Un aula universitaria.

Crónicas castizas

El profesor marrullero

Otro problema añadido era que en los tribunales de justicia el candidato eliminado siempre ganaba el juicio aportando pruebas, méritos y conocimientos, aunque ayuno de contactos, y tenían que admitirle como docente en la Universidad y tragarse su injusticia flagrante a costa del contribuyente

Tres veces se presentó, llevaba mucho tiempo entrenando para ello, y a fe mía que estaba preparado de sobra para las oposiciones de esa plaza de docente en la Universidad pública, y de forma inopinada cada una de las tres veces le rechazaron inmisericordes en favor de un candidato del nuevo mester de progresía, que decía García Serrano. El elegido no era cualquiera, sino un conocido militante deplorable, y ese era su mérito y ningún otro más lucía que lo adornara para esa ocupación, pero era suficiente para mantenerse en un departamento universitario de Historia donde pesaba más ser de la misma cuerda que el hombre de Tréveris, por supuesto, que el conocimiento y la capacidad de transmitirlo.

En aquella Universidad pública española era costumbre, que también hay tradiciones que son injustas, tales como que el educador más antiguo por el mero hecho de serlo tuviera el derecho que no dudaba en ejercer a elegir la asignatura a impartir cada curso, no quien más sabía, como sería normal en una sociedad regida por el mérito y el sentido común. Y de forma cíclica el profesor progresista que tenía esa prerrogativa escogía sin dudarlo «España en el siglo XIX», aunque todos le preguntaban que por qué no elegía España en el siglo XX, que era su especialidad y de lo que verdaderamente sabía algo, no mucho ni tanto como pretendía, pero bastante más que del tema que había escogido movido por otras motivaciones ajenas a la pedagogía y al conocimiento.

La respuesta sincera, que no era frecuente del profesor progre a esta cuestión, cuando la daba en la intimidad ayudado por el trasiego de copas, era chocante para los que le desconocían, pero hay que reconocer que siempre daba la misma explicación: «Es mucho mejor el horario de clases de esa asignatura que el de España en el siglo XX, que tienes que impartir cátedra muchos viernes, con lo que acortas el fin de semana y algunos días a última hora de la tarde. En invierno sales a oscuras, mientras que la asignatura España en el siglo XIX siempre es de nueve a doce de la mañana y nunca por la tarde y siempre sales con luz, que es más sano y entras sin tener que madrugar a diario, una bicoca, vamos».

A eso hay que sumar los ayudantes y adjuntos que en la práctica hacen el trabajo del titular a la espera de una plaza que surja o que se la creen a medida.

Otro problema añadido a la petulancia del interfecto era que en los tribunales de justicia el candidato eliminado, perseverante él, siempre ganaba el juicio aportando pruebas, méritos y conocimientos, aunque ayuno de contactos en la banda que asentaba sus reales en el Departamento, y tenían que admitirle en la Universidad y tragarse su injusticia flagrante a costa del contribuyente. Es tan avanzado eso de dejarlo todo sobre las espaldas, o, mejor dicho, los bolsillos, de los curritos paganos de tributos y arbitrios directos e indirectos.

Y la Universidad culpable que había favorecido de forma despótica al compañero de ideas tan vagas como ellos y francachelas tenía que pagar, con los impuestos de todos, vamos, lo que llaman tirar con pólvora del rey, al que había dado las clases mal que bien y a quien se le había privado de forma arbitraria de impartirlas para privilegiar al amigo, al camarada porque aún quedaban jueces en Madrid aunque estén en vías de extinción porque al poder ejecutivo en cualquiera de sus formas no le complace que le fiscalicen y menos que le corrijan.