José Juan Jiménez Güeto
José Juan Jiménez Güeto, Delegado Diocesano de Hermandades y Cofradías en Córdoba
«En las hermandades y cofradías las prisas no son nunca buenas»
El sacerdote, párroco y canónigo, llega a la primera Semana Santa como delegado diocesano de Hermandades y Cofradías
Nos recibe en su despacho de la Parroquia de San Juan y Todos los Santos, la Trinidad, justo después de la misa de 12. José Juan Jiménez Güeto (Cabra, Córdoba, 1968) ha encontrado un hueco en una agenda que, sin duda, está repleta de trabajo, no solo ya como párroco, sino como canónigo portavoz del Cabildo y ahora también en la encomienda que el obispo Jesús Fernández le otorgó el pasado mes de octubre: delegado diocesano de Hermandades y Cofradías.
Será esta su primera Semana Santa desempeñando esa labor que no es ajena a este cura, cofrade, inquieto, cercano y feliz con aquellos que, en torno a una hermandad , hacen del Evangelio su modo de vida entre la belleza del patrimonio, la tradición familiar, la atención a los necesitados y el relevo de un mensaje que pasa de generación en generación con la riqueza y la estética del catolicismo español, pero sobre todo andaluz.
Atiende en un despacho modesto pero luminoso, lleno de libros y de fotos enmarcadas que conforman una biografía ( su hermano Miguel, su ordenación con Juan Pablo II, los compañeros del Seminario, sus padres, la compañera Bárbara Castro, don Antonio Gómez Aguilar...), presidido, cómo no, por el Cristo de la Providencia, La Virgen de la Sierra y sobre todo, por una preciosa Piedad que reina sobre la mesa.
José Juan Jiménez Güeto
–¿Cuál es exactamente la función de un delegado de hermandades y cofradías?
–La función es, ante todo, un servicio, y además un servicio muy bonito. El delegado de hermandades y cofradías presta una labor muy interesante porque permite conocer de primera mano la realidad de la diócesis, que en nuestro caso es muy rica. Contamos con más de setecientas hermandades y con veintidós agrupaciones o consejos de hermandades y cofradías.
La misión fundamental de la delegación es convertirse en un órgano que ofrece servicio, ayuda y colaboración a las distintas hermandades y cofradías, así como a sus juntas de gobierno y a los consiliarios. Ese apoyo se da en muchos ámbitos. Por ejemplo, en cuestiones normativas, jurídicas o económicas, que hoy son cada vez más exigentes, especialmente en todo lo relacionado con la rendición de cuentas y la transparencia.
En este sentido, las hermandades necesitan acompañamiento. No todas tienen la misma estructura o fortaleza: junto a algunas muy consolidadas, existen muchas otras en pueblos pequeños o aldeas, donde el número de hermanos es reducido y la gestión resulta más compleja. Incluso, en ocasiones, las responsabilidades recaen en personas de edad avanzada. Por eso, la delegación se convierte en una herramienta fundamental para ayudar en estos aspectos.
Otro ámbito importante es el de la formación. Desde la delegación se pueden ofrecer recursos y apoyos para fomentar la formación de los miembros de las hermandades, también en el plano litúrgico y en la pastoral social.
En definitiva, la delegación es un órgano de coordinación y de animación, un espacio desde el que se ofrecen servicios y se atienden las necesidades de las hermandades y cofradías.
–¿Hubo algún encargo en concreto que le hiciera el obispo que se pueda contar?
–Sí, hubo algunas indicaciones muy claras. El obispo insistió especialmente en la necesidad de fomentar la formación dentro de las hermandades y cofradías, y en articular esa formación de manera que sea accesible para todos y que pueda desarrollarse de forma progresiva en distintas materias.
También puso mucho énfasis en el trabajo del diálogo y del encuentro, en ese espíritu de sinodalidad que hoy vive la Iglesia, y en la importancia de cultivar esos elementos dentro de las cofradías.
Junto a ello, planteó la necesidad de avanzar hacia una participación más activa del laicado, especialmente en el ámbito de las hermandades y cofradías, y también en la vida pública.
