Madre heroica de Kazajistán
Crónicas castizas
Cuando eres el presidente y le pones tu nombre a la capital del país
Coincidimos con unas bailarinas cubanas de un cabaret de París que satisficieron mi curiosidad sobre su presencia en aquellas gélidas tierras contándome alborozadas que habían asistido a la fiesta de celebración de la victoria electoral del presidente Nazarbayev, fiesta que tuvo lugar la misma noche de las elecciones antes del recuento de votos
La empresa de comunicación me contactó. Había recibido el encargo global de mejorar la imagen de Kazajistán que había salido mal parada tras el estreno de la película Borat por el comediante judío estadounidense Sacha Baron Cohen que da una imagen bárbara y procaz del país asiático.
El encargo era doble, por una parte desplazarme a la capital, Astana, para cubrir las elecciones presidenciales y por otro lograr publicar noticias positivas en medios españoles. Con ese objetivo, nunca mejor dicho, me puse en contacto con una productora española de mis amigos, los hermanos León, que me cedió un cámara con todo el equipo de grabación y sonido. Y hacia Kazajistán partimos no sin haber asegurado bien nuestro equipo técnico para que llegara sin inconvenientes.
Eran las últimas elecciones a las que iba a presentarse Nursultan Nazarbayev, las de 2019.
El viaje fue largo y espartano en las aerolíneas kazajas. A nuestra llegada a Astana, la nueva capital, el equipo técnico levantó algún recelo en la aduana pero esperaron a mi próximo viaje para perderme el equipaje y con él toda la ropa de abrigo que hube de suplir con periódicos en varias lenguas recogidos de los hoteles. Pero esa es ya otra historia.
Tras registrarnos a un céntrico hotel bastante apañado cogimos nuestras habitaciones, más bien las que nos asignaron. El nivel de organización es tal que por exceso de equipaje hube de dejar en lo alto de un armario de mi habitación muchos libros del líder que me regalaron en español e inglés. Y en el siguiente viaje –oh, sorpresa– me dieron el mismo hotel y la misma habitación. Por curiosidad miré en el altillo del armario y ahí estaban los volúmenes tal como yo los dejé o algo más polvorientos.
Fuimos cubriendo los distintos actos de las elecciones, incluso las votaciones en lugares alejados de la capital, donde conocí a un cosaco de ojos claros y aliento fétido. La concurrencia de electores en esos lares era escasa. En la capital nos dirigimos a la Biblioteca Nacional, donde tenía que votar el presidente Nursultán. Llegó en un coche despampanante acompañado de su mujer, para irse cogería el mismo coche acompañado de otra mujer diferente, al decir de los entendidos su amante oficial. En todo caso su entrada fue un revuelo de periodistas, hicimos piña con una pareja de reporteros italianos para poder tomar las escenas del presidente votando. Para animar el espectáculo nos llevaron a una mujer talludita pero activa condecorada con la medalla de heroína nacional. Pues había tenido ocho hijos de los que siete murieron en la guerra patria contra el fascismo, como llaman los soviéticos a la Segunda Guerra Mundial en la que ellos pusieron la sangre con despilfarradoras y crueles tácticas de rodillo estalinistas y el presidente Roosevelt el acero y las balas.
Cuando no sabían ya qué hacer con los reporteros nos llevaron a la antigua casa del presidente, ahora transformada en museo, donde exhibe su primer carnet del Partido Comunista y también su primer coche entre otras lindezas que se pueden ahorrar. Para darle más contenido nos desplazamos al cosmódromo de Baikonour, usado por la Unión Soviética en la carrera espacial las medidas de seguridad extremas que nos hicieron preguntarnos para qué el viaje hasta allí que nos sirvió para ver un país llano, donde las estaciones de esquí carecen de pistas inclinadas, aunque van bien servidas de nieve, con la excepción de las montañas del sur.
En uno de esos pueblos me ofrecieron como huésped de honor la cabeza horneada de un caballo con ojos, lengua y todo y hube de recurrir a la justificación de fingidas proscripciones religiosas para evitar ese trago y se la comieron ellos tan campantes.
Curioseando por la capital vimos la impronta de modernidad sobre la barro que le da la nueva arquitectura, en parte de Norman Foster, junto a la vieja decadencia soviética oculta en los arrabales. Acudimos a la estación de ferrocarril para ser los Talgo vendidos por España que no nos dejaron fotografiar unos agentes armados al considerarlos secreto estratégico a pesar de nuestras explicaciones sobre su origen español que les ofrecimos en un perfecto castellano que simularon no entender.
Durante la cena ofrecida en nuestro honor, el de la prensa, por el ministro de Asuntos Exteriores con abundante carne de caballo en el menú y bailarinas folclóricas, mi joven compañero expresó de forma clara sus preferencias por una de ellas que resultó ser la pareja del jefe de los numerosos y aguerridos camareros y la cosa se puso fea para nosotros, un conflicto de baja intensidad, hasta que hizo su apaciguadora aparición el vodka. Por cierto, si van a un bar kazajo, algo habitual entre mis lectores, se darán cuenta allí que el vodka no se pide por centilitros sino al peso, cien gramos de esa bebida es demasiado, advierto.
Con un cosaco en Akmola
En el avión de vuelta coincidimos con unas bailarinas cubanas de un cabaret de París que satisficieron mi curiosidad sobre su presencia en aquellas gélidas tierras contándome alborozadas que habían asistido a la fiesta de celebración de la victoria electoral del presidente Nazarbayev, fiesta que tuvo lugar la misma noche de las elecciones antes del recuento de votos. Tampoco era un dato importante porque los otros candidatos se retiraron en su momento y todos ellos pidieron el voto en su mitin de cierre de campaña para el presidente en activo y previo secretario general del sóviet. Cuando se retiró de la vida pública le cambió el nombre a la capital, eso es mandar, que pasó de llamarse Astana a denominarse Nursultán Nazarbayev. Años después lograron devolver el nombre a la ciudad y pasaron a llamar al aeropuerto como al poderoso presidente presuntamente jubilado.
Sobre la población, comentar que habla ruso como lengua habitual y que es de origen mongol o túrquico, el guía que nos acompañaba, o algo más, fue prolijo en eso. También hay una minoría rusa en la que los hombres asemejan salteadores de caminos, e inquieta encontrarlos por la noche en una nevada, y las mujeres son agraciadas y garbosas.
Volvería de nuevo más adelante como he indicado, más tiempo, con más compañía y más frío si cabe.