Demetrio Fernández, Obispo Emérito de Córdoba, impone la ceniza al deán Joaquín Alberto Nieva, en una imagen de archivoDiocesis de Cordoba

Córdoba abre el tiempo de Cuaresma

El Obispo impone la ceniza en la Catedral en un acto que se replicará en el resto de templos de la ciudad

Córdoba amanece distinta cuando llega el Miércoles de Ceniza. Hay en el aire una gravedad serena, una llamada antigua que resuena entre las piedras milenarias de la ciudad. Las campanas de la Catedral de Córdoba, que han visto pasar siglos de historia y generaciones enteras de creyentes, convocan a los fieles a un tiempo nuevo: el tiempo de la Cuaresma, que no es sino el tiempo del regreso al corazón.

Cada Miércoles de Ceniza, la Iglesia nos recuerda lo esencial. La fragilidad, la mortalidad y el origen humilde del ser humano se hacen palabra viva en la sentencia del Génesis: «Polvo eres y en polvo te convertirás» (Gn 3,19). No es una condena, sino una verdad luminosa: somos barro en manos de Dios, y precisamente por eso, somos obra amada. La ceniza que se posa sobre la frente no humilla; despierta. Nos recuerda que todo pasa, que nada material permanece, y que sólo el amor —el amor de Dios— vence al tiempo.

Comienza así la cuenta atrás hacia el Domingo de Ramos. Cuarenta y dos días de desierto interior, de examen sincero, de oración callada. Cuarenta y dos días que son eco de los cuarenta del Señor en el desierto, preparando su misión. Cuarenta y dos días para que Córdoba, con sus calles estrechas y su alma antigua, se convierta en una pequeña Jerusalén. Para que se abran las puertas de Iglesia de San Lorenzo Mártir como símbolo de aquella entrada mesiánica, y para que cada creyente abra también las puertas de su propia conciencia.

En la Catedral, el obispo de Córdoba, Jesús Fernández, vive su primera Cuaresma al frente de la diócesis. En la misa matinal, al imponer la ceniza, no realiza solo un gesto litúrgico; traza sobre cada frente la señal de la cruz, signo de muerte y de vida, de entrega y de esperanza. Con ese gesto comienza un itinerario espiritual que desembocará en la contemplación de la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Cristo. Es un recorrido regresivo en el calendario, pero profundamente progresivo en el alma.

El mismo rito se replica en cada parroquia de la ciudad. Desde los barrios más populosos hasta los templos más recogidos, la ceniza une a Córdoba en una misma conciencia: somos peregrinos. La Cuaresma no es un tiempo triste; es un tiempo verdadero. Es la oportunidad de reconciliarse, de practicar la caridad, de silenciar el ruido del mundo para escuchar el susurro de Dios.

En el ámbito cofrade, también comienza el pulso contenido que anticipa la Semana Santa de 2026. Las hermandades, custodias de la fe popular, inician su caminar cuaresmal con cultos, ensayos y actos de oración. El Miércoles de Ceniza fija su mirada en la parroquia de Iglesia de San Andrés Apóstol, donde el Vía Crucis del Señor de las Penas inaugura este tránsito espiritual. Allí, paso a paso, estación tras estación, los fieles recorren el dolor redentor de Cristo, comprendiendo que cada caída es también promesa de levantarse.

En pocos domingos, esa misma imagen caminará hacia la Santa Iglesia Catedral en su procesión penitencial, pero hoy el camino comienza en silencio, en recogimiento, en oración. Porque antes del incienso y la música, antes del costal y la trabajadera, está el corazón que se inclina.

Otras tantas hermandades inician sus cultos cuaresmales, mientras los ensayos continúan marcando el ritmo de una ciudad que vive su fe también en la calle. El fin de semana traerá el Vía Crucis de las cofradías y multitud de actos que ya laten en la sociedad cordobesa. Pero todo nace aquí: en la ceniza, en el reconocimiento humilde de lo que somos.

Córdoba abre la Cuaresma mirando al cielo y tocando el polvo. Entre la piedra dorada de sus templos y la oscuridad fértil de la ceniza, la ciudad se dispone a caminar hacia la Pascua. Porque si el hombre es polvo, ese polvo está llamado a la Resurrección. Y esa es, en definitiva, la gran noticia que empieza a escribirse hoy sobre cada frente marcada: que la muerte no es el final, sino el umbral de la Vida.