía de estos «padres»?