Móvil en la playa

El trabajo se cuela en las vacaciones: las señales que indican que no sabemos desconectar

La dificultad para dejar atrás correos y mensajes puede provocar ansiedad, problemas de sueño, cansancio, cefaleas y tensión muscular

Las dificultades para dejar de consultar el correo electrónico o los mensajes del trabajo durante las vacaciones pueden ser una señal de una relación poco saludable con la actividad laboral. La ansiedad cuando no llega una respuesta, la necesidad de estar disponible de forma permanente o la incapacidad para disfrutar plenamente del tiempo libre son algunos de los síntomas que pueden aparecer.

La jefa del servicio de Psicología Clínica del Hospital Quirónsalud Córdoba y del Centro Médico Quirónsalud Jaén, Victoria Rodríguez, ha explicado que el problema no depende tanto de las horas que una persona permanece conectada como de «el grado de libertad o control que tiene para desconectar».

La especialista ha señalado que revisar de manera constante correos, mensajes o notificaciones sin una necesidad real, sentir ansiedad al alejarse del trabajo o mantener la disponibilidad a costa del descanso y de la vida personal son señales a las que conviene prestar atención.

«Cuando la conexión se convierte en una fuente de dependencia emocional, la persona siente que debe estar siempre disponible, anticipa posibles problemas y desarrolla una falsa sensación de control que dificulta todavía más la desconexión», ha indicado Rodríguez.

Después de meses de correos, llamadas, reuniones y otras demandas laborales, el sistema nervioso puede acostumbrarse a funcionar en un estado elevado de alerta. Por este motivo, el comienzo de las vacaciones no siempre supone una relajación inmediata y el cerebro necesita un periodo de adaptación.

Durante los primeros días de descanso pueden aparecer inquietud, nerviosismo, problemas para conciliar o mantener el sueño, despertares nocturnos, cansancio, cefaleas, tensión muscular o el impulso casi automático de consultar el teléfono. Es lo que se conoce coloquialmente como «síndrome de la desconexión»: el cuerpo comienza a relajarse, pero la mente continúa funcionando como si todavía tuviera que responder a las exigencias del trabajo.

«Desconectar no ocurre de forma automática. Igual que necesitamos un tiempo para acelerar, también necesitamos un tiempo para desacelerar», ha explicado la psicóloga, que aconseja afrontar esa transición de forma progresiva y sin convertir la obligación de desconectar en una nueva fuente de presión.

Cuando el trabajo ocupa también el tiempo libre

La conexión permanente puede esconder además una forma de evitar determinadas emociones o preocupaciones. Mantenerse ocupado proporciona estructura, objetivos y cierta sensación de control, especialmente cuando el tiempo libre deja espacio para cuestiones personales que durante el resto del año han permanecido en segundo plano.

Las vacaciones pueden hacer más visibles algunas dinámicas personales o familiares al desaparecer buena parte de las obligaciones que mantenían ocupada la atención. En estos casos, consultar continuamente el correo o seguir pendiente del trabajo no respondería únicamente a las obligaciones profesionales, sino también a la dificultad para afrontar esa desconexión.

Rodríguez ha recordado además que el aburrimiento cumple una función reparadora. Los periodos con pocos estímulos ayudan al cerebro a descansar, procesar experiencias, recuperar capacidad de atención y favorecer la creatividad.

«Cuando llenamos cada momento libre con pantallas, redes sociales o tareas laborales, privamos al cerebro de ese espacio de recuperación», ha advertido. La consecuencia puede ser regresar al puesto de trabajo con fatiga mental, problemas de concentración, irritabilidad y menor tolerancia al estrés, pese a haber disfrutado formalmente de un periodo de vacaciones.

Una desconexión progresiva

En las personas con una elevada autoexigencia o que ocupan puestos de especial responsabilidad, una desconexión completa y repentina puede provocar inicialmente más ansiedad. La psicóloga recomienda en estos casos reducir de forma progresiva la disponibilidad y establecer límites claros.

Una posibilidad consiste en reservar una única franja diaria y limitada para comprobar determinados asuntos, en lugar de permanecer pendiente continuamente de las notificaciones. Desactivar avisos, delegar responsabilidades antes de comenzar las vacaciones y comunicar la ausencia son otras medidas que pueden reducir la sensación de tener que estar disponible a todas horas.

«El objetivo no es pasar de estar disponible las veinticuatro horas a desaparecer por completo, sino enseñar al cerebro que no necesita permanecer en alerta constante para que las cosas sigan funcionando», ha señalado Rodríguez.

La desconexión durante las vacaciones no consiste, por tanto, únicamente en apagar el teléfono. También implica recuperar la capacidad de dedicar atención a actividades ajenas al trabajo, aceptar momentos sin estímulos y dar tiempo al organismo para abandonar progresivamente el estado de alerta acumulado durante los meses anteriores.