En definitiva, se trata de intentar trasladar la doctrina social de la Iglesia a la sociedad en la que vivimos.
–¿Qué peso ha tenido lo cofrade en su vocación sacerdotal?
–Ha tenido muchísimo peso. Yo nací en una familia humilde, muy cristiana y también muy cofrade. Mi padre, junto a un grupo de amigos, fundó la hermandad de Nuestra Señora del Socorro en el año 1965, es decir, dos o tres años antes de que yo naciera. Desde muy pequeño ya estaba vinculado a la hermandad: prácticamente desde recién nacido, en brazos de mi padre, junto a mis tíos, primos y hermanos, porque además era una hermandad muy familiar.
Siempre hemos estado muy unidos a la Virgen del Socorro y también a la Virgen de la Sierra, que en Cabra tiene una gran importancia como patrona y devoción común. Todo ese ambiente me ayudó mucho, porque ahí fue donde bebí de la fe desde el principio.
Posteriormente he mantenido siempre una vinculación muy estrecha con distintas hermandades. En la parroquia de la Trinidad, por ejemplo, con el Santo Cristo de la Salud, la Santa Faz y la hermandad del Perdón. De hecho, mis primeros pasos más activos en el ámbito cofrade los di con la hermandad de la Santa Faz, en un momento en el que yo acababa de ser ordenado sacerdote y compartía con ellos una etapa muy joven, en la que se generaron muchos vínculos. También estuve muy ligado a la hermandad de la Santa Cena, cuando aún estaba en esta parroquia, antes de su traslado a su actual sede.
José Juan Jiménez Güeto
Pertenezco a las tres hermandades de la parroquia y siempre he estado al servicio de lo que las hermandades me han pedido: predicar, impartir charlas, participar en exaltaciones e incluso pregones. Tuve el honor de pregonar la Semana Santa de Córdoba en 2016.
Por tanto, mi vinculación con las hermandades y cofradías ha sido constante. Puedo decir, con rotundidad, que mi vocación nació en el seno de una familia cristiana y dentro de una pequeña comunidad como es una hermandad.
–¿Sigue siendo este ámbito una herramienta importante ante un mundo que cada vez se aleja más de Dios?
–Sí, lo es. Las hermandades y cofradías constituyen hoy un instrumento muy importante dentro de la Iglesia. Se convierten en una herramienta de evangelización, lo que ahora se denomina el «primer anuncio». Me atrevería a decir que es una de las herramientas más relevantes que tiene actualmente la Iglesia en Córdoba, junto a otras realidades como los Cursillos de Cristiandad, Emaús o Effetá.
Las hermandades reúnen una doble dimensión: por un lado, ese primer anuncio, y por otro, el acompañamiento en la vida de fe. A través de la belleza, además, se convierten en un elemento evangelizador muy potente. Muchas personas se acercan a la Semana Santa desde una perspectiva cultural o turística, pero la contemplación de lo que cada hermandad expresa en su estación de penitencia puede tocar el corazón. El Señor se vale de muchas mediaciones para atraer a quienes están más alejados.
Por eso, las hermandades y cofradías son un instrumento extraordinario. No solo facilitan ese primer encuentro con Cristo, que puede remover el interior de una persona, sino que también ofrecen un espacio donde esa experiencia puede asentarse, madurarse y crecer.
La hermandad proporciona una comunidad en la que se comparte y se celebra la fe y también la vida. Es un ámbito donde se vive la escucha de la Palabra de Dios, el cultivo de los sacramentos, la formación y el ejercicio de la comunión y la caridad, no solo hacia dentro, sino también hacia la sociedad, especialmente hacia los más necesitados.
En definitiva, una persona alejada puede sentirse llamada a través de la belleza de una estación de penitencia y, a partir de ahí, encontrar acogida y acompañamiento en una comunidad como es una cofradía.
–Aunque a veces, visto desde fuera, puede parecer que se olvida la caridad frente a lo mundano.
–¿En qué sentido?
