Después de tanto
«Hay que decidir si es decente (sí, decente) votar a quien ha sumido a España en el caos»
Después de tanto vivido en estos días, después de tanto sufrido, de tanto reflexionado… Después de tanto «todo», ha llegado el momento de no escribir nada sobre el accidente de Urda. Es el tiempo de la inacción. Si acaso, deberíamos orillar el dolor para hacerlo más llevadero y pensar en los muertos, en sus familiares, en sus amigos. Quizá, si todos pensamos en ellos, su dolor se haga más llevadero. Eso quiero creer. Aunque tal vez, en rigor, no lo creo en absoluto. Quién sabe. Mas hay algo de lo que no dudo: pedirle a Dios que les dé un consuelo imposible. Porque hay algo más devastador que la muerte: una muerte absurda y evitable.
Y yo, sin nada que decir, escribo lo que me pide el corazón, solidario con aquellas familias que sufren, ya para siempre, el frío de una ausencia que ni tan siquiera desde la fe puede explicarse con rotundidad. Uso un poema para explicar, con imágenes y sin razones, un dolor que no entiendo, porque no puede entenderse.
Hoy el frío ha llegado a nuestra casa
Se ha sentado a la mesa indiferente
Ha partido su pan, ha sonreído
Y su risa ha cegado las ventanas.
Su retina refleja nuestras vidas:
Transcurren por sus ojos las estampas
De tiempos donde el tiempo era un sosiego
De cálidos momentos que pasaban.
Pero el frío escupe sus palabras,
Sonidos que son dardos en la sombra
Y hacen nieve la luz de nuestros ojos
Y el fuego del hogar queda sin pulso.
Me rebelo en mi sangre devastada
Contra el frío que clava su misterio
En el blando filón donde reposa
Esa flor que aunque fuimos no seremos.
Comprendo: es tu espacio el que nos falta
Tan lleno de infinito, para siempre…
Parto el pan y me queda la fragancia
De unas tibias espigas que maduran.
Y Dios se muestra oculto por la niebla.
Podrá el Gobierno empeñarse en hacernos creer teorías que apenas son creíbles. Veremos, vemos ya, la vileza de esconderse detrás de artificios para ocultar su responsabilidad. La burda ingeniería de afinar estrategias para favorecer el próximo resultado electoral. Adivinaremos la pose impostada. La acusación al trabajador criminalizado. Las promesas de actuaciones inmediatas que, sin embargo, no se han abordado en ocho años. Todo ese ejercicio de indignidad restalla cuando choca contra el dolor de un país entero convertido, por mor de sus dirigentes, en un país tercermundista en materia de ferrocarril. No en vano, somos, en 2026, el país con más muertes por accidente de ferrocarril. Nos sigue, a casi noventa muertos de distancia (¡qué frivolidad, Dios mío, qué dolor, tener que hablar de muertes como números!), Tailandia.
Todo lo dicho, que es mucho, es ya suficiente. Nos queda, y a ello invito, la reflexión como paso previo al cumplimiento de un grave deber que nos hace responsables ante nosotros mismos y ante la historia: decidir si es decente (sí, decente) votar a quien ha sumido a España en el caos. Y, en particular, en el caos ferroviario, cuyas consecuencias reputacionales y económicas, aunque inferiores en importancia a la pérdida de vidas, van a ser también durísimas. La dignidad de los españoles tendrá la última palabra el 29 de noviembre.