Salvador Amaya, premio de artes plásticas de Madrid
Entrevista
Salvador Amaya, premio de artes plásticas de Madrid: «En España no se valora el arte, cualquier cosa vale»
El escultor habla sobre su recorrido en el sector y la importancia de este a lo largo de la Historia universal
La escultura es parte fundamental del repertorio artístico de la ciudad de Madrid y entre sus escultores destaca Salvador Amaya, quien a través de una conversación nos adentró en su gremio y nos presentó la vida del artista.
Su pasión empezó de la mano de su padre, también escultor, de quien conoció el oficio al que dedicaría su vida en un futuro. Se vio influenciado por su figura paterna a la hora de crear sus obras y desarrollar su propio estilo, pero también tomó inspiración de los grandes como Juan de Ávalos, Arno Breker o Donatello y Bernini, mientras estudió el arte por sus propios medios impregnándose de las técnicas de modelado de artistas de diferentes épocas.
Los escultores españoles también marcaron su obra, así fue como Aniceto Marinas, Benlliure o Querol dieron inspiración a su arte, tal y como se hacía antes de que la esencia de este gremio fuera arrasada por la llegada de los medios digitales.
Salvador Amaya nos cuenta que la escultura monumental cambió su percepción sobre esta como una forma de arte por el tamaño colosal de las obras que admiraba y el impacto que causaban en él. Asimismo, nos contó cómo su experiencia al presenciar el monumento De la Madre Patria en Stalingrado generó en él el deseo de que sus obras pudieran llegar de una forma igual de masiva a la gente, de forma pública «en las plazas y no en los museos» como nos relataba.
El trabajo del artista no es sencillo, claro está. A la hora de representar sus obras, hay un trabajo previo de documentación bastante extenso, además del trabajo con bocetos, basados en la investigación de distintas fuentes, según la época y personajes que quiera representar. Lo mejor es documentarse con cuadros de época –nos justificaba– ya que, al informarse a base de otros artistas, que se documentan de otros a su vez, se pierden los detalles que hacen realista la representación.
Para su próxima escultura sobre los Tercios españoles, Salvador Amaya se fijó en las obras de Velázquez para definir la indumentaria, así como las armas que portaban, para hacer la representación más fiel posible de esta unidad militar.
Cada una de mis esculturas tiene su propia alma
Al preguntarle en una forma sentimental sobre la más especial de sus obras, se le complicó contestar. «Cada una de mis esculturas tiene su propia alma y su propio momento» afirmó el escultor madrileño y nos destacó como su obra a Blas de Lezo, abrió su puerta a un mayor reconocimiento en el mundo artístico y a un público más especializado en la escultura militar. Sin embargo, a pesar de que esta significara mucho para él, cada una de sus obras le es especial.
Más allá de su trayectoria profesional, quisimos indagar sobre la percepción que Salvador Amaya tiene del arte, a lo que nos contestó con decepción: «En España no se valora el arte, en otros países sí. En Italia, Austria o Inglaterra los monumentos históricos reciben el reconocimiento que merecen, pero en España cualquier cosa vale y se da por conforme. Más aún con la llegada de la digitalización al arte» nos explicó.
El ejemplo que usó para ilustrarlo nos dejó claro a lo que se refería: En España se conoce a Miguel Ángel por la Capilla Sixtina, - decía- pero en Italia se le conoce por esculpir El David; y eso es porque en España hay cultura de la pintura y no de la escultura.
Y es que el trabajo del escultor es complejo. Se somete al cambio constante; y la capacidad de adaptación es una parte fundamental.
El resultado final es lo que hace que una escultura tenga alma
El mismo Salvador Amaya nos comenta cómo al colaborar con otros artistas, surgen ideas que uno plantea en papel pero que, al desarrollarlas en la escultura, de forma tridimensional, la obra cambia al tener que adaptarse a pesos, medidas y todo lo que va necesitando la estatua.
El proceso de esculpir se empieza con hierros y crucetas, a los que luego se añade barro. Al contrario de otros artistas, Salvador Amaya no empieza en una base pequeña que luego amplía, sino que trabaja a gran escala, por lo que sus obras no tienden a seguir la imagen de sus bocetos iniciales.
«Cuando yo construyo la obra al ser de gran formato veo qué encaja mejor y de qué forma. A lo mejor un boceto puede representar una escultura sin giro o de una perspectiva concreta, que en la estatua final va a ser distinta; y mi trabajo como artista es conseguir que tenga solidez y belleza. A lo mejor no era la idea original y luego varía, pero el resultado final es lo que va a hacer que la escultura tenga alma porque la escultura representa un momento, pero nos aclara que la gente tiene que ser capaz de ver más allá. Es un arte muy profundo», confiesa.
Con un amor tan grande por el arte nos parecería natural la decisión de dedicarse a ello de forma profesional, pero Salvador Amaya nos cuenta su versión. En la vida de una persona hay diferentes etapas. Primero se planteó unirse al ejército porque le gustaba y era lo que se le había inculcado, por una parte, de su familia; y por la otra había descubierto el mundo del arte, de una forma incierta que siempre había llamado su atención, subraya el artista.
El arte es lo que mantiene las civilizaciones
Además de que creyó que podía hacer más por su país desde el mundo del arte, que desde la milicia. A Salvador Amaya siempre le ha gustado reivindicar nuestra historia, fue así como encontró en el arte la posibilidad de dar a la historia la protección y visibilidad que se merece. Ya que, para él, el arte y la historia van totalmente de la mano. «El arte es lo que mantiene las civilizaciones y su legado; nos da una identidad y nos hace permanecer en la historia.».
Para realizar cualquier obra, Salvador Amaya postula su arte, ya que las instituciones de Madrid, al igual que las de toda España, no invierten su presupuesto en financiar el arte y la escultura. Quizás sea por falta de creatividad o mero desinterés de sus autoridades, comentó- pero la realidad es que los escultores madrileños no ven ningún tipo de apoyo por parte de su nación. Se realizan esculturas en serie en manos de galeristas en Madrid, pero cuando llega el momento de proponer las ideas de los artistas, nunca son escuchados.
La escultura debe llevar el alma de quien retrata y a su vez, de lo que quiere expresar. Sin embargo, en España, esto no se toma en serio; y la gente no percibe lo que hay detrás de las obras de los artistas.