Graduación en la Facultad de Económicas
Crónicas castizas
Cuando seas mayor te lo diré
El ablandamiento se produce al pasar de padre 1.0 a abuelo 0.3. A veces pienso que, como dice mi amigo el historiador Luis Eugenio, tenemos hijos para poder tener nietos
Durante la infancia de mi hija, cuya llegada cambió mi vida de forma sustancial, siempre me pareció que es un tiempo que pasó volando, y así es, y además perdí parte de ella haciendo otras cosas que yo, estúpido de mí, consideraba muy importantes. Como decía, en esa etapa irrepetible de mi niña pasó el tiempo de los porqués a los que fuimos contestando como Dios nos dio a entender. Pero llegado a determinado número de interrogantes, le respondía: «Esto te lo diré cuando seas mayor».
Sus estudios fueron brillantes. Mi yerno cuenta que él estudió con ahínco para tener un buen empleo y una buena vida, pero «con ella es distinto, a tu hija le gusta estudiar, siempre que puede se pone a hacerlo». El caso es que ella realizó su formación académica con una beca de excelencia que se ganó por sus notas y su buen desempeño. Llegado el momento, cuando marchó a estudiar a Harvard me recordó que ya era mayor y anhelaba las contestaciones a todas esas preguntas que había estado esquivando antaño con lo tan socorrido de «cuando seas mayor». La miré divertido y le dije que ya estaba listo para contestar a todas y cada una de esas interrogantes. Vaya, ella no había tomado nota de las mismas y nos echamos a reír.
Lo cuento hoy, cuando tiene tres hijos pluriempleados en ser también a la vez nietos, sobrinos y primos que apenas tienen tiempo para cumplir con esas obligaciones, las escolares y también las extraescolares: artes marciales, natación y fútbol por ahora. Pero como de casta le viene al galgo actualmente comienzan también los mayores a hacer preguntas complejas. Miro a mi hija, sonreímos y me gusta pensar que recordamos lo de que cuando seas mayor te lo diré. Quizás no sea así y está pensando «a ver si se afeita», pero me gusta pensar que es eso lo que nos decimos con la mirada, o quizás sea el ablandamiento que se produce al pasar de padre 1.0 a abuelo 0.3. A veces pienso que, como dice mi amigo el historiador Luis Eugenio, tenemos hijos para poder tener nietos, en un tiempo en que declinan las fuerzas pero se aguza la sabiduría, o eso queremos creer porque lo único que está demostrado es que la decrepitud pasa de ser aguda a ser crónica, aunque por mucho que sea así, como bromea mi amigo Santiago, economista ya jubilado, la alternativa a cumplir años es peor.
Y aunque creo en el alma inmortal y otras cosas que dice el Credo, mirar a tu estirpe, los niños y niñas que la prolongan algo más, no es un mero consuelo y agradezco al Creador el tiempo que me ha regalado, tras el aviso que me dio un mes de febrero, y que me ha permitido verlos crecer un poco más y calmar los terrores infantiles de Rodrigo diciéndole que el lobo, el malo de todos los cuentos en los que cree a pies juntillas, no va a atravesar la pared de su alcoba. Y alegrándome de que al primogénito que comparte mi nombre le guste mucho leer. Y yo sigo sonriendo con los parloteos de la nieta pequeña y zascandil, esa niña de pelo revuelto, y muy despierta, dado que tiene que habérselas con dos hermanos varones.