La primera vez que me llamaron facha era un día tibio, precioso y otoñal, de esos que esta ciudad regala, y salía de El Jamón de hacer la compra cada vez más minimalista e inflacionaria de productos básicos, véase: una lechuga, un paquete de ocho latas de atún -dos, al parecer, de regalo-, un cartón de caldo de pollo marca blanca, fideos cabello de ángel, dos tomates pera, macarrones, una botella de vino tinto peleón y una barra de pan. Lo suficiente para que un tipo del siglo XXI con telarañas en los bolsillos pudiese sobrevivir dos o tres días. Y sucedió. Fue en la cola del cajero, a la hora de pagar. Como uno algunas veces tiene entrañas en la elegancia, se me ocurrió ceder mi puesto a una linda y hasta entonces vivaracha muchacha que estaba justo detrás mía y que solo llevaba una lata de bebida energética de nombre impronunciable. Le invité, pues, a pasar antes que yo y me espetó con agria mirada: «nada de eso, tío, no voy a pasar, eso está demodé y es de fachas».

La segunda vez ocurrió pocas semanas después. Andaba yo de paseo por la Judería cordobesa -camino de Bodegas Guzmán, que todo hay que decirlo- con la alegría que solo tienen los viernes al mediodía, cuando al torcer la esquina de calle Judíos algo me golpeó en toda la testa: era un palitroque de esos extensibles que se acoplan a los móviles para hacer fotos con perspectiva y parecer imbécil -o imbécila- de una vez por todas. Así que frotándome la cabeza, le dije amablemente y con media sonrisa a la señora propietaria de tal artefacto que tuviera cuidado antes de sacarle un ojo a cualquier otro transeúnte. Al mismo tiempo que se le mudaba el rostro a algo parecido a una máscara veneciana demoníaca surgida del averno me dijo: «eres un machirulo y un facha sin sentimientos». No, otra vez no, tío.

La tercera vez ocurrió la semana pasada. Fue en la puerta de una academia de clases de yoga de público mayoritariamente femenino. Pasaba yo por delante de tal lugar camino de mandados matutinos, cuando salieron en tromba tres o cuatro muchachas y otras no tanto, ataviadas con leggings deportivos y calentadores ajustados al tobillo, cuando, para hacerme notar y poder pasar entre aquel grupo de coristas, dije: «perdona, guapa, voy a pasar». Para qué, en qué momento dije aquello. Tres o cuatro cabezas del sexo rival giraron hacia donde yo estaba, en un movimiento imposible y fugaz de cuello antes de lanzarme toda clase de invectivas: «¿Qué has dicho?». Fue entonces cuando empezaron a temblarme las piernas, cayendo en la cuenta de que solo quedaba una opción: huir a la desesperada. Pero el pánico me tenía inmovilizado, así que fui blanco de toda clase de reproches y acusaciones: «¡Machista!» «¿Pero tú qué te has creído, facha?» «¡Misógino!», «¡Sexista!», «¡Hemos de acabar con el heteropatriarcado!», «¡Androcéntrico!». Poco a poco fui reculando hasta la esquina y fue allí donde esprinté a costa de mis castigadas rótulas, antes de sumergirme en la más honda de las melancolías.

La última fue en un taller de gestión emocional. Sí, vale. ¿Qué hacía yo allí? Iba a recoger a un colega que recibía clases de pintura no sexista -ya, lo sé- en un centro cívico para ir después a tomar unas cañas, cuando me equivoqué de puerta y entré en la habitación donde impartían dicho taller de gestión emocional. Allí solo había mujeres y, con perdón, he de confesar que algunas de muy buen ver. Así que ni corto ni perezoso, salió por mi boca un sonido espontáneo y gutural, apenas perceptible, muy bajito, dicho a mí mismo, que venía a decir: «Vaya bellezones…». Y se desató la tormenta. Antes de que me diera tiempo a cerrar la puerta y pidiera disculpas por mi intromisión, siete u ocho pares de ojos femeninos se clavaron sobre mí como agujas en un muñeco vudú. Consciente de la que se avecinaba volvió a salir de mi garganta un oh-oh, y corrí escaleras abajo como un poseso mientras las alumnas emocionales salieron de su aula y comenzaron a lanzarme borradores de pizarra, macetas de flores artificiales, ropa de gimnasia, pasadores del pelo, cartones duros de tabaco rubio Nobel.

Vale, ahora ya sé que soy un facha, o un «facho». Y he de reconocer que de chico leí el cómic gamberro y satírico «Martínez el Facha». Y que estudié en un colegio de curas. También que tengo por costumbre dejar pasar antes a las señoritas y señoras al entrar en cualquier sitio. Incluso que, hace ya demasiado tiempo, invité a mis exnovias a cenar en el Bocadi o incluso a comer casquería en la taberna El Abuelo. Poco más. ¿Que me deparará el destino de aquí en adelante, oh Señor? Son tiempos turbulentos y confusos estos en que vivimos. Y más para un facha como yo.