Legionarios tocados con el quepi blanco tradicional galo.

Crónicas castizas

El yonqui de quepi blanco

Colgada de su brazo lleva a su madre, orgullosa, radiante, con los ojos brillantes por haber recuperado a su hijo, con una sonrisa que augura perpetua en la boca

Era una bala perdida. Tenía el color macilento que indica una mala vida y la suya lo era, lo sabía pero la de su familia con él era peor.

También lo sabía.

Cayó en las drogas, no fue un resbalón, se tiró en plancha. Primero fue un juego mortal para pasar los días de asueto, fiestas y fines de semana, luego los estupefacientes exigieron su ración día a día. Todos sin excepción. Ya no se pinchaba heroína para sentir el subidón de la primera vez, sino para poder estar casi normal. Y para financiar de forma reciente el vicio progresivo fue perdiendo la ética, la moral y la vergüenza. Desvalijó a sus padres, primero fueron las joyas de su madre, luego el televisor y el ordenador portátil de su padre, médico, que intentó meterle en el Proyecto Hombre, donde fracasó. Le siguieron muy de cerca como víctimas del latrocinio desbordado su novia, a la que intentó enviciar con el caballo, y los amigos, a los que también y casi. Se convirtió en un apestado social en un entorno creciente. Hurtos aquí y allá para aplacar el voraz incendio de la adicción que le consumía, que lo devora todo, familia, amistades, amoríos y el respeto por él mismo.

Con el tiempo murió el padre envuelto en la tristeza y la decepción. Heredó y fue peor aún porque disponía de dinero y lo dilapidó. Era un fantasma caminando por el pueblo de la serranía. Todos le conocían, todos le evitaban. La vergüenza de su madre era crónica, tanto que a veces pensaba dolida que prefería verle muerto. Bajó a los infiernos, pero no lo hizo solo. Sus camellos abusaron de él, le asaltaban y avasallaban abiertamente para cobrar su deuda creciente llegando a entrar en su casa sin respetar a su familia para nada.

En el último escalón del oprobio huyó al norte y se convirtió en un sintecho en Barcelona. Harto de la mala vida en La Mina, El Raval y La Barceloneta, desde la ciudad condal pasó a Francia como pudo ya para buscarse la vida como entendía. Allí, en la tierra de Juana de Arco, deambuló con pena y sin gloria buscando sin éxito su lugar, hasta que, sin saber cómo, por mera supervivencia o porque era su destino manifiesto acabó con el pernicioso vaganbudeo alistándose a la Legión extranjera francesa. Su vida cambió sin gracias ni por favor, pero vaya si cambió.

Hace poco ha vuelto al pueblo, se le ha visto por la Sierra del Segura, sorprendiendo a cuantos le conocieron, que se hacen lenguas del cambio, de su buen aspecto. Va bien vestido, camina erguido, con paso firme y seguro, huele a limpio, luce sano y con buen color. Colgada de su brazo lleva a su madre, orgullosa, radiante, con los ojos brillantes por haber recuperado a su hijo, con una sonrisa que augura perpetua en la boca.

Los asiáticos, de las antiguas colonias francesas en Indochina, compañeros de armas de él en su regimiento en la Legión se preguntan cómo puede llamar ese camarada español a su madre todos los días. Él apenas les contesta con la misma frase: tengo con ella una deuda impagable.

Y así enfoca con orgullo y honor el resto de su tiempo de enganche, cinco años, en las filas de los hombres de quepis blancos a los que cantó antaño Edith Piaf en «Je ne regrette rien».Disfruten de ella.