Cofre que contenía las semillas de naranjas con destino a HiroshimaAMCO

Las semillas de naranjo de Córdoba que viajaron hasta Hiroshima

Al cumplirse 80 años de la explosión de Little Boy sobre la ciudad japonesa, recordamos la petición formulada por el administrador apostólico de Hiroshima

El 6 de agosto de 1945 detonó sobre la ciudad japonesa de Hiroshima la primera bomba atómica lanzada sobre un objetivo militar en tiempo de guerra. En segundos, la ciudad quedó arrasada y miles de personas murieron al instante. En los días sucesivos, fueron muriendo los que se encontraban más alejados del epicentro de la explosión, cuyo radio de destrucción total tuvo un radio de 1,6 kilómetros, y los pocos supervivientes y muchos de sus descendientes sufrieron las consecuencias de la deflagración y de la radiación liberada tras la explosión. En Hiroshima, solo un puñado de edificios, aunque muy dañados, quedaron en pie. Entre ellos, la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, en cuya casa sacerdotal se encontraban cuatro jesuitas (orden religiosa presente en tierras japonesas desde que arribara a sus costas San Francisco Javier el 15 de agosto de 1549) que, milagrosamente, salieron indemnes de tamaña explosión, y el edificio de la prefectura industrial.

Al cumplirse diez años del bombardeo, se construyó en la denominada zona cero de la explosión el Parque Memorial de la Paz, en torno a dicha prefectura, conocida como Genbaku Domu o cúpula de la bomba atómica, declarada Patrimonio de la Humanidad en 1996.

Iglesia de la Asunción de Hiroshima tras la explosión atómicaLa Voz

En 1957, el Ayuntamiento de Córdoba recibió una insólita petición: una carta del padre jesuita José Luis Fernández Herce trasladando la solicitud de monseñor Ojihara, administrador apostólico de la diócesis de Hiroshima, para que fueran enviadas al prelado de dicha diócesis veinte naranjos procedentes del Patio de los Naranjos de la Mezquita para su plantación en el Parque por la Paz, ya que era su deseo era que hubiese naranjos procedentes de Córdoba «ciudad para él de los mejores recuerdos y que estima y valora en toda su trascendencia histórica» y que había visitado con anterioridad. La misión fue encomendada por el alcalde Antonio Cruz Conde a Antonio Muñoz y Ramírez de Verger, responsable de la gestión de parques y jardines de la ciudad.

Monseñor OjiharaLa Voz

Como no era época de reproducción por estaquillas y el transporte por avión era sumamente caro, Ojihara mostró su deseo de que se recolectaran semillas de las naranjas afirmándose en una comunicación posterior que «tal vez esta reproducción por semillas no tenga tanta poesía como el envío de naranjos que ya han conocido el sol y el aire de Córdoba, pero no por eso dejarán de ser auténticos naranjos de la Catedral». La recolección de las semillas tuvo lugar el 5 de julio de 1958. El singular encargo fue dirigido por el Ayuntamiento, a su vez, a la firma Meryan, creada en la capital cordobesa a comienzos de la década de los años 50 por el pintor Ángel López Obrero y su esposa Mercedes Miarons, una empresa dedicada a conservar la tradición de los cueros de Córdoba, los cordobanes y guadamecíes, artesanía devaluada y prácticamente desaparecida y que dio justificada fama a la ciudad durante la época de dominación musulmana.

Recogida de semillas de naranjas con destino a HiroshimaAMCO

Construyeron una caja de cuero repujado que albergaría en su interior 50 semillas de naranjo para ser plantadas en el Parque Memorial por la Paz de la ciudad nipona. La tapa mostraba imágenes de los arcos de la Mezquita y de los escudos antiguo y moderno de la ciudad. En el dorso de la tapa y escrito en pergamino podía leerse el siguiente mensaje: «Semillas de los naranjos de la Mezquita de Córdoba, vais a Hiroshima con misión de amor, de paz..., a nacer allí donde la muerte se prodigó. Al florecer, ofrendad a Dios vuestro perfume pidiendo la inteligencia entre los hombres».

Tapa del cofre que contenía las semillas de naranjaLa Voz

El envío emprendió un largo viaje de 10.850 kilómetros con destino al país del Sol Naciente. Años más tarde, el Ayuntamiento rotuló como Plaza de Hiroshima y Nagasaki la glorieta existente junto a los Jardines de la Agricultura, donde está ubicado el monumento a Julio Romero de Torres, cerrando así un círculo que se había abierto a comienzos de julio de 1958.

Posteriormente, el 11 de marzo de 2014, con motivo de los actos del Año Dual España-Japón, que conmemoraba los 400 años de la llegada a España de una embajada japonesa (la embajada Keicho), tuvo lugar un concierto en la Catedral de Córdoba de la pianista japonesa Mine Kawakami, presentado por el periodista Jesús Cabrera. En dicho acto se hizo entrega al agregado cultural de la Embajada de Japón en España, Kenjio Maishidashi, de otro cofre con semillas de naranjo conteniendo la misma leyenda del que fue remitido a Ojihara en 1958, para que fuesen repartidas por los lugares afectados por el tsunami que arrasó las costas niponas.

El milagro de Hiroshima

El 6 de agosto de 1945, fiesta de la Transfiguración, cuatro sacerdotes jesuitas alemanes sobrevivieron al impacto de la bomba nuclear «Little Boy» en Hiroshima durante la Segunda Guerra Mundial.
Los jesuitas Hugo Lassalle, superior en Japón, Hubert Schiffer, Wilhelm Kleinsorge y Hubert Cieslik, se encontraban en la casa parroquial de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, uno de los pocos edificios que resistió a la bomba. En el momento de la explosión, uno de ellos se encontraba celebrando la Eucaristía, otro desayunaba y el resto en las dependencias de la parroquia.
Según escribió el propio Hubert Cieslik en su diario, únicamente sufrieron daños menores producto de cristales rotos, pero ninguno a consecuencia de la energía atómica liberada por la bomba.
Los médicos que los atendieron tiempo después les advirtieron que la radiación recibida les produciría lesiones graves, así como enfermedades e incluso una muerte prematura.
El pronóstico nunca se cumplió. No desarrollaron ningún trastorno y en 1976, 31 años después del lanzamiento de la bomba, Schiffer acudió al Congreso Eucarístico de Filadelfia (Estados Unidos) y relató su historia, donde confirmó que los cuatro jesuitas estaban aún vivos y sin ninguna dolencia.
Fueron examinados por decenas de doctores unas 200 veces a lo largo de los años posteriores y no se halló en sus cuerpos rastro alguno de la radiación.
Los cuatro religiosos nunca dudaron de que habían gozado de la protección divina y de intercesión de la Virgen: «Vivíamos el mensaje de Fátima y rezábamos juntos el Rosario todos los días», explicaron.
Además, el Schiffer escribió el libro «El Rosario de Hiroshima» donde narra todo lo que vivió.