Niños y niñas del Centro de la FMA en Nakuru

Esta segunda semana ha estado llena de ilusión. Hemos estado en el colegio de Mwangaza, uno de los dos colegios que las Hermanas Trinitarias tienen en la zona. Cada semana alternamos entre uno de estos dos colegios.

Las mañanas en Mwangaza comenzaban un poco antes que en el colegio de la semana pasada. Los niños llegaban a veces a las seis y media de la mañana, lo que me hacía reflexionar sobre las situaciones precarias que deben vivir para que el colegio sea como un hogar para ellos. El colegio es su refugio, un lugar seguro donde pueden sentirse protegidos. Es un espacio donde la vida tiene valor y los abrazos son regalos marcados por miradas llenas de emoción.

Un día decidimos repartir lápices, gomas, sacapuntas y otros materiales necesarios para una jornada escolar. Me impactó ver la ilusión de los niños al recibir un lápiz. Era increíble cómo sus caras se iluminaban con algo que en España no es tan significativo. Me di cuenta de la suerte que tenemos y de lo poco que apreciamos pequeños gestos.

Niños y niñas del Centro de la FMA en Nakuru

Estos niños saben apreciar las pequeñas cosas de la vida: un lápiz, un «te quiero», un abrazo con caricias o un beso en la frente. Su capacidad para valorar los pequeños detalles es una lección de vida.

Los días pasaban y los niños se quedaban en mi corazón. Pero si tuviera que hablar de uno que marcó un antes y un después en mi vida es Jayden. Es un pequeño de 6 años con algo especial. Me llamó la atención su aspecto «rellenito», pero al tocar su pequeña tripa estaba muy hundida debido a la desnutrición que ha vivido desde que nació. Jayden, como otros niños del colegio, no come salvo que venga al centro. Un niño que no come... ¿qué podemos hacer? A día de hoy no sabría contestar, y esto me frustra. Creo que el poder de la oración es clave para luchar por una vida digna para estos niños.

Niños y niñas del Centro de la FMA en Nakuru

Los días pasaban y me preguntaba cómo estos niños venían felices al colegio a pesar de sus difíciles historias. Un día de lluvia intensa y frío, los niños vinieron al colegio. Muchos no llevaban calcetines ni zapatillas, o las que tenían estaban rotas y con agujeros. Desde España habíamos traído calcetines de todas las tallas. Los repartimos. En ese instante volví a ver ojos llenos de ilusión. Pusimos calcetines con nuestras propias manos a los niños. Vimos el reflejo de caras ilusionadas por sentir los pies calientes un día de frío. «Thank you», decían muchos de ellos. En ese instante se me revolvió un poco el estómago. No solo estaban recibiendo calcetines nuevos, sino que estaban sintiendo el calor humano.

La semana siguió. El jueves fuimos de excursión a ver macacos. El parque era bonito y los niños podían jugar seguros. Hubo un momento con Jayden de la mano y una compañera con otra niña diciendo : «¡baboon!» Un mono apareció detrás y salimos corriendo con los pequeños. No parábamos de reír.

El camino de regreso fue agridulce. Llevaba de la mano a Chris, otro pequeño del centro. Él apretó mi mano cuando un hombre pasó a su lado gritando: «Papá, Papá». Su padre no miró y siguió andando. Mi corazón dio un vuelco. Pero Chris me volvió a dar la mano y apretarla fuerte. Su palma con la mía era un lugar seguro.

El viernes repartimos camisetas de fútbol donadas desde España. Los niños eran felices, se sentían futbolistas. Muchos sonreían por primera vez. Se sentían importantes, queridos.

Niños y niñas del Centro de la FMA en Nakuru

La semana acabó bien. El fin de semana fuimos al centro de Nakuru a un mercadillo. Vi la insistencia de un hombre pidiendo que le compraras cosas. Adquirí algunas naderías Me hizo reflexionar sobre cómo sería yo sin nada para comer. Terminé rezando por él, creo firmemente que esa es la gran solución o al menos, lo mejor que puedo hacer por él.

El domingo fuimos a misa, con bailes y cantos especiales. Me acordé de mi familia en España, siempre allí voy con ellos. Los echo de menos, pero sé que están felices por verme feliz. Felices porque no sólo estoy ayudando, sino llevando el mensaje de Jesús a todo el mundo. Estoy siendo su instrumento.

En conclusión, gracias a esto compruebo que con mi oración y la de muchos, y con mi dedicación y la de otros, podemos ayudar a que estos niños sigan avanzado en derechos.