–En algunas polémicas que a veces se observan o salen a la luz, entre las hermandades.
–El Señor dice en el Evangelio que donde hay dos o tres reunidos en su nombre, allí está Él. Yo suelo decir, en tono de broma, que ese día también se le olvidó mencionar que ahí está el conflicto, porque donde hay personas hay relaciones humanas, y en las hermandades ocurre lo mismo que en cualquier otro ámbito.
Es verdad, como ya señalaba el Concilio Vaticano II en la constitución pastoral Gaudium et spes, que el mal ejemplo de los cristianos puede ser motivo de alejamiento de la fe, e incluso estar en el origen de fenómenos como el ateísmo, el agnosticismo o la indiferencia. Y eso también puede suceder dentro de las hermandades y cofradías.
A veces surgen conflictos porque no siempre priman la caridad o la humildad. Como seres humanos, pueden aflorar el egoísmo, la soberbia o la necesidad de reconocimiento personal. Cuando esto no se gestiona bien, aparecen tensiones. Por eso es importante el papel de los responsables y también de los sacerdotes, que deben actuar como cauce de encuentro, tender puentes y favorecer la reconciliación.
José Juan Jiménez Güeto
Ahora bien, también es cierto que las hermandades suelen tener una gran capacidad para reconducir estas situaciones. A pesar de los conflictos, que son algo natural, muchas veces se busca con rapidez el entendimiento y el reencuentro.
Puedo decir, con rotundidad, que mi vocación nació en el seno de una familia cristiana y dentro de una pequeña comunidad como es una hermandad.
Lo que sí ha cambiado mucho es el contexto. Antes, una discusión se quedaba en la casa de hermandad o en un ámbito cercano. Hoy, con las redes sociales, todo se amplifica enormemente. Cuando el conflicto se hace público, la herida es mayor y resulta más difícil de sanar.
–Usted conoce bien el mundo de la comunicación. ¿Qué se puede hacer para que la información no se convierta en algo tóxico que acabe dañando la vida de las hermandades y cofradías?
–Creo que, en el ámbito de las hermandades, como en cualquier otro, es fundamental contar con personas preparadas que sepan gestionar la comunicación. Un amigo mío suele decir, medio en broma, que hay mucho «juntaletras», y en cierta medida no le falta razón.
La comunicación en las hermandades y cofradías debería estar en manos de personas formadas. Igual que para ser tesorero se necesita conocer bien esa responsabilidad, o para otras funciones se requieren ciertos conocimientos, también debería existir una vocalía o área específica de comunicación, con personas capacitadas o, al menos, con disposición para formarse en los distintos canales.
Además, la comunicación no debe limitarse a anunciar actos puntuales. La vida de la cofradía, su historia, su identidad, su singularidad y sus proyectos de futuro también deben comunicarse, y hacerlo con un lenguaje claro y accesible. No se trata de dirigirse únicamente a los cofrades, sino al conjunto de la sociedad. Hay que pensar en todos, especialmente en quienes están más alejados.
Si antes hablábamos de la evangelización a través de la belleza en la estación de penitencia, también esa labor puede hacerse a través de la comunicación, de las convivencias, de los actos culturales o formativos. Es importante que el mensaje llegue a todos los rincones, con una información veraz, honesta y comprensible.
–¿Le preocupa, como delegado, cómo se comunica la actividad de las hermandades y cofradías?
–Creo que se están dando pasos importantes. Muchas hermandades ya cuentan con vocalías de comunicación que realizan un trabajo muy bueno a través de sus canales oficiales. Aun así, siempre se puede avanzar más, sobre todo en el cuidado del lenguaje para hacerlo más accesible al público general.
En cuanto a los medios de comunicación, en Córdoba existe un nivel muy alto. Hay profesionales muy bien preparados, con trayectoria y formación, que prestan un gran servicio a la Semana Santa.
Sí me preocupa, en cambio, la aparición de algunas iniciativas que centran su atención en el conflicto o en generar dudas, en lugar de poner en valor el patrimonio, la vida y el sentido de las hermandades. Ahí creo que debemos mejorar y cuidar más el enfoque.
