El último barman del restaurante «La Boca»
Nadie sabrá nunca el porqué el restaurante La Boca, y su hermana siamesa la taberna El Perro Andaluz -juntos pero no revueltos-, echaron la persiana anoche por última vez en la calle de La Feria, hoy en día llamada San Fernando.
Fachada de La Boca
Ayer cerró La Boca para casi siempre. Para unos cuantos fue nuestro particular bar Balmoral matritense pero de provincias, nuestro bar Harry´s veneciano, pero pasado a cuchillo cualquier ramalazo anglófilo; nuestra taberna neo-castiza más inaudita e inclasificable, nuestra mezcla de barra del Ritz y de Hostal más pendenciero y canalla cordobés de los alrededores, nuestro bar de barrio auténtico o no, al que solo faltó una máquina tragaperras para reinventar una elegancia nada impostada de otra época, nuestra casa de comidas de una supuesta zona No-Go. Allí donde – porque casi nadie se dio cuenta - se mezclaron los últimos rockers de la ciudad, la modernidad menos previsible y más elegante, los adalides de la derecha antiposmoderna y contracultural, las familias de clase media, los jabatos de la incorrección política, los indies, los que no, los falangistas de izquierdas, los fans de Alejandro Sanz, los últimos modernos agónicos de los 90, los poetas maoístas, los funcionarios progresistas de menú vegetariano a diez pavos tras la última curva, los guiris. Fue casi el único oasis de incorrecciones varias, pasadas por una bendita minipimer de doble uso. Ahí es nada. Porque allí, en las respectivas barras de La Boca y de El Perro Andaluz, y en el patio que las separaba y las unía en una simbiosis única, siempre cupo hasta el Tato.
Patio de La Boca
No fue solo un restaurante. Tampoco únicamente una taberna. Ni tan siquiera fue una coctelería de días de guardar. Sé de tipos que estuvieron allí dentro, sin escapatoria posible, fascinados, encerrados durante una semana entera entre sus maravillosas cien paredes. Yo mismo. Sofisticada y mundana al mismo tiempo, allí, en La Boca, podías encontrarte a Loquillo o a Viggo Mortensen, el Alatriste, sirviéndose una cerveza en vaso duralex de una litrona de Mahou dispuesta en cubitera con hielo o un vino Fino, casi pillados por sorpresa. Y allí no se ligaba; porque allí se seducía. Todos los que prometimos, alguna vez, hacer deporte a nuestras ex-novias sabíamos que era mentira, y por eso nos refugiábamos allí, en La Boca o en El Perro, presumiendo de poco y esperando que el sol saliera por Antequera.
La Boca
Fue allí donde nuestra particular gauche divine se tomó por primera vez más de un chupito de güisqui caro de importación con tipos sesentones de un viejo Tercio legionario, y quienes, a cambio, les convidaron a otro de leche de pantera. Porque lo he visto delante de mis narices. Fue maravilloso. Donde se mezclaron las élites provincianas y los «tirados» del barrio por última vez. Donde, a más de uno, los conozco, se le pasó por la cabeza quedarse en La Boca para siempre, a costa de mandar a hacer puñetas hipotecas, familias numerosas, veraneos en la costa, coches alemanes y bonos empresariales de decenas de miles de euros en empresas registradas en las Islas Caimán. Solo querían quedarse allí. En La Boca. Lo sé porque lo vi.
La Boca
Maribel, la dueña, la madame del tinglado, la culpable de todo aquello, siempre hiló fino en la cocina desde un punk culinario que llevó a más de uno a la mesa del mismísimo Odín. Platos descarados e irreverentes para los más exquisitos; hamburguesas imposibles para las animaladas modernas regadas con vino del lugar. Sería estúpido pensar que Córdoba solo es sus pocas y maltrechas tabernas: porque La Boca y El Perro Andaluz fascinaron a parroquianos castizos y a osados visitantes. Allí, donde más de uno que yo me sé, sufrió un Síndrome de Stendhal, desmayado, en su inigualable patio de La Boca.
La Boca
No sé qué será, a día de hoy, del último barman de la barra de La Boca. Espero que le vaya bien en todo lo que haga y toque. De veras. Pero lo que sí sé es que, en las próximas semanas, cada vez que pase por la puerta cerrada para siempre de La Boca, en la calle San Fernando, intentaré mirar hacia otro lado. Porque hoy, por si cabía algo más, Córdoba se ha quedado un poco más huérfana.
A expensas de parecer un cursi -que es lo que somos-, con la barra de La Boca nos pasará aquello que dijo aquel gran tipo algo bujarra, exquisito, incorrecto e inigualable llamado Óscar Wilde: «si no tardas mucho, te esperaré toda la vida».