Mi viaje de regreso a casa
Viaje a Kenia
Y llegó el momento más esperado para mí, el día que he estado aguardando con ilusión durante todo un año. El verano pasado viví la aventura más increíble de mi vida, viajando a Kenia, concretamente a Nakuru, una ciudad que me robó el corazón. Aunque Nakuru es la cuarta ciudad más desarrollada de Kenia, la pobreza es un problema grave que afecta a muchos de sus habitantes.
Después de regresar a España, no podía dejar de pensar en volver. Y ahora estoy de camino a mi hogar, mi casa, el lugar que me atrapó y me hizo querer regresar. Me voy de misión con las Hermanas Trinitarias, una congregación de monjas que dedican su vida a ayudar a los niños que viven en la calle, sin recursos y sin esperanza.
El año pasado sentí cosas que me hicieron plantearme mi manera de vivir y afrontar la existencia: niños que morían diariamente, niños sin recursos, niños cuyos derechos se vulneran cada día, pobreza extrema, marginación... En definitiva, estamos ante un país donde la vida no vale nada, no eres nadie, ni tan siquiera una cosa. Si bien, Dios está en cada corazón, en cada mirada, en cada mano.
Estaba nerviosa, pero una parte de mí me decía que todo iría bien. Voy a casa y estoy feliz. Este año voy con seis voluntarias más y en sus ojos veo reflejada mi propia historia. Hace un año también yo tenía inseguridades, pero sé que Dios nos guiará en cada paso que demos. La ilusión por hacer el bien pesa más.
Viaje a Kenia
Mi viaje comenzó en Córdoba en dirección a un primer destino, Madrid, donde tomaría un avión hasta Abu Dhabi y luego, tras un tedioso transbordo, otro hasta Nairobi, la capital de Kenia.
Una vez llegamos a Nairobi, perdimos una maleta. Una maleta cargada de ilusión, materiales y miles de cosas de las que aquí carecen. Si bien, como decía la Hermana Elena, hermana trinitaria de Málaga que nos acompaña en esta experiencia « Dios nos la acercará». Y así ha sido. Seguimos confiando.
Una vez solucionado el problema de la maleta, nos montamos en una camioneta hasta Nakuru, un viaje largo por caminos de tierra.
Aunque el trayecto era agotador, y el vehículo un trasto desvencijado y sucio, estaba tranquila y en paz. La visión del paisaje humano era muy dura : gente caminando por el campo sin destino aparente, mujeres tiradas en el arcén, niños que no tenían rumbo, solos y con una mirada perdida…chabolas, suciedad, miseria en su más auténtica expresión.
Aun así era consciente de que volvía al lugar donde sonreír no era una opción, sino una forma de vivir. Y es que a pesar de la precariedad del lugar, los niños siempre me habían transmitido esperanza, y sobre todo la mirada de Dios en sus pupilas, porque Dios estaba en cada uno de los abrazos, caricias o arrumacos que me habían dado hace un año y que jamás he olvidado.
Durante el camino, la policía nos paró varias veces y aunque su presencia fue un poco intimidatoria, ellos sólo querían comprobar que los famosos «blancos» de los que tanto se habla vienen a ayudar.
Finalmente llegamos a nuestro destino y las hermanas Catherine y Lucia nos recibieron con abrazos, risas y lágrimas de alegría. Es un momento emotivo y siento que estoy exactamente donde debo estar. Me reencontré también con las novicias: este año había nuevas integrantes y era ilusionante ver cómo mujeres jóvenes querían destinar su vida a Dios. El amor con el que nos recibieron es indescriptible. Tal vez un poeta podría usar imágenes que lo hagan tangible.
Mañana comenzaremos nuestro trabajo con los niños, llevando el mensaje de Dios a aquellos que están desesperados y necesitan un abrazo o una caricia. Estoy segura de que el Espíritu Santo me ha guiado hasta aquí, y estoy lista para dejar huella en la vida de estos niños.
Un día intenso, horas de avión y camioneta, pero la sonrisa nunca se ha borrado de mi rostro. Seguimos caminando, agradeciendo, determinada a dejar lo mejor de mí.