También hay que destacar el papel de muchos jóvenes que están haciendo propuestas comunicativas de gran calidad, especialmente en redes sociales, con un cuidado estético muy notable. Todo eso merece ser valorado y difundido.
José Juan Jiménez Güeto, durante la entrevista
En definitiva, se trata de potenciar lo que construye y aporta, y plantarnos ante aquellas dinámicas que no resultan edificantes.
–El Domingo de Ramos del año pasado hablamos con Pedro Soldado, cuando estaba en la recta final del cargo que ahora ocupa usted. ¿Qué destacaría de su labor y qué ha heredado de ese trabajo?
–Don Pedro trabajó durante veintitrés años de manera extraordinaria. En sus inicios al frente de la Delegación de Hermandades y Cofradías tuvo que afrontar situaciones muy difíciles, incluso momentos en los que se sintió cuestionado en lo personal y en su derecho a la buena fama. A pesar de ello, ha sido siempre una persona muy paciente, constante y honesta en su trabajo.
Ha realizado un acompañamiento muy importante y, sobre todo, ha contribuido a poner en valor a las hermandades y cofradías. Hubo un tiempo en el que se consideraban casi como una realidad de fe menor, como algo secundario dentro de la vida de la Iglesia, incluso con cierta incomprensión.
Sin embargo, su labor ha servido para situarlas en el lugar que les corresponde dentro de la vida eclesial. Ese reconocimiento y esa integración son, sin duda, uno de los grandes logros de su etapa.
Es un trabajo que yo me he encontrado ya hecho y sobre el que ahora me corresponde seguir construyendo.
–El 11 de abril se presenta el nuevo reglamento de la delegación. ¿Cuáles son los elementos esenciales de este documento?
–Me alegro de que me hagas esa pregunta, porque desde que se anunció esta convocatoria han surgido muchos comentarios, sobre todo en redes sociales y otros canales, que han generado cierta expectativa equivocada. Se ha llegado a decir que vamos a imponer normas, a limitar la autonomía de las hermandades o a quitarles libertad. Nada de eso.
Lo que se presenta es un cambio en la forma de gestión y funcionamiento de la Delegación de Hermandades y Cofradías. Hasta ahora, el peso recaía fundamentalmente en la figura del delegado, en este caso don Pedro, con el apoyo del personal del Obispado, especialmente del ecónomo, José Luis Vidal, y de la Secretaría General, con Juan Luis Arjona.
El reglamento lo que hace es definir cómo se va a estructurar la delegación. Habrá una secretaría técnica, con un secretario, un tesorero y el propio delegado. Además, se crea una comisión permanente en la que estarán los coordinadores de distintas áreas de trabajo.
Me preocupa la aparición de algunas iniciativas que centran su atención en el conflicto o en generar dudas, en lugar de poner en valor el patrimonio, la vida y el sentido de las hermandades.
Estas áreas serán, en principio, formación, ámbito jurídico y económico, juventud, pastoral social y actividad litúrgica. Cada una contará con un sacerdote al frente —ya designado— y con un equipo de cofrades procedentes de distintos puntos de la diócesis, no centrados en un único lugar.
Esa comisión permanente será el núcleo de funcionamiento. Y, por encima, habrá un órgano plenario en el que estarán representados los miembros de la comisión, los presidentes de agrupaciones y consejos locales, así como sacerdotes y laicos representantes de las distintas vicarías de la diócesis.
José Juan Jiménez Güeto
En definitiva, el reglamento establece la estructura y el modo de funcionamiento de la delegación. Como decía al inicio, se trata de organizar mejor ese servicio a las hermandades y cofradías, creando una estructura que permita atender sus necesidades de forma más eficaz.
–Y que además se relaciona con la sinodalidad de la que hablaba antes.
–Exactamente. Es una llamada que nos ha hecho el Papa a vivir la sinodalidad, y en la que también insiste nuestro obispo dentro del proceso de preparación del plan pastoral para los próximos años en la diócesis.
