Decía el psicólogo y ensayista suizo Carl Gustav Jung que el único peligro real que existe es el hombre mismo. La maldad, la incompetencia, la envidia y la desidia, entre otras muchas, son características humanas que definen a algunas personas, las cuales constituyen un auténtico peligro para la sociedad.

Llevamos demasiado tiempo dirigidos por una legión de irresponsables que se han especializado en culpar a los demás de los desastres que su incompetencia y su sectarismo están provocando en el cuerpo social de una nación comprometida y amante de la convivencia, el entendimiento y la solidaridad. Una vez más en Urda, como antes ocurrió en Adamuz o en Paiporta, los españoles de bien, que son la mayoría, han dado ejemplo a tantos amantes del frentismo y de los muros de cómo se comporta un pueblo solidario que ellos están empeñados en colocar al borde del precipicio de la lucha fraticida. Y una vez más han soportado la falta de escrúpulos de unos gobernantes que no asumen ninguna responsabilidad política.

Después de ocho años de Gobierno, hay que estar muy ciego o ser tan sectario como ellos para dar un mínimo apoyo a quienes se han empeñado, para tapar su incompetencia y mantener el poder, en enfrentar a media España con la otra media. Porque no se trata de derechas ni de izquierdas, se trata de un Gobierno incapaz de mantener el orden y actuar con eficacia frente a la violencia que ha provocado una falla general del Estado: se incendian las calles, se produce un apagón general, se ocupan los espacios públicos, se asalta la propiedad privada, se roba en los comercios, se provoca a los particulares, se agrede impunemente a la ciudadanía, se queman vehículos y contenedores, se deja indefensa a una ciudad invadida, abandonando a su suerte a sus habitantes,… Y aún peor, ante desgracias por su negligente gestión, miran para otro lado, dicen que pidan ayuda si la necesitan, no asumen su responsabilidad y pretenden cargar las culpas en simples operarios.

La falta de pudor, la ausencia de principios y la forma altanera de gobernar es patente en todos los órdenes: La Unión Europea ya ha advertido a España de que le aplicara medidas coercitivas por incumplir su obligación de incorporar a la legislación propia las directivas europeas, convirtiéndose en el país más incumplidor de la UE. Prisionero de quienes le sostienen ha sido incapaz de repudiar a Bildu por no condenar el «gora ETA» de los altercados de Bilbao. El Consulado de Buenos Aires ya ha certificado que no hay ni un solo nieto del censo de no residentes que hubiera acreditado ser descendiente de exiliado, confirmando que sólo un 0,3 % de los acogidos a la «ley de nietos» cumplen los requisitos legales. Las dimisiones en delegaciones del Gobierno y en los responsables de Exteriores ponen de manifiesto el espíritu tramposo e indecente de un Ejecutivo de sectarios y oportunistas sólo interesados en mantener su puesto a costa de lo que sea.

Un pueblo como el español, que prueba diariamente su afán por convivir pacíficamente, no puede estar en manos de unos desaprensivos que están jugando con la paz social a base de acusar de extremistas a quienes en realidad son victimas de la intolerancia de los amigos del Gobierno. La reciente tragedia ferroviaria confirma la falta de profesionalidad de quienes nos dirigen. Se han cargado el prestigio internacional de la alta tecnología ferroviaria española, incumpliendo durante ocho años los planes contra la obsolescencia viaria. No ha sido un error humano el causante de la tragedia sino la irresponsabilidad de un Gobierno que ha incumplido el plan de mantenimiento y seguridad que fue licitado y adjudicado en el año 2021 y que debía de haber concluido en enero de 2026. Un déficit acumulado en mantenimiento de 3.600 millones de euros, y una chapuza, pese a disponer de 160.000 millones de fondos europeos, que ha provocado dos accidentes en nueve meses, con más de un centenar de muertos, la mayor parte de ellos andaluces.

Visionar estos días las entrevistas del líder del populismo español en sus medios afines causa sonrojo para las personas normales a quienes le repugnan las frivolidades de quienes administran el dinero de todos. Menos bailongos y besuqueos públicos adobados con lenguaje soez y más seriedad y respeto al ciudadano medio y a su privacidad. Si la «revuelta» consiste en prostituir la palabra y el concepto del amor, ponerse camisetas y dar cabida a las múltiples formas de la chabacaneria, se explica la afición de algunos por los prostibulos y los bajo fondos.

Es un escándalo la invasión de la televisión pública por parte del sanchismo, con una programación al servicio exclusivo de su voluntad totalitaria y una legión de bien pagados ayunos de objetividad y vergüenza. Las desgracias, como las del desastre ferroviario, ocurren cuando en las corporaciones públicas se colocan enchufados incompetentes, se marginan a técnicos y profesionales solventes y se compran voceros que tapen y justifiquen sus fechorías.

Ese empeño por hablar de «la gente» pone de manifiesto que el sanchismo trata a las personas como masa, muchedumbre o multitud, lejos de la concepción democrática de la persona, que define a los individuos como seres con identidad propia. Cuando un Gobierno trata a las personas como masas manipuladas termina corrompiéndose. Y con la corrupción subsiguiente, deteriora los servicios públicos, facilitado todo ello por la falta de unos presupuestos que le permiten disponer del dinero a su antojo, sin el control parlamentario pertinente. Eso solo es tolerable en las dictaduras, que es en el fondo la vocación de quienes nunca asumen responsabilidades políticas.

Las personas, como seres dotados de razón y conscientes de su propia identidad, deben dar a quienes les ningunean el desprecio que merecen por su insolente forma de conducirse. Ante la desverguenza de quienes gobiernan despóticamente, procede que contesten a unas preguntas elementales: ¿Donde está el dinero de los fondos europeos destinados al cambio y mejora de la seguridad de la red ferroviaria? ¿Qué han hecho con el dinero de los contribuyentes asfixiados por una presión fiscal insoportable? ¿Lo han destinado a comprar votos y a fomentar el mal gusto y la vagancia?.

Cuando llevamos casi cuatro años sin presupuestos es lógico que todo sean sospechoso ante un Gobierno que no rinde cuentas. Llevaba razón el psicoanalista suizo: el mayor peligro para la humanidad es depender de seres irresponsables, tendenciosos y sectarios. Por ello, aquí y ahora, la dignidad ciudadana aspira a un cambio político con dos principios básicos: que España funcione y que los españoles convivan civilizadamente.

De la voluntad soberana de los españoles depende no dejar el país en manos de individuos peligrosos. Tan peligrosos que el propio Alfonso Guerra se lamentó de que su partido había quedado en manos de bandidos y macarras. El daño reputacional a la marca España que esta banda ha hecho al prestigio nacional lastrará nuestra economía durante demasiado tiempo. Gobernar es gestionar; y este desgobierno de indolentes analfabetos es tan progresista que solo está interesado en mirar un siglo atrás para enfrentarnos sin pudor, como en 1936. El civismo ciudadano debe ponerlos en su sitio porque no hay tiempo suficiente para que penen sus culpas.