Un sargento como mucho Tercio a sus espaldas.

Crónicas castizas

El fabricante de cabos de La Legión

Mi teniente, contesté a Riera en correcta posición de firmes, le suspendí porque ha puesto que los patronos de España son san Pedro y san Pablo. «Es que son esos», me soltó el oficial para mi congoja. Sin saber cómo salir de esa con el menor número de tortas posible, le respondí evitando corregirle directamente: «Sí, mi teniente»

Hace mucho tiempo, la Legión pasaba sus años oscuros. Estaba a punto de ser disuelta en tiempos del general Pallás, forzado a trasladar a Ronda la Subinspección y su compañía de fusiles a causa de una pelea tumultuaria en Leganés, en 1979, con cuatro policías heridos, en la constitución de los ayuntamientos o algo así, respondiendo a los insultos de unos granujas cuando la banda de música del sargento Recio tocaba a beneficio de unos desamparados.

Un mando, ya fuera por su desatinada confianza en mí como «alguien con estudios» o porque el superior quería escurrir el bulto y «mejor lo haces tú que yo, que me da fatiga», como dicen en otro sentido con gracejo en Jaén los chicos de Manolo Caro, me encargó sin derecho a réplica que corrigiese los exámenes teóricos del curso para ascenso a cabo, el de la divisa roja de tres franjas. Los cabos mandaban la guardia, los diversos puestos, hacían formar a toda la compañía y eran el báculo de la vejez de muchos suboficiales.

El capitán de la compañía primero se aseguró de que yo no iba a presentarme al curso de ascenso: «No, mi capitán», respondí a Francisco Oña, «le aseguro que yo he venido a descansar, al menos en lo que al mando se refiere, vamos, que no tengo intención de dar órdenes ni ser responsable de ellas». También le confirmé que no tenía miras de reengancharme con lo que el tema de mi promoción quedaba sentenciado de forma definitiva.

Mirando los papeles, puse en un montón los aprobados a mi criterio y en otro los suspendidos. El teniente Riera, mentado por un mote que nunca oyó en directo, conocedor de la necesidad que teníamos de más cabos para guardias, refuerzos y demás servicios de armas, me increpó con dureza y se puso a repasar el abigarrado montón de los suspensos: «A ver, tú, ¿a este por qué le has suspendido?». Mi teniente, contesté en correcta posición de firmes, ha puesto que los patronos de España son san Pedro y san Pablo. «Es que son esos», me soltó el oficial para mi congoja. Sin saber cómo salir de esa con el menor número de tortas posible, le respondí evitando corregirle directamente: «Sí, mi teniente, pero Franco ha dicho que es Santiago apóstol». Riera me miró y lo aceptó diciendo: «Es que el Caudillo hace lo que le da la gana», con una sonrisa a la que hice eco. Las correcciones siguieron de esta guisa haciendo engordar el número de aprobados para acercarse a las necesidades de la unidad. Así hasta que llegó a otro. «¿Y a este por qué te lo has cargado?»

Dice que el vehículo acorazado TOA M113 flota, mi teniente.

— Es que flota, sentenció sin lugar a apelación.

Quién me iba a decir a mí, un bolo de Carabanchel, que un vehículo blindado de trece toneladas, con más aluminio que acero, es anfibio y además flota, pensé sin permitirme abrir la boca.

La siguiente metedura de pata por mi cuenta fue con los misiles antitanque filodirigidos, que ya conté en otra crónica, con el cabo primero Fermín. Y así me quité de encima la abrumadora responsabilidad de tener la culpa de que algunos legionarios no ascendieran a cabo y hacerme disculpar la promoción al empleo superior de otros que eran incapaces de perdonarme esa merced. Tiempo después, otro legía me hablaría de su tío Luis y su frase favorita: «Cómo me puede tener tanta manía si nunca le he hecho un favor».