¿En qué se traduce esto? En una participación activa de los laicos. Se trata de que la formación, los recursos, los elementos litúrgicos, las acciones pastorales, la pastoral social o el trabajo con la juventud sean elaborados por cofrades para cofrades.
La idea es generar recursos que se pondrán a disposición de las hermandades y cofradías. Por tanto, de esa presentación no va a salir ninguna normativa nueva sobre cómo deben funcionar.
No digo que en el futuro, más adelante, puedan surgir algunos elementos normativos, porque es algo que preocupa y que también se está demandando. De hecho, si miramos otras diócesis —como las andaluzas o las de Cartagena y Murcia— vemos que cuentan con un desarrollo normativo mucho mayor que el nuestro.
En nuestra diócesis disponemos de un estatuto marco de la etapa de don José Antonio Infantes Florido y de una normativa complementaria de la etapa de don Juan José Asenjo. A partir de ahí, sí que hay cuestiones que las propias hermandades plantean: cómo estructurar mejor los estatutos, cómo regular la creación de nuevas hermandades o de grupos parroquiales, o aspectos relacionados con salidas extraordinarias, entre otros.
Todo eso irá llegando poco a poco. Sin prisa, pero atendiendo a esas necesidades, se irán elaborando las herramientas necesarias.
–En Córdoba tenemos una prohermandad dirigida por una comisión gestora. ¿Cómo está la situación? ¿Es algo que ocurre en más puntos de la provincia?
–Recurrir a una comisión o junta gestora es una medida que puede darse y no es algo completamente extraño. Ahora bien, siempre lo vivo con cierta tristeza, porque supone una medida extraordinaria por parte de la diócesis. Significa que ha tenido que intervenir porque la propia hermandad no ha sido capaz de encauzar una situación de conflicto o determinadas irregularidades.
En esos casos, es la diócesis la que actúa y designa una junta gestora por un tiempo determinado, el necesario hasta que se recupere la normalidad. Una vez que eso ocurre, se devuelve a los hermanos la posibilidad de elegir a su hermano mayor y a su junta de gobierno.
En el caso concreto de la prohermandad de Puerta Nueva, en su momento no se optó inicialmente por una junta gestora, sino por la figura de un comisario, que fue quien asumió la responsabilidad. Se limitó la actividad prácticamente a la estación de penitencia, que ya estaba programada, mientras se analizaba la situación.
Durante esos meses se ha realizado un trabajo de estudio y de conocimiento de la realidad de la prohermandad, con el apoyo del párroco, de los informes del ecónomo y de reuniones con distintos miembros. A partir de ahí, se han identificado los principales puntos de debilidad.
El siguiente paso ha sido constituir una junta gestora, presidida por ese mismo comisario, José Ignacio Aguilera, que se ha rodeado de un grupo de hermanos de la propia prohermandad para encauzar esta nueva etapa. El objetivo es recuperar la actividad en todos los ámbitos: cultos, formación, acción caritativa, vida de comunidad y, por supuesto, la estación de penitencia.
A partir de ahí, y en función de cómo evolucione la situación en los próximos años, se irán tomando nuevas decisiones.
–También hay una demanda, en este caso la de la Bondad. ¿Se puede esperar pronto el decreto como hermandad?
–Primero, que yo sepa, no lo han pedido. No tengo constancia ahora mismo de que la prohermandad haya solicitado la erección canónica como hermandad.
Yo creo que todavía tenemos tiempo y que hay que hacerlo con tranquilidad y serenidad. Están haciendo las cosas muy bien. En las hermandades y cofradías, las prisas no son nunca buenas. Nunca.
–La carrera oficial es un tema recurrente cada año. Esto tiene dos preguntas: ¿es normal? Y, por otro lado, ¿ocurre en otros sitios? Porque da la impresión de que es un problema netamente cordobés.
–No sabría decirte si en otros sitios es un problema recurrente o no. Sí que conozco que en algunos lugares, en otras provincias, se han hecho planteamientos de mejora de la carrera oficial.
