Javier Alberdi

Crónicas castizas

Un murciano llega a Madrid y luego a Cuba

Javier recurrió con éxito a la hermandad azul, entonces infalible, para una noche o dos, decía, y se quedó un año que pasó volando porque Javier, un buen mozo bien plantado, de buen porte y con un corte de pelo caro y buenos modales, hacía alarde de simpatía y cordialidad que le salía de forma natural

Javier Alberdi era un gran diseñador gráfico, de los de verdad. Doy fe y no soy el único. Y entonces sin ordenador, dibujando a mano por doquier. A mi venerado libro de poesías inédito, unas hojas mecanografiadas, le hizo una portada con mano firme y fértil que aún hoy conservo, o eso quiero creer.

Vino a Madrid raudo para ingresar en la Universidad Complutense. Amigo de la modernidad, trajo consigo un sofisticado mecanismo, y para nosotros, analfabetos tecnológicos entonces, un asaz sorprendente transmisor-receptor inserto en un paquete duro de Marlboro, hoy sería más pequeño sin duda, pero entonces no lo era y aquello resultaba un prodigio de la técnica. Joaquín, el ramirista de Carabanchel, a quien llamábamos guasones «Jo-jo-joaquín» por su tartamudeo de hombre inteligente con las neuronas más ágiles que la lengua, se acomodó en un coche frente a la Facultad con un emisor enorme estilo marines en «Objetivo Birmania», la película, no el grupo, emitiendo las respuestas que Javier le preguntaba de forma disimulada con el paquete de tabaco en el bolsillo de la pechera de la camisa.

Para el resto de la logística necesaria para su supervivencia en Madrid: cama, techo y comida, Javier recurrió con éxito a la hermandad azul, entonces infalible, para una noche o dos, decía, y se quedó un año que pasó volando porque Javier, un buen mozo bien plantado, de buen porte y con un corte de pelo caro y buenos modales, hacía alarde de simpatía y cordialidad que le salía de forma natural. El asilo tampoco era cosa complicada pues mi casa paterna funcionaba entonces como refugio temporal de muchas personas y algún animal, a menudo azules, las personas, pero no todas, a las que traíamos los tres hermanos y aceptaba nuestro padre viudo sin hacer otra cosa que llamar a los progenitores del fugado para tranquilizarlos respecto a su paradero.

Javier, la primera vez que tuvo que intervenir en el asalto a un puesto de la competencia política, que vendían otra cosa pero con el mismo envase a mayor confusión, en la plaza de Callao, miraba el palo que le habían dado para el jaleo y comentaba con la mayor franqueza «pijo, si en Murcia salimos con ellos a tomar cañas». Madrid es otra cosa era la respuesta fija. La hermandad azul no sólo tiene privilegios sino también obligaciones.

Quizás alguno de mis lectores, el dos que me he encontrado hoy en el autobús o la tres, recuerde que Javier fue quien se subió como polizón en Lisboa, mezclado con los porteadores, al crucero del Konsomol soviético Leonid Sobinov y su presencia inesperada en conjunción con la misteriosa desaparición de una botella de vodka a su paso, inauguró el primer enfrentamiento con la marinería soviética, robustos ellos y más numerosos. De aquella foto de nuestra delegación azul junto a la chimenea roja del barco gobernado por la juventud comunista de la URSS quedamos pocos vivos. Javier se fue a los luceros donde los caídos azules «forman centurias de plata», como también el vasco Ángel Salazar de Aldea, otro pasajero en la delegación de Falange Auténtica al Festival Internacional de la Juventud y los Estudiantes, que falleció después de haberle sacado y disfrutado una subvención al gobierno vasco para buscar las huellas de sus paisanos en Hispanoamérica. El castellano Vicente Diez también murió y de las vidas de los catalanes «Sandokán», «el Indio» y el sindicalista Saceda lo ignoro todo desde 1978 cuando fuimos sin aprensión a poner una pica en La Habana. Y lo hicimos.