Pero en Córdoba sí, está siendo últimamente otra vez recurrente la cuestión de si carrera oficial en la Catedral o carrera oficial en otro lugar. Para mí es algo incuestionable. Para mí es algo incuestionable que la carrera oficial se venga realizando en la Santa Iglesia Catedral.
¿Por qué? Porque eso es lo que le da realmente sentido a la estación de penitencia de nuestras hermandades y cofradías. El acudir a la Catedral, no solamente por hacer estación ante el Santísimo, que es lo más importante, sino también por esa expresión de comunión eclesial. La Catedral es la cátedra del obispo, que es el sucesor de los apóstoles, y eso tiene un valor muy importante.
A partir de ahí, se trata de que las dificultades que puedan ir surgiendo se vayan solucionando. De hecho, desde que la carrera oficial está en la Catedral se han ido haciendo modificaciones y corrigiendo aspectos que se iban detectando.
Yo creo que tanto la Agrupación como las administraciones están haciendo un esfuerzo muy importante por mantener una carrera oficial en un entorno que no tiene nadie. Aporta una singularidad incomparable con cualquier otra capital andaluza. Se puede pensar en Sevilla, pero nada tiene que ver el marco de su carrera oficial con el de la Catedral de Córdoba.
Por lo tanto, creo que hay que mirar al futuro, corregir los elementos que sean mejorables y dejar de cuestionar el lugar. Tampoco llevamos tantos años con la carrera oficial en la Catedral y hay que darle tiempo a que las cosas maduren.
José Juan Jiménez Güeto
–En algunos puntos de España se cuestiona el papel de la mujer en las hermandades y cofradías, en muchos casos desde una perspectiva más ideológica que religiosa. ¿Cuál es el papel y el peso de la mujer en las hermandades cordobesas?
–El peso de la mujer en las hermandades y cofradías es el mismo que el de los hombres. En la Iglesia no hablamos de igualitarismo, hablamos del principio de igualdad. Todos somos hijos de Dios. Hombre y mujer somos hijos de Dios; Dios nos creó así, hombre y mujer.
Hay un principio de unidad, que es que somos hijos de Dios; un principio de diferenciación, porque hombre y mujer los creó; y un principio de complementariedad. Esos tres elementos están en el Génesis.
A partir de ahí, la participación de la mujer en las hermandades es activa. Están en las juntas de gobierno, en los órganos de responsabilidad, y hay hermanas mayores, como en el caso de la Hermandad de la Merced. ¿Que podría haber más? Pues sí, podría haber más, y ojalá se den esos pasos.
Yo creo que tanto la Agrupación como las administraciones están haciendo un esfuerzo muy importante por mantener una carrera oficial en un entorno que no tiene nadie
Dentro de la estructura de las hermandades, la mujer tiene las mismas posibilidades. Y en la estación de penitencia, igualmente, siempre que se cumplan los requisitos que establece cada hermandad, no se hace distinción entre hombre y mujer.
A mí me da un poco de miedo trasladar determinados planteamientos ideológicos a este ámbito. Creo que en la Iglesia la mujer está muy presente y participa activamente en todas las realidades. ¿Que podría haber más participación? Sí, pero también podríamos decir lo mismo de los hombres en muchos ámbitos.
Por eso, sinceramente, creo que introducir este debate en esos términos no es bueno.
José Juan Jiménez Güeto, visto por Samira Ouf
–Párroco, canónigo de la Catedral y ahora también delegado diocesano. No tiene ni un domingo libre.
–(Ríe) Bueno, se hace lo que se puede. No soy el único; todos mis compañeros sacerdotes están también en muchas tareas. Se trata de que, allí donde estemos, lo hagamos lo mejor que sabemos, entregándonos con generosidad.
Recuerdo que mi madre me decía, cuando recién ordenado llegaba a casa por la noche y le comentaba que venía cansado: «Hijo mío, para descansar está la eternidad; ahora toca trabajar».
Y eso es lo que toca: entregarnos, darnos y no quejarnos. Yo, la verdad, disfruto. Soy muy feliz haciendo lo que hago cada día.